El árbol del abuelo Lolo
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Una vez más, en la guardería de Adrián, nos pidieron que colaboráramos de alguna forma en la educación medioambiental de nuestros hijos que este año va dedicada a los Incendios Forestales. El árbol del abuelo Lolo existe y es real. Está colocado en la entrada de la guardería y fue recogido por Susana (la profe de Adri), en un bosque que fue quemado el verano pasado por la zona de Melide (un pueblecito de la provincia de Coruña).
Le quiero dedicar este cuento a ella, por saber siempre donde está, con nuestros niños, queriéndolos, educándolos y cuidándolos, cuando nosotros los padres, no estamos.

Virtu

¿Te han contado alguna vez la historia del árbol del abuelo Lolo? Pues presta atención que yo te la voy a contar...
Cuentan que en una aldea cerca de Melide vivía un abuelito de barbas blancas y casi sin pelo llamado Lolo. Nadie sabía la edad que tenía porque hasta los más viejos lo recordaban así, con ese aspecto entre dulzón y tristón. Lolo vivía acompañado por unos amigos muy especiales, tres perros, dos gatos, cinco gansos y una vaquita que le daba rica leche todas las mañanas. Le encantaban los animalitos y la Naturaleza. A parte de todo esto, poseía un gran castañar que él mismo cuidaba y que estaba a pocos metros de su casita.
Su casita estaba casi en ruinas pero en un tiempo debió ser la más hermosa del lugar. Estaba hecha de una piedra color café con leche y sus tejas aún conservaban el color rojo intenso, a pesar de que la mayoría estaban ya rotas.
Lolo se pasaba todo el día cuidando de sus animalitos y por las tardes, salía a dar un paseo por su pequeño bosque, en el que vivía un pequeño almendrito, el protagonista de esta bonita historia.
El almendrito había nacido hacía cinco años, en medio de dos grandes castaños. Lolo no se explicaba como podría haber sido, pero estaba encantado con él. A los castaños también les gustó la idea de tener entre los suyos a ese arbolito tan lindo y delicado. Lo mimaban mucho y durante los largos y crudos inviernos extendían sus ramas para que las heladas no le hiciesen daño.
Así pasaron los años y el almendrito seguía creciendo y haciéndose cada vez más fuerte y hermoso. En primavera, cuando todo se llenaba de flores, las mariposas de todas las formas, tamaños y colores, bailaban a su alrededor.
Los pajaritos venían y cantaban cuando sus flores maduraban en frutos. El almendrito, al igual que sus compañeros los castaños, soñaba con convertirse, algún día, en un árbol importante. Soñaba que viniese un buen leñador, que supiese aprovechar bien su madera. Anhelaba con locura que llegase ese día y poder convertirse en un gran barco, para surcar todos los mares. Soñaba con viajar...
Pero algo terrible ocurrió un día de verano muy caluroso, que, amiguitos míos, no olvidaremos. En un bosque cercano, estaban tres leñadores talando árboles. Estos leñadores no eran los que esperaban los arbolitos del bosque de Lolo. Estos leñadores habían traído unas botellas de vino y entre risas no habían dejado ni gota. Cuando llegó el mediodía se apresuraron en coger sus coches e ir a por más vino a la taberna más cercana y comerse un buen plato de comida.
Lolo ese día no estaba en casa. Tuvo que acercarse al pueblo, a casa del veterinario. Su perro Zolo se puso enfermo de noche y lo había llevado en su carreta hasta el pueblo, un largo camino para un viejito como él. Zolo era el perro más viejo pero había vivido con Lolo muchas aventuras y desventuras. Lolo le tenía especial cariño, por eso no lo dudó ni un momento.
Mientras tanto, en el bosque, los fuertes rayos del sol del mediodía y las botellas olvidadas por los leñadores hicieron su trabajo..... Fue todo muy rápido, demasiado rápido...... El bosque empezó a arder. Los animalitos que allí vivían, empezaron a correr asustados. Los conejos salieron de sus madrigueras y los pajaritos de sus nidos. Todos iban hacia el río, al otro lado, estarían a salvo. Los pájaros iban dirigiendo al resto de los animales y así consiguieron salvarse, no así nuestros arbolitos.
El fuego se propagó muy rápido y la gente de la aldea no pudo hacer nada por salvar el bosque de Lolo, nuestro bosque. A los árboles no les quedó ni una hoja, algunos permanecían de pie pero otros yacían tristemente en el suelo.
Nuestro almendrito lloraba desconsoladamente, ya nunca sería el barco con el que soñaba. Estaba negro como el carbón, nadie lo querría, era un árbol inútil. A sus amigos, los castaños, les había pasado lo mismo. ¡Qué terrible! Si esos leñadores no se hubiesen olvidado esas botellas, nada hubiera pasado...
Cuando regresó nuestro abuelo Lolo y vio aquel desastre no pudo contener las lágrimas. Lloró durante tiempo la pérdida de su bosque y ya no se pudo recuperar del dolor que le producía ver aquello. Era demasiado viejo y en septiembre de ese mismo año su corazón dejó de latir. Pero, amiguitos, no os pongáis tristes, porque Lolo se ha convertido en esa estrella grande y brillante que vemos todas las noches en el cielo, y desde allí vigila que no se queme ningún bosque. Si ve fuego pronto envía a sus amigas las nubes para que lo apaguen con sus lluvias.
Mientras tanto en nuestro bosque, ya había llegado el invierno y nuestro pequeño almendrito seguía llorando la pérdida de su amigo, se sentía muy triste porque ya no sería especial para nadie.
Pero un buen día, pasó una brujita por el bosque, su nombre era Nana. Era una brujita de las buenas, con el pelo de color rosa y con una gran escoba con la que andaba viajando. Decían, que en un tiempo fue mala, pero gracias a la ayuda de unos encantadores niños se había convertido en lo que era, una bruja buena, aunque seguía conservando su escoba.
De repente, la brujita Nana se fijó en nuestro almendrito y pensó que era el árbol más bonito que había visto jamás, a pesar de lo quemado que estaba. Nana les dijo a los niños que, en agradecimiento a lo que habían hecho, cuando volviese de viaje, les traería algo muy especial, algo que recordarían todas sus vidas. Nana había encontrado el regalo perfecto. Lo cargó en su escoba como pudo y lo colocó en la entrada de su casita.
Los niños cuando vieron al almendrito, quedaron encantados. Habían encontrado un nuevo amigo. En Navidades lo decoraron con bolitas de algodón y adornos navideños, en primavera lo llenaron con flores de papel, en verano lo pintaron de colores y en otoño le colgaron de sus ramas, aún fuertes, hojas hechas con sus manitas. Por otro lado, el almendrito les explicó como debían cuidar los bosques, como mantenerlos limpios y como ser siempre cariñoso y respetuoso con la Naturaleza.
De repente, el almendrito se sintió el árbol más importante del mundo, el árbol más querido. Los niños jamás se olvidarían del almendrito y el almendrito jamás se olvidaría de su brujita, la brujita Nana, la brujita de todos.

... y aquí se acaba este cuento, como me lo contaron te lo cuento.
 

© Mª Virtudes Castro Villar

Ya veis que en la guardería de Adrián, todos los padres ponen su granito de arena en la educación medioambiental de sus hijos y Virtu ha colaborado con unos cuentos preciosos. Sólo espero que Virtu no deje de escribirlos cuando Adrián deje la guardería... ¡Queremos tener cuentos hasta que vaya a la Universidad... por lo menos!


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