La otra fiesta Fin de Curso
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Este es el último cuento que acabo de escribir. Como siempre, se lo dedico a todo el personal de la guardería por dedicarles tanto tiempo a nuestros hijos y por otro lado, porque me motivan a la hora de escribirlos.
Éste en particular, lo escribí después de celebrar con nuestros niños una fantástica fiesta Fin de Curso. Espero que os guste.
Saludos,

Virtu

Cuando la fiesta había tocado a su fin, todos los niños regresaron con sus papás a sus casas. Había sido una tarde muy agotadora: montaron en pony cuatro o cinco veces, saltaron en los hinchables con tanta fuerza que casi rozaban el cielo, recibieron la entrañable visita de su amigo el caballo Duque, bailaron, comieron y bebieron todo lo que quisieron... Ese día no había normas...
Nana y el resto de profesoras también habían quedado agotadas de tanto ajetreo, pero también ellas disfrutaron al ver sus niños tan felices y ver que su trabajo había merecido la pena.
Sin embargo, cuando todo el mundo ya estaba en sus casas, empezó la gran fiesta de fin de curso...
La moto Roco, el coche Brunoche, el tren Chucutén, el pato Flaco, el tobogán Pan, la colchoneta Agujetas, el cerdito Tito y todos los juguetes de la escuela empezaron su fiesta particular.
El tenedor Tenor y la cuchara Clara, junto con la batería de cocina formaron una orquesta muy especial que amenizó la velada. Los platos se vistieron de blanco para la ocasión y formaron un coro espectacular. Había divertidas pompas de jabón por toda la escuela: el embudo Lucho había hecho buenas migas con el bote de detergente Zairy y entre los dos le dieron a la fiesta, un toque mágico.
La encargada de inaugurar la fiesta fue, como no, la moto Roco, la moto con más marcha de toda la escuela.
- Brum Brum, atención chicos - dijo Roco - la fiesta acaba de empezar. Divertiros todo lo que podáis, yo por mi parte haré todo lo que pueda.
Seguidamente se puso a hacer pinitos por todo el local, le seguía el coche Brunoche y el tren Chucutén. Brunoche era un coche bastante torpón e iba chocando con todo lo que se encontraba a su paso, los demás se tronchaban de risa.
La colchoneta Agujetas estaba muy agotada pero hizo un gran esfuerzo y se contoneó al ritmo de la música como pudo. Sus amigas, las demás colchonetas, hicieron lo mismo. Al final acabaron rendidas y estiraditas en el suelo.
Eran muy dormilonas...
El pato Flaco y el resto de sus compañeros disfrutaron de un placentero baño de espuma en uno de los baños, mientras tomaban unos aperitivos de cereales y bebían una refrescante coca-cola con muchas burbujas.
El cerdito Tito no paró de mover su rabito en toda la noche y a pesar de lo gordito que estaba hizo alguna que otra cabriola e incluso se metió en uno de los hinchables a dar unos saltitos.
El tobogán Pan se hizo muy amigo de la muñeca Queca y la dejaba deslizarse por su lomo. - ¡Qué divertido! - gritaban una y otra vez Queca y sus amigas.
El oso Ocho vigilaba la entrada. No quería que nadie aguara la fiesta. De vez en cuando descansaba y vigilaba la vaca Chata.
- Tolón, tolón, tolón, tolón, tolón - tocó el reloj.
Son las cinco de la mañana, la fiesta toca a su fin. Todos se despiden de sus amigos y se van a sus aulas.
La fregona Lola y el cubo Hugo hacen lo propio y dejan el local como si allí no hubiese pasado nada...
Todos se lo han pasado en grande, se han ido a sus aulas a descansar entre risitas y cuchicheos y no olvidarán esta fiesta porque ha sido muy especial.
Agradecen el esfuerzo que han hecho el oso Ocho, la vaca Chata, la fregona Lola y el cubo Hugo, porque sin ellos no hubiera sido igual.
Son las seis y media de la mañana, todo está en silencio... Todos se han quedado dormidos y se preparan para un nuevo curso lleno de nuevos niños encantadores. Echarán de menos a los niños de este curso, a sus niños, pero saben que hay un montón de "diablillos" para seguir jugando con ellos. Son juguetes con gran corazón y hay sitio para todos en cada uno de ellos... Los niños también los tendrán presentes en sus corazones, para siempre, y buscarán hueco, también, para sus nuevos juguetes...
 

© Mª Virtudes Castro Villar

Ya veis que en la guardería de Adrián, todos los padres ponen su granito de arena en la educación medioambiental de sus hijos y Virtu ha colaborado con unos cuentos preciosos. Sólo espero que Virtu no deje de escribirlos cuando Adrián deje la guardería... ¡Queremos tener cuentos hasta que vaya a la Universidad... por lo menos!


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