Las huellas plateadas
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- Leyenda de la antigua Yugoslavia -

Había una vez tres hermanos. El mayor no tenía hijos y era muy rico. El segundo hermano, también rico, tenía varios hijos y trabajaba incansablemente para dejarles una buena posición. Por último, el hermano más pequeño, cargado de hijos, apenas tenía lo suficiente para cubrir sus necesidades. Trabajaba día y noche para poder sacar adelante a su numerosa familia. Era un buen hombre, que reducía sus obligaciones a cuidar de sus hijos, amar a Dios y amar a sus prójimos.
Una vez nuestro Señor Jesucristo quiso probar los corazones de los hombres. Se convirtió en mendigo y apareció en el pueblo donde vivían estos tres hermanos. Iba montado en un carro muy viejo tirado por dos caballejos. Llovía copiosamente, y caía la tarde.
El mendigo llamó a la puerta del hermano mayor, pidiendo asilo y limosna; pero de allí fue expulsado con malas maneras.
Después se dirigió a la casa del segundo hermano, pidiendo también asilo para pasar aquella noche tan desapacible. Aquí no se atrevieron a rechazarle, y le dijeron: «Si pudiéramos, os daríamos posada; pero tenemos todas las habitaciones ocupadas. Si vais unas casas más abajo, a donde vive nuestro hermano menor, allí, seguramente, os podrán dar cobijo para esta noche.»
El mendigo, sin decir palabra, dirigió su carro hacia la miserable casucha del hermano menor. Llamó a la puerta y pidió albergue. El pobre hombre le recibió cariñosamente y le hizo entrar en su casa. Le sentó junto al fuego, y pronto todos sus hijitos le rodearon. Mientras tanto, él fue a desenganchar los jumentos del mendigo para meterlos en la cuadra con sus propios caballos, dejándoles un montón de paja para que comieran, pues estaban extenuados.
Él y su familia partieron su pobre cena con el mendigo, y luego le hicieron una cama de paja junto al fuego, donde pudo dormir cómodo y caliente aquella noche.
A la mañana siguiente, agradecido a las atenciones del hermano menor y de su esposa, el mendigo se despidió de ellos, pidiéndoles que fueran a visitarle, para corresponder a sus amabilidades. «¿Dónde vive usted?», le preguntó el hermano pobre. «Podrás encontrarme siempre - dijo el mendigo - si sigues las huellas de mi carro. Las conocerás porque son más anchas que las de otro carro cualquiera. ¿Vendrás a verme?» «Si, lo haré si tengo tiempo», contestó el pobre hombre. Se despidieron, y el mendigo dirigió su pesado carro hacia el camino. Poco después el menor de los hermanos, al ir a enganchar sus caballos al carro, encontró en el suelo tres grandes bolas de plata. Enseguida pensó que habrían caído del carro del mendigo, y echó a correr en su busca; pero el mendigo y el carro habían desaparecido.
Cuando entró nuevamente en la cuadra, encontró entre la paja cuatro magníficas herraduras de oro, y supuso que serían de los caballos del mendigo. Su primera intención fue ir a devolverle inmediatamente todo aquello; pero luego pensó que tenía mucho que hacer para poderles llevar comida a sus hijitos, y decidió guardar las herraduras y las bolas y aprovechar el primer rato que tuviera libre para devolvérselas al mendigo.
Aquella noche vio a sus hermanos, y los llevó a su casa para enseñarles las herraduras y las bolas del mendigo, pidiéndoles que, si alguno de ellos tenía tiempo, fuera a visitarle y le llevara todo aquello en su nombre. Los hermanos contestaron que no tenían tiempo libre para hacerle ese favor; pero que desearían saber dónde vivía aquel misterioso mendigo. «Podréis dar con su casa si seguís las huellas de su carro, que se reconocen fácilmente porque son más anchas que las de los carros corrientes», dijo el más pequeño de los hermanos.
Desde el corral siguieron las huellas del carro hasta el camino, y las huellas eran, efectivamente, más anchas que las de otros carros y brillaban con destellos plateados.
Al día siguiente, el hermano mayor, que deseaba conocer el misterio de aquel mendigo, decidió seguir las huellas e ir a visitarle. Montado en su coche de caballos, siguió durante largo tiempo las extrañas huellas. Atravesó bosques, colinas cubiertas de césped, campos de trigo, hasta que llegó a la orilla de un río, cruzado por un puente de maderas riquísimas. Se maravilló al ver tan espléndidas maderas empleadas en la construcción de un puente, y después de admirarlas detenidamente, continuó su camino.
Al otro lado del puente encontró una cochiquera llena de trigo, y a su puerta dos cerdos luchando entre sí furiosamente, sin hacer caso de la abundante comida que tenían en su caseta.
Un poco más lejos encontró otro río cruzado por otro puente magnífico, de piedra. Pasado el puente, se extendía una gran pradera, en medio de la cual se levantaba un gran montón de paja. Dando vueltas a este montón, se perseguían furiosamente dos toros, de cuyos cuerpos, heridos, manaba abundante sangre. Los dejó luchando, y el hermano mayor continuó su camino.
De nuevo otro río le interrumpía el paso; pero también estaba cruzado por un puente. Este puente era de hierro; tan bello, que no se pudiera soñar. A continuación se extendía una extensa llanura, y en ella crecía una gran encina. A su alrededor se perseguían furiosamente dos carneros; cuando se encontraban, trababan sus cuernos, que crujían hasta romperse. Sus cuerpos chorreaban sangre, y, a la vista de ella, aún se enfurecían más en la lucha.
Al poco tiempo divisó un nuevo puente. Desde lejos se percibía, porque lanzaba luminosos destellos; era de cobre y resultaba bellísimo brillando sobre el río. En uno de sus extremos se levantaba un poste del que colgaban trozos de carne fresca; dos perros saltaban, intentando cogerlos.
El próximo puente era aún más maravilloso que los anteriores. Estaba todo él construido de plata. El mayor de los hermanos, maravillado por tan enorme riqueza, bajó de su coche y examinó detenidamente el puente. Al bajar a tierra encontró en el suelo cuatro bolas de plata. Inmediatamente se dispuso a llevárselas; pero eran extraordinariamente pesadas. Sin embargo, no sin gran trabajo, pudo ir subiéndolas una a una. Cuando las tuvo arriba, montó en el coche y las tapó con paja, para ocultarlas a miradas indiscretas.
Al llegar al pueblo, cuando fue a bajarlas, se encontró entre la paja cuatro bolas de madera en vez de las cuatro de plata. Furioso, lanzó un juramento; pero no dijo nada a nadie de lo que le había ocurrido.
Pocos días después, sigilosamente, salió en busca del mendigo el segundo de los hermanos.
Siguiendo las huellas plateadas de su carro, fue encontrando todo lo que su hermano poco antes había visto: los puentes de madera, de piedra, de hierro, de cobre y de plata. No se detuvo en el puente de plata, porque pensó que quizá más allá hallara otro de oro y podría arrancar algún pedazo. Y así, pensando en esto, continuó su camino. A la salida del puente de plata encontró a un hombre que trataba de golpear a una manada de cuervos, y éstos de vez en cuando se lanzaban sobre él para picarle en los ojos. Un poco más allá, un viejo pedía ayuda para librarse de dos bueyes que le estaban comiendo sus blancos cabellos. Ciertamente, los bueyes devoraban ávidamente su pelo, y cuanto más chillaba, más le arrancaban.
Otro hombre trataba de coger manzanas de un árbol, y cuando ya las tenía en la mano para comerlas, se convertían en cenizas.
En otro lugar, un hombre sediento trataba de sacar agua de un arroyo con un cubo, y cuando la tenía ya a su alcance, el agua se vertía del cacharro, no pudiendo, por más que lo intentaba, apagar su sed.
El segundo hermano se impresionó al ver todas estas cosas. No obstante, no se detuvo a socorrer a aquellos desgraciados; siguió su camino, y encontró un nuevo puente, construido todo él de oro puro. Maravillado ante tanta riqueza, se apeó de su coche y trató de arrastrar cuatro bolas del riquísimo metal, que se hallaban en el suelo. Luego que hubo conseguido subirlas, tapólas con paja y volvió alegremente a su casa. Cuando llegó, las cuatro bolas de oro se habían convertido en cuatro bolas de madera. Se encolerizó muchísimo; pero decidió no decir nada a nadie de lo ocurrido.
Los años pasaron, y nuevos acontecimientos ocurrieron en la familia del más joven de los hermanos. De sus diez hijos, murieron dos, y los demás se fueron casando y fundaron nuevos hogares. Su esposa murió también, y llegó un día en que el pobre hombre se encontró completamente solo.
Una noche en que estaba a la puerta de su casa, pensando en sus hijos y su mujer, de repente se acordó del mendigo que un día los visitó y de la promesa que le había hecho de devolverle la visita en alguna ocasión. Ahora que se encontraba tan solo y sin tener apenas que hacer, era el momento de devolverle la visita y llevarle las bolas de plata y las herraduras de oro que se dejara en el corral. Sí, lo haría inmediatamente.
Al día siguiente preparó su carro y fue a ver las huellas plateadas que Él le dijera. Seguían todavía. Efectivamente, eran tan visibles como el primer día.
El hombre se puso en camino y, siguiendo las huellas, fue viendo todas las cosas que vieron sus hermanos: las luchas de los animales, los hombres atormentados; los puentes de madera, de piedra, de hierro, de cobre, de plata y de oro.
Pasado el puente de oro, llegó a un jardín rodeado por una verja de brillantes, zafiros y otras piedras preciosas, que brillaba tanto como el Sol. El hombre descendió de su carro, fatigado por tan largo viaje, y cogiendo la caja en que guardaba las bolas de plata y las herraduras doradas, la arrastró, no sin dificultad, hasta la puerta de la verja. Era ésta tan maravillosa, toda llena de piedras preciosas, que apenas se atrevió a tocarla. Pero como tenía gran deseo de ver a su amigo, se decidió a llamar.
El mendigo le abrió la puerta, y cuando vio al pobre hombre, sonrió y le abrazó cariñosamente. «¡Bienvenido, querido amigo! - le dijo -. ¡Hace muchos años que te estoy esperando! Entra, y te enseñaré mi jardín.»
El hombre entró, y lo primero que hizo fue devolverle las bolas y las herraduras. «Dispensad que no os las haya traído antes; no he tenido tiempo. Ahora me he quedado solo, y ya no tengo que trabajar tanto.»
El mendigo sonrió, y le dijo que nunca había dudado de que se las devolvería. Y, tomándole del brazo, le enseñó su maravilloso jardín, lleno de flores y de frutos de oro. Se sentaron junto a una fuente de cristal y escucharon el canto de los pájaros. El pobre hombre le preguntó qué eran esas extrañas cosas que había encontrado por el camino.
El mendigo le dijo tristemente: «Todos esos animales son hombres, que durante su vida no amaron a Dios ni a sus semejantes. Los dos cerdos fueron dos cuñados que se pelearon siempre. Los dos toros y los dos carneros fueron vecinos que lucharon varios años acerca de los límites de sus granjas, y ahora siguen peleando eternamente. Los dos perros fueron hermanos que lucharon hasta su muerte por la herencia que les dejó su padre. El viejo cuyo cabello lo devoran unos bueyes, siempre había apacentado sus rebaños en los campos de sus vecinos. El hombre picado por los cuervos fue un hijo ingrato que maltrató a sus padres. El hombre sediento que intentaba apaciguar su sed fue un bebedor, y el que intentaba comer manzanas fue un glotón, castigados a purgar sus culpas por toda la eternidad.»
El pobre hombre se compadeció de aquellos desgraciados y mostró deseos de aliviarlos en su desesperación.
El mendigo sonrió y dijo: «¡Qué corazón más compasivo tienes!» Siguieron hablando, hasta que se echó la noche encima. Entonces el mendigo le invitó a pasar a su morada, para cenar juntos y corresponder a la cena que hacía muchos años le diera el pobre hombre en su casa. Éste aceptó, encantado; pero le pidió permiso para salir a echar un vistazo a su caballo. Por mucho que lo buscó, no lo pudo encontrar. «Sin duda habrá vuelto a casa», pensó, y emprendió el camino en su busca.
Pasó un puente, y otro, y el carro y el caballo no aparecían. Andando y andando, llegó al pueblo. Apenas si lo reconoció. Todo en él había cambiado: las casas que él conocía habían desaparecido y habían sido sustituidas por otras mejores; las calles eran más anchas y no conoció a ninguno de sus habitantes.
Preguntó a un viejo por sus hijos, y supo que el más pequeño hacía ya muchos años que no vivía allí.
El pobre hombre, viendo aquello tan cambiado y no encontrando ningún pariente ni amigo, decidió volver a casa del mendigo, siguiendo las huellas plateadas. Anduvo y anduvo, y llegó, al fin, exhausto y sin fuerzas a la puerta del jardín de su único amigo. Apenas pudo llamar; pero el mendigo lo esperaba a la puerta. Cuando vio lo agotado que llegaba, lo tomó en sus brazos y lo introdujo en el jardín, diciéndole: «Ahora te quedarás siempre conmigo y vivirás feliz a mi lado.»
Cuando el pobre hombre miró el rostro del mendigo, reconoció a Nuestro Señor Jesucristo. Y el más joven de los tres hermanos, el que tuvo un corazón muy bondadoso, se dio cuenta de que se hallaba en el Jardín del Paraíso.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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