La Virgen de la Soledad
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- Leyenda de Venezuela -

En tierras de Ávila, a corta distancia de Naiguatá, vivía, hace ya bastantes años, una dichosísima familia. Estaba formada por el matrimonio don Juan del Corro y su esposa doña Felipa de Ponto y Villena. Tenían dos hijos y eran amados por todos los campesinos de los contornos.
Un día, cuando don Juan volvió de sus faenas en el campo confió a su esposa una promesa que por la salud de ella había hecho al nacer su hijo Fernando.
- Estoy atormentado pensando si la mala salud de nuestro hijo no será un castigo por el incumplimiento de regalar una imagen de la Virgen de la Soledad al templo de San Francisco, de Caracas. Ofrecí también que en los días festivos, arderían cuarenta cirios ante esta imagen. Dios oyó mi oración y ahora he de cumplir mi promesa.
Su esposa, alegre con la confesión que su marido terminaba de hacerle, comentó que debían cumplir esto cuanto antes:
- Tal vez Dios, al ver nuestra fe, devuelva la salud a nuestro Francisco.
Su mismo hijo, objeto de su inquietud, interrumpió su charla para anunciarles que había llegado su padrino don Sancho de Paredes.
A los pocos días, don Sancho iba a emprender viaje a España.
- Queremos pedirle un favor - dijo Doña Felipa. - Necesitamos que a su regreso de España nos traiga una imagen de la Virgen de la Soledad. Es una promesa que debemos a la Virgen por tantos favores como nos ha concedido.
Don Sancho aceptó con mucho agrado el encargo y pocos días después marchaba para España. Al cabo de varios meses salía del puerto de Vigo, con rumbo a las Indias el navío «San Fernando», y con él la caja que contenía la tan anhelada imagen. A la salida del puerto, hacía un tiempo magnífico, pero pronto cambió y se sucedieron días de gran bochorno hasta que se desencadenó un enorme temporal. Fue necesario arrojar al mar todas las mercancías. Solamente quedaba en cubierta la caja que contenía la imagen, que don Sancho, por cierto temor religioso, no había querido echar al agua. El temporal fue empeorando más y más. Era preciso salvar la vida y salir en unos botes. No quedó otro remedio al intrépido capitán que arrojar al agua la tan preciada escultura, que pronto devoraron las olas, y el viento condujo a los náufragos a las playas de Trinidad.
Mientras tanto, los esposos esperaban la llegada de la imagen. Un día Francisco, completamente restablecido llegó junto a sus padres sofocado y nervioso diciéndoles que los criados habían encontrado a la orilla del mar una caja herméticamente cerrada, y que por su peso debía contener un rico tesoro.
Se dirigió el matrimonio al lugar que el muchacho les había indicado. Algo extraño los esperaba; todos los criados colocados en círculo miraban la caja cubierta de algas; don Juan ordenó que dos forzudos negros alzaran la tapa. Al quitar la cubierta, vieron regios paños de terciopelo morado con franjas de oro, que al ser levantados, descubrieron la imagen de la madre de Dios con su pálido rostro, las manos cruzadas y surcadas sus mejillas por gruesas lágrimas.
Todos cayeron de rodillas ante esta aparición y entonaron el himno Salve Maris Stella. Después fue trasladada al oratorio particular, donde dieron ferviente acción de gracias.
Se colocó la imagen de la Soledad en la iglesia de los franciscanos celebrando su entronización con gran solemnidad. La gran multitud que había acudido a la ceremonia, fue abandonando el templo, en el que sólo quedaban los hermanos franciscanos y la familia de don Juan.
En aquel momento vieron entrar a don Sancho de Paredes, que pálido y nervioso se dirigió hacia el altar. Se arrodilló ante la imagen sumiéndose en un profundo éxtasis religioso.
Con la mirada aún puesta en la Virgen exclamó:
- Hermanos, adoremos la voluntad de Dios. No hace todavía un año, a causa de una gran tempestad, arrojé yo mismo al mar una caja que contenía esta preciosa talla, hecha en Madrid bajo mi dirección, y ahora la veo en la iglesia de San Francisco. Sólo Dios puede hacer prodigios como éste. Él ha querido que la imagen de su divina Madre llagara aquí para la adoración de los fieles.
Aquella imagen de la Soledad que don Sancho llevó de España es la que aún se conserva en San Francisco.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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