Las lavanderas nocturnas
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- Leyenda de Venezuela -

Vivía en la Guagira un cacique indio, jefe de la tribu hipoana, de inflexible carácter y temido por su crueldad. Este cacique, llamado Caraire, había recogido, desde muy pequeña, a una sobrina suya, huérfana, llamada Irua, a la que quería como hija, y de cuya belleza y hermosura se enorgullecía, despreciando a cuantos deseaban tomarla por esposa.
Caraire deseaba casarla con su amigo inseparable, llamado Jarianare, el más rico y poderoso de todos los habitantes de la comarca; su fortuna era fabulosa y su dueño soñaba compartirla con la bella india, que huía de él. La muchacha estaba locamente enamorada de su compatriota Arite, indio intrépido y arrogante, pero desprovisto de fortuna, que no contaba más que con el día y la noche. Éste se presentó un día a ver al jefe y le pidió a Irua como esposa. Fue rechazado con todo desprecio por el cacique, echándole en cara su pobreza, y tuvo que retirarse, triste y desalentado, sintiendo desgarrado su corazón, porque con pasión amaba a la joven.
Desde entonces fue su amor más fuerte y fiero; intentaba convencer a la india para que huyese con él a los últimos confines del mundo. Pero Irua temía la cruel venganza del cacique, que les hubiera perseguido y dado alcance, y prefería esperar y convencerle.
Caraire, deseando alejar cuanto antes a Arite de la joven, le propuso ir con él a guerrear contra las vecinas tribus indias, con las que sostenía frecuentes guerras. El muchacho aceptó, con la esperanza de que al ser dueño de un gran botín, conseguiría fácilmente a Irua, la más codiciada de las mujeres indias. Se despidió con gran dolor de la muchacha, y ella le dijo:
- Marcha tranquilo, que yo no quebrantaré mis juramentos.
Triste y silenciosa quedó la doncella, con las mejillas bañadas en lágrimas, cuando vio venir hacia ella al cacique, que, con tono inflexible, le dijo:
- Arite ya no volverá. En breve celebrarás tu matrimonio con el indomable Jarianare.
No pudo escuchar más la joven; su cuerpo se tambaleaba, y, sintiendo que se le iba la vida, cayó desfallecida.
Al día siguiente, apenas amaneció, se levantó muy decidida y se encaminó a consultar al más sabio de los viejos de la Guagira, un mago a quien todos los habitantes veneraban. Veía el porvenir en los astros y en las tranquilas aguas de las fuentes y en el rocío de las flores. Irua le explicó sus sufrimientos, y el mago, consultando su ciencia, le contestó:
- El indio Arite no pisará más los dominios de Caraire. Su espíritu andará errante por el espacio, y tú estarás condenada a lavar ropa a medianoche en las orillas de la laguna, hasta que llegue el hombre que adoras; le envolverás en tu amor y volaréis juntos a las regiones ignoradas.
Gran tristeza causó a la muchacha las predicciones del sabio y se dejó consumir por la pena lentamente, hasta morir de dolor, como el arroyo se agosta por el calor del verano. Su único consuelo era llegar a fundir cerca su espíritu con el que amaba.
El cacique sufrió profundamente, hasta derramar lágrimas, a la muerte de la bella Irua, y la hizo enterrar cerca del lago con gran esplendor.
Sin embargo, Arite no había muerto; luchaba con arrojo en todos los combates, con la dulce esperanza de poseer a Irua, en recompensa. Pero cuando tuvo la noticia de su muerte, tiró las armas con desaliento. ¡Ya no le interesaba nada en la vida! Se encaminó a su antigua tribu, atravesó extensos páramos y escaló alturas, llegando a la cumbre de un monte, desde donde se divisaba el agua plateada de la laguna. Se acercó a ella y vio iluminadas por el resplandor de la luna las rocas de la orilla y sobre ellas unas siluetas blancas de mujeres etéreas, con el cabello al viento, que lavaban y tendían ropa en las peñas.
Se aproximó, y lanzó un grito al reconocer entre ellas a Irua, al mismo tiempo que ella, loca de alegría, iba a su encuentro. Se unieron en un abrazo, e Irua le dio un beso frío, de ultratumba, que, removiéndole las entrañas, derramó en ellas el frío de la muerte.
Todos los habitantes acudieron al día siguiente para contemplar el cadáver de Arite en las rocas del lago y se le dio sepultura junto a Irua.
El cacique murió a los pocos meses, vencido por las tribus enemigas, y desde entonces ven los indios su alma por las noches, que vaga por montes y llanuras, huyendo de las lavanderas nocturnas.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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