Del judío que tomó en prenda la imagen de Santa María
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- Leyenda de Turquía -

Un rico burgués de Constantinopla, fiel servidor de la Virgen, se aficionó al juego de tal manera, que en poco tiempo llegó a gastar todo su caudal. Cuando agotó el dinero, jugaba sobre su palabra; pero tampoco le acompañó la suerte y perdió, no sólo la fortuna, sino el crédito. No podía encontrar remedio a su situación, pues veía que su mujer y su hijo empezaban a pasar hambre. Recurrió a los amigos y compañeros de juego, con los cuales se había mostrado altamente generoso en su época de prosperidad. Pero éstos, antes que atenderle, le trataron de mala manera, despreciándolo como a un perro. No sabiendo qué hacer, al fin fue a un rico judío prestamista, y le pidió una cantidad: «Judío, estoy en una situación terrible: ni dinero ni crédito tengo. Pero si tú me prestases una cantidad podría emprender un negocio de comercio.»
El judío respondió: «Sólo os prestaré con una buena garantía.» El pobre burgués le dijo: «Ni parientes ni amigos puedo tener como garantizadores del crédito. Pero te juro por mi fe y por mi creencia que el día en que expire el plazo del crédito tendrás tu dinero y los intereses.»
El judío no estaba aún conforme, y entonces el burgués le propuso: «Iremos a la iglesia, y ante Cristo y sobre la imagen de Santa María, su Madre, juraré que si no te pago tu dinero en el plazo que me digas, me entregaré a ti como esclavo, para que me vendas como a una bestia.» El judío se echó a reír: «Yo no creo en absoluto que Jesucristo, el Hijo de María, que mis antecesores crucificaron en Jerusalén, sea Dios; pero lo respeto como a un gran profeta. Y si tú juras por El que si no me devuelves la suma que te entregue me servirás como esclavo toda la vida, te daré lo que necesites.»
Fueron entonces al monasterio, y el burgués, llorando de todo corazón, hizo el juramento ante Cristo y encomendó a su Madre este negocio. Puso la mano del Niño en la del judío y tomó la otra entre las suyas, y así hizo el solemne juramento. El judío le entregó una gran cantidad de dinero.
El burgués fue enseguida al puerto y encontró una hermosa nave que estaba en venta. La compró, y adquirió un gran lote de ricas mercancías. Las cargó y se dirigió a lejanas tierras, a negociar. Dios tuvo piedad de él, bendijo su negocio y le llegó la prosperidad. Navegando de puerto en puerto, vendiendo sus mercancías y comprando otras, con las que traficaba, logró reunir otra vez grandes riquezas.
Mas, entretenido con las ocupaciones de su negocio, olvidó que el tiempo pasaba y que se aproximaba el cumplimiento del plazo dado por el judío. Y un día cayó en la cuenta, espantado, de que el plazo terminaba al siguiente. Entonces se sumió en gran aflicción. Rogó, llorando, a la Virgen que le ayudase en aquel trance. «No podré ir ni en treinta ni en cuarenta días a Constantinopla. Nada podré hacer si la Virgen no me ayuda.» Cayó en un estado de dolor y postración grande; pero tuvo la revelación del Espíritu Santo. Y tomó una fuerte caja, que preparó de manera que pudiera flotar. Metió en ella una cantidad suficiente para pagar su deuda. Junto con el dinero puso un escrito diciendo que regresaría pronto a Constantinopla y que ese dinero era para el prestamista. Y después encomendó a la voluntad de Dios que la caja llegase a tiempo, y la lanzó a las olas.
La caja flotó y fue llevada, como volando, hasta la ciudad. Un criado del judío que estaba en la playa vio que cerca de la ribera flotaba un objeto, y cuando quiso cogerlo, desapareció. Entonces avisó a su dueño, el cual vino y pudo apoderarse del bulto, que no era otro sino la caja. La abrió y tuvo gran admiración al leer el papel escrito por el comerciante. Mas a nadie dijo nada; llevó la caja a su casa y escondió el dinero.
Pasaron unas semanas, y el comerciante regresó a Constantinopla. La noticia de su llegada se extendió por la ciudad y mucha gente acudió a recibirle, Pero cuando puso pie en tierra, el judío se le presentó a reclamar su dinero, y diciendo que, habiendo transcurrido el plazo, el comerciante habría de entregarse a él como esclavo. Entonces el comerciante rogó, a la Virgen y propuso al usurero ir juntos a la iglesia para que la Virgen respondiera por él.
Lo hicieron así. El comerciante se arrodilló y pidió a la Santísima Virgen que diera testimonio de cómo había cumplido su compromiso. Y ante el asombro de todos, una voz dulcísima, que venía de la santa imagen, contó todo lo sucedido y la maldad del judío. Éste, cuando vio el maravilloso milagro que había obrado Nuestra Señora, se convirtió al cristianismo y pidió ser bautizado. Y para, celebrar tan notable acontecimiento, se hicieron solemnes fiestas en Constantinopla.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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