Guillermo Tell
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- Leyenda de Suiza -

Era en el tiempo en que el Emperador dominaba sobre los cantones. El de Uri era uno de los más bellos, y sus habitantes eran conocidos por su inquieto espíritu de independencia. Sucedió que a ese cantón llegó el gobernador Grissler, o Gessler. Quiso hacer ver a los habitantes de Uri que eran realmente vasallos, y en medio de un claro, bajo los tilos, mandó clavar un palo muy alto, con un sombrero colocado en la punta. E hizo un llamamiento para que todos pasasen por delante del palo, al lado del cual había colocado un guardián. Y al pasar, todos debían hacer un saludo, como si se tratase del propio señor, y aquel que no lo hiciere sería objeto de un terrible castigo.
Vivía allí un buen hombre llamado Guillermo Tell, que pasó delante del palo y no hizo el saludo ordenado. Y el soldado que montaba la guardia delante del palo fue al gobernador y le dijo: «Señor: hoy, todos los habitantes del cantón que pasaban delante del palo mandado alzar por vuestra excelencia saludaban al sombrero, tal como ha sido ordenado. Mas ha habido uno que no lo ha hecho. Yo, creyendo que estaba distraído, le advertí que cumpliera las órdenes; pero él me miró tranquilamente, no dijo nada y pasó sin saludar.»
El Gobernador se enfureció terriblemente. ¡Que un campesino pudiera burlarse así de las órdenes de quien le representaba! ¡Caro iba a pagar su atrevimiento! Y ordenó a su guardia que prendiese a Tell.
Los guardias llegaron a la casa de Tell y gritaron: «De orden del Gobernador, que se entregue el llamado Tell.» Y Guillermo salió y dijo tranquilamente: «Yo soy Tell. Vamos a ver qué quiere de mí vuestro señor». La mujer del cazador - pues cazador era Guillermo, y el mejor de todos ­ rompió a sollozar: «¡Ahora llega nuestra ruina y nuestra desgracia!» Guillermo, volviéndose a ella, le dijo: «No llores, mujer, y cuida a nuestros hijos. Honrada ha sido mi vida y he cumplido con la ley. Nada se me puede hacer en justicia.» Y salió entre los soldados, siendo conducido por éstos al palacio del Gobernador.
El Gobernador lo hizo pasar a su presencia y le preguntó: «¿Por qué has pasado delante del palo que mandé alzar con un sombrero en la punta, como símbolo de la autoridad imperial, y no lo has saludado, como era mi orden? ¿No sabes que con ello te has expuesto a severos castigos?» Guillermo Tell contestó tranquilamente: «¡Oh señor!, ha sucedido por casualidad, y no creí que vuestra excelencia lo tomara tan a pecho, ni que le diera a este acto de un pobre cazador tanta importancia. Y esto que os digo es verdad, y no ha sido mi propósito hacer burla de vuestras órdenes. Si yo fuera un hombre chancero, no me llamaría Tell.»
El Gobernador quedó sorprendido de la serenidad del preso. Y le preguntó: «¿Quién eres tú y en qué te ocupas?» «Me llamo Guillermo Tell y mi oficio es cazador. Desde muy niño he recorrido las elevadas montañas de nuestros cantones. He subido a las más altas cumbres, en donde el aire es más puro, adonde los hombres no han llegado. Allí vuelan las águilas, mientras, abajo, el agua tranquila del lago escucha la canción de las lavanderas. Yo he recorrido solo los senderos sombríos de los bosques, persiguiendo a los jabalíes, haciéndoles caer bajo mis venablos, bajo las flechas de mi ballesta. He caminado largas horas para rastrear las pisadas de los ciervos, y sé lo que dicen los pájaros. Estaba yo solo; en lo alto, las águilas; sobre las águilas, Dios. Y Dios me ha dado la destreza de que podréis oír hablar si preguntáis a mis vecinos.» El Gobernador preguntó a los soldados, y éstos le dijeron: «Es verdad que Tell es el mejor tirador de esta región. Nunca se supo que fallara un disparo de su ballesta. Tal es su fama, que nadie discute con él: se le obedece, y sus determinaciones se aprueban.»
El Gobernador meditó entonces una diabólica treta para desprestigiar a Tell ante sus convecinos. De nuevo se dirigió al cazador, después de haber dicho unas palabras al jefe de su escolta: «Bien, cazador Tell. Es cierto que todos dicen que eres el mejor tirador de los cantones; que las aves más montesinas caen traspasadas por tus ballestas; que regresas siempre triunfante de tus cacerías y que en los certámenes eres el indiscutible ganador. Mas yo quiero probar el valor de tu corazón, la certeza de tu ojo, la fuerza de tu pulso. Voy a ponerte un blanco digno de ti. ¡Ven!» Se levantó Gessler del sillón y ordenó a los soldados que le siguieran, llevando con ellos a Guillermo Tell. Salieron a la plaza, en donde se había juntado todo el pueblo. Guillermo creyó soñar una terrible pesadilla. Enfrente de él, rodeado de soldados que lo sujetaban, uno de los cuales le tenía tapada la boca con su mano enguantada en fuerte manopla, estaba el preferido de sus hijos. Se volvió al Gobernador y le dijo con voz débil y ronca: «Señor, ¿qué significa esto?» «Ya te he dicho que te preparaba un blanco digno de ti. Vas a disparar sobre una manzana colocada en la cabeza de tu hijo. Si aciertas a clavar en ella una de tus flechas, te consideraré como el mejor tirador del Imperio. ¡Esto es un blanco y no las aves o las bestias del bosques»
El desdichado Tell suplicó al Gobernador que no le obligase a una prueba tal, «¡Cualquier otra cosa que me mandéis la haré, señor; mas esto es imposible! ¡Ningún hombre puede tener dominio sobre sí pensando que puede ser la causa de la muerte de su propio hijo!» Pero el Gobernador permanecía mudo. De nuevo Tell pidió gracia, y la única respuesta que tuvo fue la orden del Gobernador a los soldados para que atasen al hijo de Tell a un árbol y le colocasen la manzana encima de la cabeza.
Entonces Guillermo comprendió que no podía rehuir la orden. Tomó una flecha y la colocó en el carcaj, y después una segunda que puso en la ballesta. Rogó a Dios que protegiera a su hijo, orando con todo fervor, Por último, se dirigió al centro del claro. La gente guardaba un silencio absoluto. Se echó a la cara la ballesta. Todas las miradas de los vecinos iban del cazador al árbol en donde estaba atado el muchachillo con la manzana encima de la tierna cabeza...
«¡La manzana cayó!», gritaron todos cuando vieron el fruto partido por la flecha. Dios había escuchado al cazador y le había dado la mejor puntería. El Gobernador exclamó- «¡Tiro maestro! ¡Jamás he visto otro igual!» Pero preguntó a Tell por qué había colocado la primera flecha en el carcaj. Tell contestó: «Tal es la costumbre de los cazadores.» El Gobernador no se contentó con esta respuesta, sino que quiso saber más, y dijo a Tell que de nuevo le aseguraba la vida y que podía decir tranquilamente la verdad. Entonces el cazador añadió: «Puesto que me habéis asegurado la vida, voy a decir la verdad.» Puso la ballesta junto a él y habló así: «Cogí la primera flecha y la puse en el carcaj; con la segunda tiré sobre, la manzana. Si esta segunda no hubiese acertado y hubiera matado a mi hijito, la primera habría estado destinada a vos, y ¡en verdad que no me hubiera fallado!»
El Gobernador, entonces, se llenó de ira y dijo a Tell: «Tu vida está asegurada; pero vas a pasarla entera en un lugar en donde jamás has de ver ya el Sol ni la Luna.» Y ordenó a los soldados que atasen al cazador, y en el mismo barco en que él volvía a Schwitz, ordenó que colocaran al preso. Comenzaron a navegar, y de pronto estalló una terrible tempestad. El viento huracanado elevaba terribles olas que amenazaban voltear la embarcación; nadie podía gobernar el barco y temían naufragar. Los soldados dijeron al Gobernador: «Señor, ordenad que se suelten las ligaduras a Tell. Él es un hombre fuerte y valeroso; conoce bien el lago y sus tempestades, y nos puede salvar.» El Gobernador ordenó que así se hiciera, diciendo a Guillermo: «Si tú nos salvas, te prometo perdonarte.» Guillermo accedió y empuñó el timón. Dominó el barco y tomó el rumbo conveniente; pero pensando también en aprovechar la ocasión para librarse del tirano, cuyas promesas sabía ya que eran vanas. Al fin, llegaron cerca de la orilla, junto a una gran plataforma rocosa, que desde entonces se llama la Roca de Tell. No perdía de vista a la costa ni a su arco, que estaba a sus pies. Y cuando se acercaron a la roca, ordenó que bogasen hacia allá, si no querían perecer. Una vez casi en la orilla, tomó rápidamente la ballesta y saltó a tierra, dejando que el barco se perdiera aguas adentro.
Después caminó por los sombríos bosques del Schwitz, hasta que llegó a Küssnach, en los altos desfiladeros. Allí esperó al Gobernador, pues sabía que habrían podido desembarcar no muy lejos de allí.
Efectivamente, no mucho después oyó que se aproximaba el Gobernador, rodeado de su escolta; venían hablando de él, y el tirano aseguraba que esta vez Tell tendría un terrible castigo. Pero el cazador colocó una flecha en la ballesta, y cuando divisó al Gobernador, tiró contra él, derribándolo con el corazón traspasado.
Después, el cazador regresó a Uri, siendo aclamado por todos como el libertador del pueblo contra la tiranía.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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