La Selva Roja
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- Leyenda de Rumanía -

La Selva Roja es una comarca llena de atractivos y de pintorescas bellezas. Su nombre se debe a que el suelo arcilloso ofrece un vivo tono rojo. En medio de la Selva Roja se elevan, enfrente una de otra, dos rocas escarpadas, de las cuales una tiene en su cúspide una cruz con la imagen de Cristo.
En una cruda noche de invierno, cuando el viento aúlla y la lluvia cae como un azote gigantesco sobre la tierra, se encontraron el ángel del Señor y el demonio; uno sobre la roca que tiene la cruz y el otro en la de enfrente.
- ¡Maldito enviado del infierno! - exclamó el ángel -. ¿Qué vienes a hacer aquí? ¿Es que las fuerzas infernales jamás reposan?
- ¡Ah! - exclamó irónicamente el demonio -, yo no tengo necesidad de descansar. Tú, en cambio, debías cuidarte y no exponerte así a la intemperie.
- Yo tengo la misión de extender el reino de Dios y de afirmar a los que vacilan en su fe.
- Y mi obra es la de tender sin cesar lazos a los hombres y atraerlos a la hermosa ruta del vicio.
- ¡Desgraciado! - exclamó el ángel -. Esa alegría maligna que tú tienes cuando ves a un hombre que cae en el vicio no puede compararse con la que se siente haciendo el bien: consolar a los que sufren, enjugar las lágrimas de los que lloran, hacer dichosos a los que han perdido toda esperanza; eso es lo que hace la felicidad. Escúchame: si aún queda en tu alma un poco de bondad y si quieres volver a aquel estado de donde caíste; si quieres matar al gusano que te roe, las lágrimas de los que tú consueles apagarán el fuego en que te consumes. ¿Qué dices?
El diablo, simulando humildad, contestó:
- ¡Gracias por tu bondad! Hace tiempo que esperaba una ocasión de arrepentirme de mis malas obras. Di lo que he de hacer.
El ángel lo miró largamente y después dijo:
- Mira, por aquel sendero vienen dos caminantes. La noche es cruda y los dos están sufriendo. El uno, apenas lleva ropa y tirita de frío; el otro desfallece de hambre. He aquí un poco de fuego para el que está casi helado y un poco de pan para el que muere de necesidad. Baja y entrega a cada uno lo que necesita.
El demonio cogió lo que el ángel le entregaba y desplegando sus negras alas, bajó hasta el camino. Entregó, los dos paquetes; pero dio el pan al que sufría con el frío y el fuego al que estaba hambriento. Y lanzando estentóreas carcajadas, volvió a la roca y le dijo al ángel:
- He ahí una jugada maestra que hará palidecer de envidia a todos los demonios. He engañado a dos hombres y a un ángel. ¿Qué dices ahora, pobre espíritu?
El ángel sonrió y contestó:
- ¡Ah Satán! Conozco bien tus artes. Sabía que ibas a obrar mal, a pesar de tus hipócritas palabras, y por eso he cambiado los dones. Cada uno de los caminantes ha tenido lo que necesitaba. Y tú has hecho el bien, a pesar tuvo.
El demonio enrojeció de furia y se lanzó sobre el ángel. Pero éste tomó en su mano el crucifijo y, alzándolo ante el Maligno, éste no pudo hacer nada.
Entonces el ángel se apoderó de una rama de árbol, que al instante se convirtió en una espada flamígera. Y con ella golpeó al demonio con tanta fuerza, que la montaña no tardó en empaparse de la sangre del Maldito.
Desde entonces, el demonio no volvió a aparecer por aquellos parajes; toda la selva quedó empapada de su sangre, y mientras no desaparezca el color cárdeno de esa selva no vendrá de nuevo Satán.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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