La hija del verdugo
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- Leyenda de Puerto Rico -

En la actual plaza de Baldoriety, en San Juan de Puerto Rico, álzase hoy un hermoso edificio, conocido por «la Intendencia». Era éste el presidio, en el que residían, además de los presos, los empleados oficiales y, entre ellos, el verdugo, que con nombramiento oficial a perpetuidad había venido de Cádiz, permitiéndosele que trajera una niñita, hija suya, que constituía toda su familia. La chiquilla, que se llamaba María Dolores, era una preciosa criatura que tenía entusiasmados a los empleados de la cárcel, que disputaban para obsequiarla. La señora del alcaide también se encariñó con la niña y continuamente la tenía a su lado, contribuyendo a su educación y enseñándola a ser hacendosita, pues la ayudaba en todos los quehaceres de la casa.
La niña crecía y era el encanto y alegría de todos, hasta de los presos, a los que visitaba con cariño y recato, y siempre que llegaban los detenidos, conducidos a pie, María Dolores los esperaba a la entrada con un jarro de agua, para refrescar sus secas gargantas y así mitigar los ardores del camino. Al anochecer, no dejaba ningún día de ir con su padre a rezar el santo Rosario al convento de los Dominicos, sentándose después, a la salida, en un banco de la plazuela de Santo Domingo, a tomar el fresco de la tarde y fumar su pipa, mientras la hija daba unas vueltas por las calles próximas y venía a recoger a su padre, para volver a casa juntos. La hija llegó a ser una espléndida mujer, de soberbia belleza, que causaba la admiración de cuantos la contemplaban; pero una admiración muda ante la modestia y recato que irradiaba de su persona.
Con la llegada de un nuevo comisario regio, llamado Alejandro O'Reilly, se estableció una nueva organización de las milicias disciplinarias. Por la nueva ley, fue rechazado para ascender a sargento un cabo de la guarnición de la isla, llamado Betancourt, mocetón guapo y altivo, nacido en Canarias. Este, que esperaba ascender de un momento a otro, al verse postergado, se presentó ante el comisario, a protestar de la injusticia que con él se cometía; pero lo hizo con tal arrogancia y altanería, que el comisario, indignado, le arrojó de su despacho. Betancourt, que sentía ambición de mando, no se resignó con su suerte y, organizando una cuadrilla de salteadores, empezó a cometer fechorías por toda la isla, teniéndose que redoblar la vigilancia nocturna. Se prohibió terminantemente que pasadas las diez de la noche pudiera transitar nadie por las calles, que eran recorridas por una ronda de caballería con orden de llevar esposado a todo individuo que se encontrara en las calles.
Una tarde, a la salida del Rosario, mientras el viejo verdugo tomaba el fresco en la plazuela de Santo Domingo, María Dolores fue a una confitería próxima, llamada «El Trueno», a comprar unas golosinas. A la salida tropezó con un joven, que, prendido en el hechizo de sus negros ojos, le dirigió un requiebro, que ella, halagada, contestó con su fina gracia andaluza. El mozo, impresionado por aquella belleza, volvió en los días sucesivos en busca de la hermosa doncella, y como también ella había quedado impresionada por la gallardía del galán, y arrastrada por la ilusión de encontrarle, se dejaba llevar a los alrededores de la confitería. A diario se cruzaban sus apasionadas miradas, hasta conquistarse mutuamente su confianza y su amor. Todas las noches, juntos, en apasionados idilios, paseaban por las calles, embriagados de amor, hasta que, ya de noche, María Dolores recogía a su padre y juntos regresaban a casa. El mozo, que estaba locamente prendado, gestionaba establecer un comercio en la isla para casarse con la muchacha que constituía para él la realización de todos sus sueños.
Pero habiendo aumentado los atracos y el terror en la isla, se dieron órdenes severísimas contra los malhechores. Aquella noche había tenido lugar un asalto a una tienda de comestibles, y los dos dependientes, vizcaínos, habían sido asesinados, pero el dueño del establecimiento, llamado Azperúa, había logrado capturar a uno de los salteadores. Se instruyó el sumario y se avisó al verdugo para la ejecución de la sentencia. A las pocas horas estaba ya ejecutado el jefe de los salteadores, que era el detenido, y se dio orden de que quedara colgado en la horca veinticuatro horas, para escarmiento de los bandidos.
Toda la ciudad estaba conmovida por el suceso; tímidamente se asomaban a la plaza, para ver al ahorcado. Aquella noche, saliendo, como de costumbre, del Rosario, el verdugo con su hija, ésta comentó:
- Debo de ser la única que no ha visto al ajusticiado.
Pero el padre le contestó:
- ¿Qué falta te hace, hija mía, si es una vista tan desagradable?
María Dolores, comprendiendo que su padre tenía razón, y abandonando su idea, se fue en busca de su amado, que la esperaría en el sitio de costumbre. Pero al llegar allí, sintió gran extrañeza al no ver a su galán; sabía muy bien que alguna fuerza imperiosa le retendría para no haber acudido a la cita, y muy inquieta por lo que le hubiera ocurrido, echó a andar sin rumbo por las calles, contrariada por no encontrar a su amor. De pronto encontróse a la entrada de la plaza donde estaba el ajusticiado y una curiosidad insana la hizo acercarse a verle. Al llegar al pie del patíbulo, lanzó un grito de horror al reconocer que el ahorcado era su novio. Enloquecida de dolor, subió por la escalerilla, y, enganchando su mantoncillo de flores por un extremo, se anudó el otro a la garganta y quedó balanceándose en el aire, abrazando, convulsivo, el frío cadáver de su amado.
Mientras, el padre seguía tornando el fresco en la plazuela, y, rendido de sueño por el madrugón de aquel día, para la ejecución, se había quedado dormido. Cuando despertó, era ya tarde, pasadas las diez, y, extrañado de que su hija no hubiera vuelto a buscarle, echó a andar, muy alarmado, recorriendo las calles, jadeante. Pronto fue alcanzado por la patrulla que hacía la ronda, y cumpliendo órdenes, fue esposado y conducido por ellos. Al aclararse que era el verdugo, se le ordenó que permaneciera allí hasta el amanecer, en que tenía que ir a descolgar al ajusticiado, por cumplirse ya las veinticuatro horas.
Empezaba a clarear el día, cuando el verdugo echó a andar hacia a la plaza. Al llegar, quedó atónito al ver dos cuerpos colgados en la horca. Se acercó más, y de su garganta escapó un ronco quejido al reconocer el cadáver de su hija abrazado al del bandido. Ágilmente subió por la escalerilla, por si aún tuviera vida; pero la muchacha estaba ya fría como el mármol. El viejo sintió que se le nublaba la vista y se le iba la vida, y, víctima de una apoplejía, cayó muerto a los pies de los dos amantes.
Al ser encontrados, por la mañana, los tres cadáveres, nadie se explicaba el misterioso suceso, hasta que el confitero declaró los amores del bandido y la hija del verdugo.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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