La mensajera de la muerte
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- Leyenda de Puerto Rico -

Corría el año 1620 y era Sumo Pontífice de Roma Paulo V, que nombró obispo de Puerto Rico a un santo clérigo, abad de Jamaica, llamado Bernardo de Balbuena. El nuevo obispo se trasladó a Santo Domingo, para que le consagrara el obispo fray Pedro de Oviedo. Acabados los solemnes oficios de la consagración, solicitó verle la superiora del convento de las Carmelitas, y el nuevo obispo no se hizo rogar, recibiendo en el acto a la priora. Ésta refirió al prelado que una religiosa de su convento, sor Ángela de la Cruz, había tenido una rara visión en sueños, que, refiriéndose a la persona del prelado, se creía en el deber de comunicárselo. Había visto la hermana Ángela una paloma blanca posada en la cornisa de la bóveda de la catedral de Puerto Rico y al santo obispo difunto en un ataúd, viniendo después la paloma a posarse sobre él. Su Ilustrísimo escuchó la relación de la priora muy sereno y le dio las gracias por el relato, que no le conmovió, pues estaba en todo momento preparado para presentarse ante el tribunal de Dios y dispuesto a acatar sus divinos designios.
El santo obispo regía su diócesis con gran sabiduría y virtud, siendo venerado por clérigos y feligreses. Habitaba en una casa próxima a la catedral, donde se reunían de tertulia los hombres más ilustres de su época - entre ellos, el padre Sigüenza -, en un verdadero cenáculo literario y cultural. Celebraba su misa en el altar mayor del templo, al que acudían, atraídos por su santidad, numerosos feligreses. El día 10 de octubre de 1627, al terminar su misa y dar la bendición, vio desde el altar que en el crucero de la nave central volaba una paloma, y pronto se acordó de la visión de la monja. Ya en la sacristía, mientras se despojaba de los ornamentos, mandó al sacristán que saliera a ver qué clase de pájaro era aquel que volaba en la bóveda, y el sacristán volvió diciendo:
- Su Ilustrísima, es una paloma muy blanca.
El señor obispo, después de encargarle mucho que no molestara al ave, se postró ante el altar y oró largo rato.
Al llegar luego a su residencia, hizo venir al notario eclesiástico y dictó su testamento, en que legaba todos sus bienes a la Iglesia. Manifestó su voluntad de que se construyera en aquella catedral una capilla dedicada a San Bernardo, su santo Patrón, y que en ella se le diera sepultura, a su muerte. Aquel mismo día, por la tarde, se sintió ya enfermo. Asistido por el médico del regimiento de Cantabria, diagnosticó una calentura maligna; por la noche se agravó, y a las tres de la madrugada entregaba su alma a Dios.
Al día siguiente, al oír el triste tañido de las campanas, acudían todos los feligreses a orar ante el féretro del santo obispo, colocado en la nave central de la catedral. Con gran emoción escuchaban los cantos fúnebres del Cabildo, cuando vieron que una paloma blanca descendía de la bóveda e iba a posarse sobre el ataúd en que yacía el santo prelado. Allí permaneció el ave largo rato. Contemplándola, conmovidos, todos los presentes, remontó el vuelo, saliendo por una de las vidrieras del templo y perdiéndose en el infinito azul. Después de haber anunciado la muerte del santo varón, se llevaba su alma al cielo.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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