La tumba de Guanina
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- Leyenda de Puerto Rico -

Allá por el año de 1511 vivía en la pequeña aldea de Agueybana don Cristóbal de Sotomayor, joven hidalgo español.
Un día, cuando la tarde iba cayendo y los ojos del caballero estaban fijos en la lejanía, pensando en su patria y en su madre, la noble condesa de Camiña, oyó de pronto unos pasos que turbaron su meditación. Hacia él se acercaba Guanina, una bella india enamorada del español. Venía inquieta, temblorosa. Los caciques borinqueños habían acordado la muerte de su señor; se quejaban del abuso y del rudo laboreo de las minas que requería el lavado de las arenas para obtener el oro.
Guanina venía para avisarle y esconderle. Pero casi no había terminado de informarle de aquellos proyectos, cuando se presentó ante ellos el que hacía las veces de intérprete de don Cristóbal. Sus noticias eran parecidas a las de la india: venía a informarle de que pronto el pueblo estaría contra ellos para matarles. Había que huir.
Ante esta indicación, el noble español se alzó airado: no podía pensar en tal cobardía. Al día siguiente, a pleno sol, él y los suyos saldrían con la bandera desplegada para castigar a los rebeldes.
En efecto, apenas amaneció, don Cristóbal hizo venir al cacique Guaybana, hermano de Guanina, que hasta entonces había sido su aliado, y le pidió unas cuadrillas de los suyos para que trasladaran sus fardos: pensaba partir.
Cuando Guanina vio que el caballero descolgaba y preparaba su casco, fue a él, amorosa, y le pidió que le dejara acompañarle. Don Cristóbal no podía consentir que su amada Guanina se expusiera a la muerte, y la hizo quedarse en la aldea.
Al fin partió, después de besarla por última vez, y no bien inició su marcha la comitiva, el traidor Guaybana reunió trescientos indios para inducirles al ataque. Había llegado la hora de las venganzas; el sol había de serles propicio en la lucha.
Con su penacho de vistosas plumas, y seguido de sus guerreros, el cacique se lanzó al encuentro de la pequeña caravana de don Cristóbal, que avanzaba a paso lento. Sotomayor, a poco, tuvo que dar el alto. Las flechas enemigas empezaron a llover acto seguido sobre ellos. Al grito de «¡Santiago y Sotomayor!», don Cristóbal y sus hombres, muy inferiores en número a los atacantes, se defendieron valientemente. El suelo se fue tiñendo de sangre y cubriendo de cadáveres. Los indios pudieron suplir las bajas; pero no así los españoles. Don Cristóbal de Sotomayor fue el último en caer, cuando se lanzaba contra el cacique Guaybana.
Después de la batalla, los indios se retiraron a sus tiendas. Admirados del valor del hidalgo español, decidieron rendirle los honores debidos a un gran guerrero. Y cuando el lugarteniente del cacique fue, con veinte indios, a recoger el cadáver de don Cristóbal, se encontraron junto a él a la fiel Guanina, enloquecida, tratando de volver a la vida con sus besos a su pobre amante.
Volvieron los indios para decir al cacique que su hermana Guanina no había permitido que tocaran el cadáver. Entonces Guaybana, implacable, decretó que al día siguiente fuera sacrificada sobre la tumba del capitán cristiano. Cuando llegaron a ella, la encontraron muerta sobre el pecho del hidalgo español. Sus cadáveres fueron enterrados juntos, al pie de una gran ceibaÁrbol americano, de la familia de los bombacáceos o algodoneros, de 15 a 30 metros de altura, tronco grueso, ramas rojizas, flores rojas tintóreas y frutos de 10 a 30 cm de largo que contienen seis semillas envueltas en una especie de algodón. (N. de HadaLuna), y sobre su tumba brotaron rojas amapolas y blancos lirios.
Cuando declina el día, creen los campesinos del lugar escuchar aún junto a aquella loma dulces cantos de amor. Creen que las almas de los jóvenes amantes salen de la tumba a contemplar la estrella de la tarde.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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