La garita del diablo
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- Leyenda de Puerto Rico -

No se sabe qué será de la hermosa Dina y de su apuesto tocador de guitarra, pues no se ha tenido jamás noticias de ellos desde aquella misteriosa noche... Unos dicen que Cupido es el único que conoce su paradero, otros aseguran que el Espíritu del mal los arrastró a su abismo, y los más han olvidado por completo aquella dulce historia que yo os voy a contar ateniéndome fielmente a la verdad.
En lo alto de San Cristóbal, apartada y solitaria, se hallaba la casucha de la hermosa Dina. A ella sólo llegaba el rumor del mar y el incomprensible lenguaje de las olas al romper en el acantilado.
Era Dina una mestiza de rara belleza que había heredado de su padre el soberbio porte y la bravía sangre española, y de su madre, una india de la más pura raza aborigen, una belleza exótica y desbordante. Vivía la moza con una vieja tía en la mísera casita, vigía en un costón del mar, llevando una vida retirada y sencilla sin otra distracción que la salida de los domingos a oír misa en San Francisco.
Dina - una fresca rosa de dieciocho primaveras - tenía como el mayor de sus placeres y el más grande de sus embelesos contemplar el desfile del Regimiento de Artillería que marcialmente pasaba ante su casita todos los domingos a cumplir el precepto de oír misa.
Cuando la vieja tía adivinaba la secreta alegría de la moza al acercarse la escuadra de artilleros, no podía evitar el malhumor. Sabía que la niña era hermosa y que no pasaba desapercibida a ninguno de los airosos militares del escuadrón que parecían tener en la ventana de la pobre casita el más preciado de los tesoros. Rezongando y maldiciendo a los militares hacía quitar a su sobrina de la ventana advirtiéndole el atrevimiento y descaro de la gente de armas. Pero los ojos negros, inquietos y misteriosos de la muchacha se llenaban de luz cuando divisaban a lo lejos el brillo de los machetes de la tropa y su alma se embargaba de dulce contento al escuchar los alegres compases del pasodoble, que la arrastraba a la ventana, como un imán, irresistible. Esta silenciosa contemplación del desfile dominguero de la escuadra constituyó para la joven el único aliciente de su silenciosa vida.
Más ocurrió que la vieja tía se puso enferma de malaria. El médico le recomendó largos paseos al sol y al aire, que nuestra Dina y su vieja tía llevaron a cabo cada tarde. Salían de casa cuando el sol estaba muy alto, y andando y hablando fueron alargando los paseos más y más cada día hasta que, al fin, terminaron en el abanico que formaba el saliente del Castillo de San Cristóbal, cerca del Fuerte. La esbeltez y la gracia mesurada del cuerpo de Dina, hizo bien pronto mella en el ánimo de los soldados, que no escatimaron un solo galanteo a aquella beldad sublime y recatada. Jamás cuerpo de mujer alguna alcanzó la fresca lozanía de aquel talle tan perfectamente moldeado que se estremecía sutil bajo las tenues gasas de su chal, ni hubo nunca un rostro más hermoso que el de aquella moza. Por eso, uno de los más atrevidos galanes del Fuerte quedó prendido para siempre en aquel abismo negro e insondable de los ojos de Dina.
Ya no tuvo el muchacho otro punto de mira más que la casita de lo alto de San Cristóbal, y a ella se dirigió cada noche a rondar a la hermosa Dina, a quien llegó a enamorar locamente.
Hablaba la guitarra en las manos del soldado, que sabía volcar su alma en cada cuerda. Dina lo escuchaba complacida, y descifrando sus requiebros y soñando con aquel amor impetuoso la sorprenda el alba cada día.
Pero el muchacho no vino aquella noche con su guitarra a cantar bajo la ventana de la moza. La más profunda de las tristezas y la más grande melancolía torturó el alma de Dina cual si fuese a enloquecer. Como no lo había visto en todo el día, pensó que estaría de guardia en la garita Norte del Castillo, que daba la impresión de estar dentro del mar.
Brillaba la luna como un disco de plata, y el mar parecía dormitar cual si fuera un gigante cansado. Las olas, que morían antes de llegar a la orilla, rizaban la superficie plateada del agua.
La sombra de Dina se alargaba en la arena, deteniéndose de cuando en cuando, para volver a empezar la marcha con más afán hasta que estuvo cerca de la garita donde el apuesto soldado montaba guardia.
Cuando el joven oyó el suspiro de su novia, corrió hacia ella apresuradamente. El disco inmenso de la luna se ocultó discretamente tras una nube y la noche envolvió con su misterio a los dos amantes. Cuando el grito de centinela alerta llegó hasta la solitaria garita al norte del fuerte de San Cristóbal, no encontró más respuesta que el silencio.
El mar siguió dormitando suavemente y quizás alguna ola atrevida lamió el fusil y la cartuchera que el soldado abandonó en la playa.
Nadie quiso montar guardia en la triste garita que parecía meterse en el mar, pues no era la primera vez que ocurría un caso parecido. Lo cierto es que la superstición atribuyó a Lucifer la desaparición del soldado artillero... Pero lo más seguro es que Dina, la de las negras y hermosas trenzas, y el apuesto artillero, su fiel amante, tengan su nido en la sierra de Luquillo... Quizá sean muy felices, y es posible que al anochecer la guitarra gima una dulce canción de amor cuando la luna salga a mirarse en el mar.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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