Carabali y la cueva de los muertos
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- Leyenda de Puerto Rico -

En el camino que va de la ciudad de Arecibo a la de Utuado, en una de las cumbres, hay una caverna. Señala su entrada una mancha negruzca. Es la «cueva de los muertos». En ella todo es oscuridad. Los murciélagos revolotean. Su atmósfera es fría y húmeda. Las estalactitas y estalagmitas hacen más fantástico su aspecto. Hacia el fondo, una brecha del suelo da paso a un profundo abismo. Los vecinos la llaman la «cueva de los muertos» porque en tiempos lejanos se encontraron cráneos y huesos humanos. Algunos la creen embrujada y dicen que las almas de los esclavos salen en la noche de San Blas a maldecir a sus dueños por haber muerto en pecado mortal. También guardan el recuerdo de Carabali, el negro que desertó y que con su cuadrilla sembró el terror en la hacienda.
Cuentan que Carabali había logrado huir de la cárcel. El capataz, como se hacía siempre en casos semejantes, mandó reunir la jauría y los hombres necesarios para atraparle.
Era un día gris. Una espesa niebla cubría la comarca. Carabali se adentró en el bosque. Cuando se creyó seguro, miró con gesto amenazador a la lejana hacienda y reanudó su marcha. Así continuó, hasta llegar a una gruta que había en la montaña. Avanzó dentro de ella, y para calentarse y ver mejor, encendió fuego con unos maderos que encontró. Más tarde, vencido por el cansancio, quedó dormido. Cuando llegó la mañana, la claridad le abrió los ojos. Afiló su machete, dispuesto a la defensa; se desayunó con frutas silvestres, y acto seguido se puso a cortar ramas y arbustos, para obstruir y hacer más difícil el acceso a la gruta. De pronto, a lo lejos, le pareció escuchar el ladrido de un perro; la jauría no tardaría en llegar, los ladridos eran cada vez más claros.
A los pocos minutos los perros estaban a la puerta de la caverna. Carabali salió a su encuentro, y de un solo tajo cortó la cabeza al primero que encontró. Hizo lo mismo con otros tres perros; pero en el cuarto no asestó certeramente el golpe, y el animal retrocedió hasta donde se encontraban los capataces. Comprendieron éstos que el fugitivo no andaría lejos, y se aproximaron a la gruta.
Carabali se sintió perdido; los disparos, cada vez más cercanos, le anunciaban su fin. Mientras tanto, tres perros se adentraron en la caverna. Hizo frente a dos de ellos, pero un tercero se deslizó por detrás, para morderle una pierna. Carabali lanzó un grito, se volvió rápido y de un fuerte golpe se deshizo de él. El grito había sido oído por los capataces, que se acercaban. Una gran turba de canes embestían a Carabali, que retrocedía, defendiéndose con su machete. En tan critica situación, se olvidó de la sima que se abría al fondo, y, dando un paso en falso, se precipitó en él. No fue mortal su caída, porque un arroyo corría en el fondo de aquel abismo, y tras de quedar sumergido por breves instantes, logró huir hacia el campo.
Una vez libre de sus perseguidores, pudo Carabali, en pocos días, reunir un grupo de esclavos desertores y sembrar con ellos el terror por la comarca.
Su guarida continuó siendo durante mucho tiempo aquella misma cueva. Hasta que un día, cuando los soldados del Gobierno se decidieron a entrar en ella, dispuestos a capturar a los fugitivos, se encontraron con unos cuantos esqueletos humanos, como último vestigio de aquel grupo de esclavos.
Desde entonces los moradores de los contornos empezaron a creer que aquellas fechorías habían sido cometidas por el alma en pena de Carabali, que, acompañado de otros espíritus malignos, era protegido por el demonio.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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