El bloque de oro
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- Leyenda de Puerto Rico -

Dos jóvenes sevillanos, llamados Antonio Orozco y Juan Guilarte, a quienes unía estrecha amistad, decidieron marchar al Nuevo Mundo en busca de oro. Se presentaron, para ello, en la Casa de Contratación de Sevilla solicitando cartas de vecindad del Rey para aquellas tierras. Y, una vez concedidas, se embarcaron con rumbo a América. Allí se establecieron en Caparra, donde se les entregó a cada uno una «encomienda» de cuarenta indios, un solar y una caballería. Los dos amigos se emplearon con sus cuadrillas en buscar oro entro las arenas del río Mabiya, que arrastraban partículas del regio metal. Pero ambicionando encontrar algún importante yacimiento aurífero, decidieron internarse, y así, remontaron la corriente hasta su origen, con provisiones y ropas para varios días, dispuestos a explorar aquellos ricos terrenos y escalar las altas cumbres que se divisaban a lo lejos, mientras sus cuadrillas continuaban lavando arenas en el Mabiya. Pusieron en práctica su plan y caminando sin descanso muchos días, atravesaron una selva virgen y escalaron un alto picacho, desde el que se dominaba el Atlántico Y el mar Caribe. Allí, en una escarpada roca, se sentaron los dos exploradores a admirar el maravilloso paisaje, acariciados por la brisa marítima que llegaba hasta ellos. Sacaron sus provisiones y comieron con gran apetito, reparando las fatigas de aquella peligrosa ascensión.
Contemplaba Guilarte el fondo de una gran sima que se abría a sus pies, cuando se fijó en una piedra que desprendía grandes fulgores, y llamó a su amigo, diciendo:
- Mira, aquello que reluce debe de ser un bloque de oro.
- ¿Cómo conseguiríamos bajar a por él? - repuso Orozco.
Después de discutir varios procedimientos, decidieron fabricar una escala muy larga y descender por ella; tendrían que hacer primero varias sogas, utilizando ramas de plantas. Se pusieron a buscarlas y encontraron cerca un bosquecillo de majaguasnombre indio de los hibiscos. (N. de HadaLuna), y con éstas, reforzadas por bejucos, empezaron a fabricar las sogas, y con ellas hicieron más tarde una larga escala, que, una vez terminada, la aseguraron bien por un extremo a un corpulento árbol, dejándola colgar sobre la roca cortada a pico, y llegando el otro extremo hasta el fondo del abismo. Ágilmente descendieron por la escala, hasta la piedra, comprobando, de cerca, que tenía una gran cantidad de oro; la que, separada del cuarzo, ascendía a cuatro o cinco mil libras castellanas. Felices, contemplaban la piedra; pero Orozco, que era muy ambicioso, dijo:
- Este tesoro es suficiente para hacer rico a uno de nosotros. Sólo con él se puede retirar uno a vivir en Sevilla; pero si lo repartimos entre los dos, no es bastante para renunciar al trabajo. Así que debemos echar suertes, a ver a quién le toca, y el afortunado se puede volver a España ya.
Aceptó su amigo, y, sacando Orozco unos dados, echaron suertes. Fue éste el favorecido. Guilarte le felicitó sinceramente, y empezó a ascender por la escala, llegando pronto arriba y sentándose a esperar cómo subía su compañero. Pero Orozco, cargado con su enorme bloque de piedra, iba subiendo trabajosamente. De pronto sintió que uno de los peldaños de la escala se rompía, y, muy alarmado, pidió auxilio a su compañero. Éste, que tenía unas fuerzas hercúleas, intentó subir desde arriba la escala, y con ella a Orozco; pero habiéndose rozado la soga contra las rocas, la escala se partió, y el amigo, abrazado a su piedra de oro, se despeñó al fondo del abismo. Muy asustado Guilarte, viendo que solo no podía auxiliarle, corrió en busca de los indios que trabajaban en el Mabiya, tardando varios días en ir y volver para socorrer a su amigo. Cuando llegó junto a él, aún le encontró con vida, sin separarse de su piedra, que así le había traído la muerte. Mandó acercarse a su amigo, y con voz agonizante, le dijo:
- Perdóname, para que Dios me perdone a mí; porque tú descubriste esta piedra, que yo te quité con unos dados falsos, y en castigo pierdo la vida.
A los pocos momentos, Orozco expiró. Guilarte, profundamente apenado, trasladó el cadáver de su amigo al campamento de Mabiya; allí le hizo unas suntuosas honras fúnebres y le dio piadosa sepultura. La piedra de oro, causante de la muerte de su amigo, la regaló Guilarte a la catedral de Sevilla, y, en recompensa, el Rey le concedió para él todas las tierras que explotaban juntos los dos amigos.
Todavía, en la cordillera central de la isla de Puerto Rico, se destaca una alta cumbre, en la que todos los aldeanos saben que ocurrió el trágico suceso, y aquella cadena escalonada de montañas sigue llamándose «la sierra de Guilarte».
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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