El Longinos español
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- Leyenda de Portugal -

En el siglo XVII, en la ciudad de Elvas vivía un comerciante llamado José da Costa. Ganaba mucho dinero traficando en pieles, cereales y líquidos, y había llegado a acumular una considerable fortuna.
Era muy devoto; lo que no le impedía ser poco escrupuloso en sus negocios, ya que llegaba a extremos de deslealtad en el cumplimiento de sus contratos y compromisos.
En cierta ocasión compró una gran partida de aceite a un tal Braz Fidalgo, de Badajoz, cosechero muy honrado y que había adquirido, por lo mismo, mucho crédito en Elvas.
José da Costa, no sólo le engañó en el precio, sino también en la medida, ocasionando a Fidalgo un fuerte perjuicio, por lo cual éste protestó muy enérgico, reclamando lo que honradamente era suyo. Costa, a pesar de las protestas del cosechero, no quiso darle reparación ninguna, y aun le escribió una carta con insultos y frases groseras, que ofendieron, como es natural, al español.
Éste, impotente ante la influencia y riqueza del comerciante, con tiempo y calma, ideó una venganza diabólica.
José da Costa pertenecía a una cofradía de la que era presidente, que representaba, entre otros actos y funciones religiosas, el sagrado misterio de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, cuando llegaba la Semana Santa. José da Costa, como presidente, era quien representaba, invariablemente, el papel de Cristo. El antipático papel de Longinos, infamante e ignominioso, no quería representarlo nunca ningún portugués, y tenía que ser siempre forzosamente un español quien lo interpretara. Éste recibía, también invariablemente, como recompensa, el valor de un marco de plata.
Braz Fidalgo solicitó, por escrito, disfrazando su letra y cambiando su nombre, representar este papel. Como tenía que ir vestido de soldado romano y con la cabeza cubierta, no corría el riesgo de que José da Costa le reconociera.
Además, para forzar al avaro presidente a que le concediera el papel, decía en su carta que lo solicitaba en cumplimiento de una promesa hecha a la Santísima Virgen y que cedía premio a la cofradía. Tal como él esperaba, le fue concedido.
Las solemnidades religiosas de la Semana Santa tenían en Elvas gran prestigio. La ciudad entera acudía a contemplar los pasos y procesiones que se organizaban. Las ceremonias, una vez que se habían celebrado en la iglesia, se repetían en el centro de la plaza, para que todo el mundo pudiera verlas. Y así, en medio de la ciudad se celebraba la Crucifixión y el Descendimiento de la Cruz, ante el entusiasmo de los vecinos, que animaban a quienes representaban los papeles con sus ritos y consejos.
Aquel año de 1664, en que ocurrieron estos hechos, después de haber celebrado, primero en el templo y luego en la plaza, los actos de la Oración del Huerto, la Detención de Jesús y el Camino del Calvario, se representó, como siempre, la Crucifixión. Una vez que el comerciante José da Costa estuvo atado en una cruz altísima, en medio de la emoción de la muchedumbre, apareció la antipática figura de Longinos, que, lanza en mano, le contemplaba, mientras Jesucristo pronunciaba las siete Palabras. Todo salía perfectamente, y el público, expectante, esperaba, ansioso, el momento de la muerte de Jesús, en que Longinos debía acercarse y atravesar el costado con su lanza.
A las tres en punto, José da Costa pronunció la última de las Siete Palabras. Diciendo con voz débil Consummatum est, inclinó dulcemente la cabeza, tal como dice el Evangelio.
Adelantóse entonces Longinos, ricamente vestido de soldado romano y montado en un soberbio caballo blanco. El público, como si adivinara los designios de Braz Fidalgo, le advertía a gritos que únicamente debía fingir que le pinchaba, pero que no debía tocarle. Éste, no obstante, arremetió contra el costado de José da Costa con tal fiereza, que le atravesó de verdad, matándole en el acto.
El rico comerciante abrió desmesuradamente los ojos y, lanzando un terrible grito, dijo: «¡Ay, me ha matado!» Y expiró allí mismo, colgado de la cruz.
Alborotóse el pueblo ante aquel inesperado suceso. Todos acudieron en auxilio de José da Costa. Aprovechando el bullicio y la confusión, Longinos consiguió huir de Elvas, y, atravesando campos y bosques, cruzó el Caya y entró en España.
Nadie notó, de momento, la huída del asesino. Hasta mucho rato después de haber retirado al comerciante de la cruz y haber comprobado que había fallecido no empezaron a hacer pesquisas en su busca. Como no tenían idea de quién pudiera ser, no consiguieron detenerle.
Nunca sospecharon los comerciantes de Elvas que había sido Braz Fidalgo, el cosechero de Badajoz, quien había sido capaz de realizar una venganza tan tremenda, y éste continuó vendiéndoles aceite y conservó siempre su fama de hombre íntegro y honrado en los negocios. Tal vez la familia de José da Costa, que conocía el altercado entre los dos hombres a causa del engaño del comerciante, pudieron alguna vez pensar en él como presunto asesino. Pero carecían de pruebas y no pudieron acusarle de una manera directa.
Desde entonces, en todos los pueblos de la frontera, cuando alguien prevé un desastre, dice:

Te pasará como al Cristo de Elvas, que te matarán de veras.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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