El mensajero del Sol
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- Leyenda del Perú -

Los cóndores son los dueños de los Andes. El extraño aspecto que les da su vistosa gorguera y la naturaleza feroz que los distingue, ha hecho de ellos el animal característico - simbólico diríamos - de las regiones andinas.
Hace tiempo nació en los Andes un cóndor. Su cuello era blanco y suave. Había en él algo que le distinguía de sus compañeros: su vuelo era más amplio y atrevido, su actitud, más majestuosa. Se le veía remontarse sobre las nubes y lanzarse velozmente hacia confines ignorados y lejanos. El amplio límite en que se movían sus compañeros se le antojaba espacio en exceso reducido para su sed de lejanías y horizontes. Los demás cóndores observaban con envidia y despecho al hermoso soberano de los espacios. Al fin, el cóndor aventurero decidió marcharse. Así lo hizo, y un día se le vio dirigirse hacia el Norte. Por entonces la capital del Cuzco se animaba con los preparativos de la fiesta del raimi, en la que se sucedían las más brillantes ceremonias guerreras y religiosas. Llenaban la ciudad los «curacas» y capitanes del Inca, vestidos con magníficas pieles de zorro adornados con guirnaldas de flores. Y en sus manos, habituadas a la lucha, apretaban con coraje las armas victoriosas: las lanzas, las flechas ligeras y las temibles hachas. Pueblo y guerreros aguardaban con religiosa impaciencia, en la plaza Haucaipata, la llegada del Inca. El sonoro clamor de «quenas» y tambores anunció su proximidad. Y se sucedió un gran silencio.
Era ya el rompimiento del alba. El Sol, al nacer, extendía su temblor rosado. Ante el dios luminoso se arrodillaron los vasallos del Inca. Sólo Huaina-Capaj, el descendiente del Sol, permaneció en pie. Era en aquel momento el sumo sacerdote; se adelantó hacia el altar y cogió con ambas manos los vasos de oro y la «aquilla» sagrada. Invitó a la sacra libación al Sol, su Señor. A continuación se llevó a los labios el vaso que sostenía con la mano derecha, y al mismo tiempo inclinó el que tenía en la izquierda y vertió por el suelo su contenido. Los circunstantes contemplaban en silencio el mudo ritual. Se acercaron los familiares de Huaina-Capaj y bebieron en el vaso del Inca. Seguidamente, el Rey ofreció otro vaso a sus «curacas» y otro a los sacerdotes. Todos bebieron con religiosa unción el líquido que para la sacra ceremonia habían preparado las vírgenes, recluidas en la «casa de las escogidas».
Después se pusieron en marcha, y al frente de la multitud iba Huaina-Capaj. Llegaron al gran templo del Sol. Sobre la llanura se arrodillaron, humildemente, las gentes. El Inca avanzó hasta la puerta y penetró en el recinto sagrado. Llevaba en sus manos los vasos de oro para ofrecerlos al Sol. Y, a continuación, el dios, recibió el homenaje del pueblo: los nobles «curacas» depositaron ricos dones de oro y plata. Los vasallos humildes sacrificaron ante la divinidad solar sus ovejas y sus zorros. Y algunos llevaban serpientes y lagartijas, y ofrendas aún más extrañas.
Concluida la ceremonia propiciatoria, regresaron a la plaza Haucaipata. Se acercaba el momento supremo en que habría de desvelarse el porvenir que los dioses reservaban a los siervos de Huaina-Capaj. Ante el altar de los sacrificios, alzado en la plaza, fue llevado un negro cordero de espesas lanas y bien cebadas carnes. Los augures le rodearon. Abrieron su costado y extrajeron sus vísceras, en las que aún alentaba palpitante, la vida. Un silencio, un anhelo angustioso, estremecía a la muchedumbre. Los sacerdotes ofrecieron las vísceras a la contemplación de las gentes. Un clamor dolorido les contestó: los pulmones se habían reventado y del corazón brotaba abundantemente la sangre. Huillac-Umo pronunció su augurio: grandes calamidades prometían oscurecer el reinado del noble príncipe.
Sobre las nubes se dibujó la silueta de un ave de extraordinaria magnitud y magnífico vuelo. Y tras ella se lanzó una verdadera bandada de águilas y halcones. Entablóse un desigual y jamás visto combate. Desde la llanura, el Inca, los sacerdotes y el pueblo seguían con interés el desarrollo de la lucha. Invulnerable a los asaltos, el ave majestuosa derribó una tras otra a todas las águilas, y los halcones, aterrados, se dispersaron rápidamente. Giró unos momentos, bajo el cielo anchuroso, la vencedora. Y se alejó.
Habló Huillac-Umo:
- El Sol ha dicho: éste es mi enviado, el cóndor victorioso; él lleva mi mensaje al pueblo de los Incas. Huaina-Capaj vencerá todos los dolores y superará todos los peligros.
Desde entonces, los Incas adoptaron al cóndor, al señor orgulloso de los Andes, como símbolo, del glorioso poder del Imperio del Sol.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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