El cura sin cabeza de Tambo
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- Leyenda de Perú -

En el pueblo de Tambo del Perú sucedía algo extraño. Se observaba que hacia las doce de la noche se iluminaban las ventanas de la iglesia, aunque en ella no se celebraba ceremonia alguna. Esta iluminación duraba algún tiempo, y luego, todo volvía a sumirse en las tinieblas.
Algunos vecinos, en quienes la curiosidad era más poderosa que el temor, se decidían a salir y dirigirse al templo, que permanecía cerrado. Los más arriesgados se acercaban a las paredes de la iglesia, las rodeaban, y se llegaban hasta la puerta para pegar el oído a las maderas o para mirar a través de las rendijas o por el ojo de la cerradura, y eran éstos los que luego contaban haber visto encendidas las velas del altar mayor que iluminaban la macabra figura de un sacerdote sin cabeza que, revestido de los ornamentos sagrados, rezaba la misa, y hacía todos los movimientos que los sacerdotes hacen durante la ceremonia.
El pueblo hacía los más variados comentarios sobre este hecho extraordinario, pero la explicación predominante era que se trataba del alma en pena de un capellán de la iglesia, cuya vida no había sido nada edificante, y que para expiar sus pecados venía todas las noches a la capilla, encendía todas las luces del altar mayor, y allí, solo, en el templo vacío; sin acólito que respondiera a sus palabras ni fieles que le escucharan, celebraba el santo sacrificio.
Pero una tarde, oscureciendo ya, se rezaba una novena en la iglesia. Terminada ésta, los fieles salieron del templo, el cura y los monaguillos lo hicieron seguidamente, y el sacristán, después de haber dejado todo en el orden más conveniente, se marchó también, no sin antes haber cerrado la única puerta que tenía la iglesia.
Sin embargo, dentro del templo, en un rincón penumbroso e inadvertido, había quedado un joven del pueblo profundamente dormido. Las horas pasaron, y llegada la media noche, hizo su aparición en el altar mayor el cura sin cabeza que con mucha calma empezó a encender, una a una, todas las luces. El resplandor de las velas despertó al joven dormido, quien al levantar los ojos quedó deslumbrado por la iluminación.
Se incorporó el joven y, al ir teniendo conciencia cada vez más clara de lo que le rodeaba: las velas encendidas misteriosamente, la soledad del templo, las puertas perfectamente cerradas, comenzó a dar voces y a golpear la puerta con los puños, pero ¿quién, a aquellas horas oiría sus llamadas?
Una voz extraña, que salía no se sabía de dónde, musitaba oraciones latinas. Volvióse el joven hacia el altar y vio al cura sin cabeza que le hacía ademán para que se acercase, al mismo tiempo que la voz extraña le decía:
- No temas, acércate. Quiero celebrar una misa y para esto necesito que alguien, aunque sea un solo fiel, la escuche. Te suplico que seas mi oyente.
Sobrecogido de espanto, el joven cayó de rodillas. Como en sueños oyó musitar al sacerdote sin cabeza todas las oraciones de la misa. Concluida ésta, el cura apagó las velas con la misma parsimonia con que las había encendido, y desapareció.
Al día siguiente, cuando abrieron la puerta de la iglesia, encontraron al joven tendido en el suelo cerca de la entrada. Enloquecido de terror, había corrido vertiginosamente hacia la puerta, tropezando violentamente en ella, y caído en el suelo, sin sentido.
Pero desde aquella noche las ventanas de la iglesia no volvieron a iluminarse, pues el cura sin cabeza había desaparecido.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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