Los ayamamanes
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- Leyenda del Perú -

En la selva de la región amazónica del Perú hay unos pájaros nocturnos, llamados ayamamanes, que van siempre en pareja - macho y hembra - y cuyo canto es semejante a un llanto, a una queja, en el que se cree oír la voz quechua: «ayamamán, ayamamán», que quiere decir «madre muerta».
La leyenda cuenta que esos pájaros fueron una niña y un niño, que perdieron a su madre siendo muy pequeños. Su padre los adoraba y cuidaba de ellos siempre, hasta que volvió a casarse y llevó a su casa otra mujer.
Entonces, todo su amor fue para ella, era su esclavo, y olvidó sus deberes para con los dos niños, dejándolos a merced de la madrastra. Ésta los odiaba y los trataba muy mal, haciéndoles trabajar el día entero, hasta que caían rendidos por la fatiga.
Cuando la madrastra tuvo un hijo, todavía fueron más desgraciados los dos hermanitos. Apenas les daban de comer y quisieron deshacerse de ellos. El padre se opuso, pero tantas razones daba la madrastra, que al fin accedió a poner en práctica lo que ella, malvadamente, le aconsejaba.
Un día, al amanecer, los llevó el padre al bosque y fueron hasta un paraje muy apartado donde los dejó solos, con el pretexto de ir a buscar un tronco de árbol. Los niños esperaron en vano su regreso. Pero el niño, que llevaba los bolsillos llenos de granos de maíz al salir de su casa, los había ido sembrando por el camino, y así pudieron guiarse para regresar a ella.
Al verlos llegar, la madrastra se puso furiosa y culpó a su marido por no haber llevado a los niños aun más lejos, dejándolos en un lugar de donde jamás pudieran volver.
El padre los llevó, al día siguiente, a un bosque muy apartado, lleno de enredaderas y lianas, de donde era casi imposible volver a salir. Volvió a darles un pretexto y los dejó abandonados a su suerte.
Los niños veían pasar a su lado los tigres y las víboras, sin que les hicieran daño. Los monos, saltando de rama en rama, les tiraban frutos de los árboles para que comiesen. Los guacamayos los hacían reír y les daban frutos maduros. A los niños les parecía estar en una selva encantada, donde eran acogidos amorosamente.
Cuando llegó la noche, durmieron bajo las amplias hojas de un bombonaje, y soñaron que venía hacia ellos una bellísima señora de larga cabellera, que los cuidaba y alentaba para que no tuvieran miedo. Al rayar el día, empezaron a vagar por la selva, sin descanso, durante mucho tiempo.
Una noche se quedaron dormidos entre las anchas raíces de un árbol gigantesco y soñaron que se habían convertido en pajarillos y que, igual que ellos, comían los pequeños frutos rojos de aquel árbol.
Y era que el hada, para protegerlos de los peligros de la selva, los había transformado durante el sueño, y ahora podían volar para buscar los alimentos y huir de las tormentas y de las inundaciones.
Los niños, al verse con alas, lo primero que desearon fue volver hasta su casa. Y, ya de noche, cuando salió la ]una, emprendieron el vuelo.
Al llegar a su casa se posaron en el tejado y, al ver a su padre apoyado en el umbral, con semblante de honda pesadumbre, quisieron decirle algo, pero sólo supieron cantar:

Ayamamán
huishchurhuarcaMadrecita muerta, nos han abandonado. - N. del R..

Su padre, al reconocerlos, corrió hacia ellos, llamándoles desesperadamente. Pero los dos pajarillos volaron de nuevo hacia la selva.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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