Señiles
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- Leyenda de Panamá -

En Macaracas, caserío perdido en las montañas, vivía, hace mucho tiempo, un hombre fuerte y corpulento, que se dedicaba a cazar. Tenía un corazón generoso y compartía con sus vecinos la carne de los animales que cazaba, aliviando así cuantas necesidades había en su pueblo.
Aunque no frecuentaba mucho la iglesia, era verdadero creyente y respetaba el Viernes Santo en tal forma que permanecía de rodillas durante todos los oficios y no regresaba a su casa hasta el siguiente día. Eran los tiempos en que la gente no hacía nada el Viernes Santo por temor a lo que pudiese suceder; ni se hacía comida, ni se atrevía nadie a bañarse.
Una vez, quién sabe si por tentación de algún espíritu malo, olvidó su devoción en el día Santo y se fue de cacería. Fue por causa de unas palomas que llegaron cerca de su rancho y, por no perderlas, cogió la escopeta y comenzó a seguirlas. Ellas lo esquivaban, saltando de rama en rama, sin ponerse nunca a tiro. El cazador se fue tras ellas, a pesar de las súplicas y los llantos de su mujer, y no volvió nunca más.
Desde entonces expía su culpa. A veces, se lo oye azuzando a los perros y se oyen sus pasos en el monte. Vive escondido en la espesura, como un salvaje, camina sin descanso el día entero, cumpliendo la obligación que Dios le impuso como castigo. Ha de curar a todos los animales que caigan heridos por causa de los hombres y ha de buscar para ellos los mejores refugios, los bebederos más frescos y los pastos menos peligrosos. Además, ha de cuidar de reunirlos todos en Viernes Santo, en un lugar seguro y escondido, para señalarlos en forma misteriosa, que él sólo puede reconocer. Por eso, los cazadores le llaman Señiles, y saben que los animales marcados por él no pueden ser jamás cazados. Su condena es eterna, y así, su trabajo es también interminable. Cuando oye voces en el bosque, avisa a los animales con un grito que repite tres veces, y entonces es inútil que los cazadores esperen en los comederos, porque no saldrá ni un solo animal, ni cerdos, ni venados, ni conejos, ni paisanas, ni pavas, ni palomas.
Un cazador hirió, una vez, a un venado, sin matarlo, y siguió su rastro por la sangre. Llegó muy lejos, hasta un claro del monte. Allí encontró reunidos a todos los animales de la selva, y con ellos estaba un hombre curándoles las heridas.
Dándose cuenta de la presencia del cazador, el hombre dijo en alta voz:
- Hay que tener cuidado cuando se tira a un animal, para no dejarlo herido, haciéndole sufrir inútilmente. Dios me ha mandado cuidar de sus animalitos, y por eso estoy aquí.
El cazador, espantado, huyó hacia el pueblo y contó lo sucedido. Así pudieron reconocer que era Señiles, el que desapareció de su pueblo un Viernes Santo, persiguiendo a unas palomas.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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