La hija de Mulabá
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- Leyenda de Panamá -

El teba Mulabá era el dueño y señor de las tierras enclavadas en las faldas del Tute. Era fiero y orgulloso, y su pena mayor era no haber tenido hijos varones. Puso todo su amor en su hija Yani, hermosa muchacha de negros ojos y largos cabellos, a la que guardaba celosamente, regalándola como el padre más rico pudiera hacerlo.
La belleza de Yani y la herencia que le dejaría Mulabá, despertaron el amor y la ambición de muchos jóvenes. Pero ella los fue despidiendo a todos, pues ninguno llegó a conmover su corazón.
Por algún tiempo, el padre tuvo que abandonar sus tierras para ir a guerrear más allá del macizo montañoso que va de naciente a poniente.
Un día se presentó en aquellos parajes un extranjero, de tez pálida y extraño vestido. Desde que Yani lo vio, se sintió fatalmente atraída por el español. Él también amó desde el primer momento a aquella hermosa princesa de piel bronceada y cabellos lustrosos. Se amaron en secreto. Yani presentía que su padre no le perdonaría su preferencia por el extranjero. Los jóvenes enamorados se encontraban en lugares apartados. Pero alguien los espiaba y seguía sus pasos, y pronto llegaron a Mulabá las nuevas de los secretos amores de su hija y el recién llegado.
El teba, ciego de furor, quiso tener pruebas. Y cuando las tuvo, llamó a Yani a su presencia y la amenazó con los más horrendos males, si no olvidaba inmediatamente a extranjero. Ella suplicó y lloró para lograr el permiso de su padre, pero Mulabá permaneció inmutable en su decisión. Si Yani no obedecía sus órdenes, sería entregada al hechicero de la tribu, para un ejemplar castigo. Atemorizada por esta decisión de su padre, Yani no volvió a reunirse con el extranjero por algún tiempo. Sabía que el hechicero era un viejo maléfico, con raros refinamientos para imponer los castigos, como era aplicar sandalias candentes en los pies.
Pasados unos días, quiso prevenir a su amado del terrible castigo que los amenazaba y fue a verlo de nuevo. Y otra vez los pasos del espía la siguieron. Era éste un joven enamorado de la Princesa, quien aceptó la misión para vengarse del desdén con que ella lo había tratado. Al ver que Yani volvía a encontrarse con el pálido recién llegado, su viejo amor se convirtió en odio. Y no sólo enteró a Mulabá del nuevo coloquio de su hija, sino que también fue a comunicárselo al hechicero, que era su padre, para que tomando para sí la ofensa hecha a su hijo, hiciera aún más cruel el tormento a que iba a someterla.
Los tres se prepararon para sorprender a la enamorada pareja. Y un día en que los amantes se habían reunido en el lugar escogido para sus amores, jurándose eterna fidelidad, inesperadamente se vieron rodeados de horribles rostros amenazantes. Los dos jóvenes fueron conducidos al poblado por el espía y los guerreros a sus órdenes, para comparecer ante Mulabá y el hechicero, que estaban esperándoles. La sentencia del cacique fue ésta:
- ¡Que sean quemados vivos!
El amor que había sentido por su hija había desaparecido por completo de su corazón, para dar paso a los más crueles sentimientos de venganza.
Yani fue despojada de sus ropas y atada a un grueso tronco de árbol, que se erguía en el centro de un pequeño valle. Alrededor de ella, hombres y mujeres de la tribu danzaban al compás de los tambores, mientras iban tirando ramas secas y trozos de madera a sus pies, para luego formar la hoguera. Las percusiones sonoras llenaban los contornos, formando una atmósfera que despertaba los siniestros instintos de aquella multitud.
El regocijo se reflejaba en todos los semblantes. Sólo el extranjero contemplaba la escena con terror y desesperación al ver que nada podía hacer para acudir en socorro de Yani. Con la vista fija en los ojos de su amada, compartía los sufrimientos de ella en su propio corazón. De pronto, vio cómo el semblante de la muchacha se serenaba. La había dejado libre de las ligaduras, en el momento en que parecía empezar su martirio. El joven extranjero pensó que el teba Mulabá se había compadecido de su hija y que sería él, solamente, quien recibiría el castigo. Esto le consolaba, pues estaba dispuesto a morir, de todos modos.
Pero ninguno de los dos fue sometido al castigo de morir entre llamas. El hechicero había encontrado otro castigo más cruel, más adecuado a la grave falta cometida por los dos jóvenes. El tormento no sería fugaz, sino que duraría eternamente.
El hechicero se hizo acercar dos vasijas que contenían unos líquidos espesos de diferente color. Luego, llamó al extranjero y, al tenerlo a su alcance, vertió todo el contenido de uno de los recipientes. Al momento, el recién venido quedó convertido en un hermoso pato. Después, tomando la otra vasija, le hizo tragar, abriéndole el pico, parte de lo que había en ella. A Yani, sin hacerle perder la forma humana, le dio a beber el resto. Aquella bebida les conservaría su nueva vida eternamente, pero tendrían que permanecer para siempre en medio de las aguas. La pareja, pato y mujer, fue lanzada al río, cuyas profundas corrientes habían de servirles de eterna mansión.
Es verdad que estarían siempre juntos pero su amor era ya un imposible. Éste había sido el refinado castigo del maléfico hechicero. Durante mucho tiempo, el río no dio cuenta de la presencia de los desgraciados amantes. Pero pasados los siglos, unos cazadores tuvieron una visión maravillosa al acercarse a las márgenes del río, al amanecer. Vieron un pato blanco de tamaño extraordinario, que nadaba serenamente, siguiendo el curso de las aguas; abrazada a su cuello, llevaba una hermosa mujer, que cubría su cuerpo con una larga cabellera negra. El ruido de las ondas servía de acompañamiento a su canto. Llegaron a una piedra que se alzaba en medio del río y que tenía el tamaño exacto que ellos necesitaban. El pato subió a la piedra y depositó allí su hermosa carga; luego se irguió sobre la roca, extendiendo las alas con regocijo.
Los cazadores miraban a la extraña pareja con asombro y admiración. Nunca habían contemplado una dicha mayor, ni más perfecta. Por querer acercarse un poco más, uno de los cazadores pisó en falso y rodó una piedrecita al río. Al ruido producido, el pato y la mujer se lanzaron al agua y desaparecieron en la corriente. No se les ha visto más, después de aquel hermoso amanecer.
Pero la piedra, con la forma del pato, permanece allí, inmóvil en medio del río, esperando su regreso. Todos la llaman la Piedra del Pato, y es el testimonio de un amor noble y eterno.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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