Los descendientes del Sol
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- Leyenda de Panamá -

En la riquísima región del Darién vivieron, desde los más remotos tiempos, los indios cunas. Ellos tuvieron como ascendiente al mismo Sol. Y sus tierras son las más hermosas que jamás se hayan contemplado. Los dioses les dieron montañas en cuyo seno está guardado el oro, lagunas encantadas, ríos de profundas corrientes, selvas pobladas por los más hermosos árboles y los más vistosos animales.
En un tiempo, del que ya no va quedando ni la memoria, el hechicero de la tribu, el nele, era un hombre bueno y sabio, de costumbres sanas y vida generosa, por lo que fue amado especialmente por el dios Sol.
El dios quiso premiarlo con un don que fuera de su agrado. Una tarde, a la hora del sacrificio acostumbrado, se presentó al nele y le ordenó que eligiera algo, que le concedería lo que él quisiera. El nele se consideró indigno del favor del dios y no le pidió nada. Pero el Sol, admirado de su humildad, repitió el ofrecimiento sin condiciones. El buen nele pidió al dios que le concediera un tiempo para pensarlo bien.
Y como era bueno, pensó que debía pedir algo que beneficiara a los demás, pues su vida estaba ya tan avanzada, que poco tiempo más sobreviviría. Descartó la idea de pedir algo para uno solo, que se haría objeto de la envidia de los demás, por lo que el odio triunfaría sobre todos los sentimientos en la tribu. Le era muy difícil encontrar un don que hiciese felices por igual a todos, a hombres y mujeres. Y tampoco sabía si el dios Sol estaba dispuesto a dar el don a quien no fuera él mismo, y a darlo para muchos al mismo tiempo.
Volvió a consultarle, en su diario sacrificio. Y el dios Sol le repitió el ofrecimiento. El nele había tenido una idea magnífica, pero ambiciosa. Y se la dijo al Sol. Había soñado tener como cacique de su tribu a un hijo del dios. Al Sol le pareció una cosa grande lo que le pedía, pero accedería si todos estaban de acuerdo, en la tribu, con el deseo del nele. La gente, al saberlo, quedó muda de asombro. Luego expresaron su gratitud al nele con gran alegría. El ofrecimiento era demasiado hermoso para haberlo deseado ellos antes. El nele se apresuró aquella tarde a dar su respuesta al Sol, por temor a que se arrepintiera.
Durante tres días, la tribu entera se entregó a elevar preces a los dioses y a ofrecer sacrificios. Al amanecer del último día, los rayos del Sol se esparcieron por el cielo azul, como una gran corona de oro. Se abrió el cielo y apareció en medio de la luz un niño maravilloso, de cabellos rubios y ojos claros, con la tez de nácar, que le daba la mano a una niña bellísima. Los dos avanzaron desde el confín del cielo hasta llegar al lugar en que el nele y la tribu les esperaban. Todos cayeron de rodillas frente a ellos, dando gracias al Sol por tan extraordinario regalo.
Los llevaron a un palacio de oro que les tenían preparado, y toda la tribu se desvivió por llevarles cuanto podía contribuir a su comodidad y su bienestar sobre la tierra. Los jardines se llenaron de plantas y flores, entre las que vivían las aves de más variados plumajes y multicolores mariposas. Los frutos más jugosos y exquisitos les fueron presentados, junto con las viandas más sabrosas. La pareja fue creciendo al cuidado de todos. Pasados unos años, estaban convertidos en dos jovencitos esbeltos y gentiles, adorados por toda la tribu. Ellos se amaron apasionadamente y sus bodas se celebraron con grandes fiestas, en las que las danzas guerreras y los cantos tuvieron hermosas realizaciones.
Fueron felices algún tiempo, pero después de pocos años, la joven pareja se olvidó de su amor y de su origen divino. Fue el hijo del Sol el primero que, hastiado de su celestial esposa, buscó un nuevo amor entre las bronceadas muchachas de la tribu. Luego fue ella, la esposa olvidada, quien buscó compensaciones entre los guerreros de la tribu.
El dios Sol expresó su cólera ante semejante conducta de sus hijos. Y los condenó a perder el don de la divinidad dejándolos sobre la tierra, expuestos a los mismos sufrimientos que los demás mortales. Fueron inútiles los ruegos de toda la tribu al dios Sol. El castigo tuvo que cumplirse.
Desde entonces, los hijos del Sol vivieron como todos los demás. De su unión con los indios queda la raza de los cunas; raza superior por ser descendiente de un dios. De sus primeros hijos, los que nacieron cuando aún se amaban, descienden los albinos, esos seres de ojos azules que no resisten la luz del día, de pelo dorado casi blanco, que se distinguen entre los demás cunas como representantes verdaderos del dios Sol.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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