La ira de la diosa Pele
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- Leyenda de Hawai - Oceanía -

La isla de Hawai se yergue sobre el Océano Pacífico, con sus costas erizadas de bellísimos bancos de coral y, próximas a las playas, las plantaciones de taro y los macizos de palmeras.
En el sudeste de la isla se encuentra el distrito de Puna. Allá por el siglo XIV, Puna estaba regido por el príncipe Kahavari, cuyos notables hechos habían creado para él una aureola de gloria y heroísmo. En una sencilla cabaña próxima al mar vivía Kahavari con su mujer y sus dos hijos. Distraía sus pacíficos ocios en el cultivo del taro, que ocupaba una gran extensión en torno a la choza, y en la cría de peces, pues poseía hermosos y animados viveros.
El dios Lona regía la vida de los hombres de Hawai. En su honor se celebraba anualmente una gran fiesta, durante la estación primaveral, cuando la naturaleza se ofrece esplendorosa en aquellas islas paradisíacas. Entre las ceremonias y festejos, figuran las pruebas de holúa. El holúa es una carrera sobre patines. Los corredores suben a la cima de una colina, y desde allí se deslizan por la suave pendiente hasta llegar al llano, donde les espera la multitud, que aclama, enardecida, al vencedor.
En aquella ocasión, Kahavari tuvo por competidor a su buen amigo Ahua. Cargados con sus patines, subían reposadamente por la colina, y al pie de ella se agruparon los indígenas. Unos iban provistos de flautas y tambores; otros cantaban y danzaban alegremente, y otros, recostados bajo las palmeras, esperaban, impacientes, el momento en que comenzaría el holúa. Ya habían llegado Kahavari y Ahua a la cima. Ya se calzaban sus ligeros patines, cuando he aquí que surgió de repente una bruja de repulsivo aspecto, que saludó ceremoniosamente, y, dirigiéndose a Kahavari, con voz chillona, le dijo:
- ¿No aceptarías, ¡oh príncipe!, a esta pobre vieja como rival, en el lugar de tu amigo?
Los corredores contemplaron con extrañeza a la intrusa. Al fin, el jefe de Puna, riéndose, le contestó:
- ¿Crees tú posible que Kahavari luche con una mujer?
- Y si esta mujer fuera superior a ti, ¿también te negarías? ¿No será, príncipe, que te falte el valor?
Con despreciativo gesto repuso Kahavari:
- Pero tú, buena vieja, ¿sabes siquiera lo que es el holúa?
-Yo te digo - aseguró, provocativa, la bruja - que llegaré antes que tú al llano.
- Veámoslo, veámoslo - concluyó, irritado, el jefe hawaiano.
Se despojó Ahua de sus patines y los cedió a la vieja, que se los calzó ligeramente. Y la extraña pareja de competidores inició la carrera. Desde el primer momento, Kahavari sacó ventaja y en pocos segundos llegó a la llanura, donde las gentes le recibieron con aclamaciones. Mas la bruja no se dio por vencida, sino que increpando con airado gesto al príncipe, le dijo:
- Tu patín es más rápido que el mío. Cambiémoslos y repítase la prueba.
Kahavari se sentía molesto por la impertinencia de aquella insolente intrusa.
- ¿Quién eres tú, mujer, para hablarme de ese modo? ¿Y por qué he de hacer yo cambios contigo? Pero, en fin, sea. Acabemos de una vez. Aquí tienes mi patín.
Nuevamente subieron a la colina y se dispusieron a repetir la prueba. Mas esta vez la bruja no siguió al príncipe de Puna, sino que, golpeando rabiosamente el suelo con sus pies, hizo brotar una corriente de lava, que, precipitándose por la ladera, descendió, veloz, hacia el llano. Volvió la vista Kahavari y vio, aterrado, la lengua hirviente que le perseguía, y, sobre la primera ola de fuego, a la diosa Pele, que, enfurecida, fulminaba por doquier mortíferos rayos con sus manos sarmentosas. Requirió Kahavari la lanza, y, uniéndose a su amigo Ahua, emprendieron veloz carrera. El valle ardía bajo la vengativa ira de Pele. Corrió Kahavari hacia el mar. Pasó ante su cabaña; a la puerta estaban su mujer y sus hijos, que contemplaban, horrorizados, la espantable destrucción. Sin detenerse, el infortunado jefe se despidió de los suyos y se lanzó hacia la playa. El ardiente río de lava pasó sobre la choza humilde del héroe de Hawai y la barrió, implacable.
Kahavari encontró, junto a los bancos de coral, una canoa; la cogió y remó, infatigable, con el vigor que presta el pánico, hacia el mar abierto. Pele, vengadora, llevó su furia hasta el mar piadoso y las ígneas lavas se mezclaron con las aguas del océano. Mas un viento del Oeste sopló, poderoso, y arrastró la canoa de Kahavari, hurtándola a la ira de la diosa. Tras penosa travesía, llegó el héroe de Puna a la isla de Oahu; allí supo que su distrito había sido totalmente aniquilado por la lava y que nada ni nadie había sido perdonado por la furia destructora de Pele. Y Kahavari vivió siempre en Oahu y jamás volvió a su tierra, en donde acaso le espera todavía la rencorosa cólera de Pele.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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