Samba-Gana, el héroe
--- * ---

- Leyenda de Nigeria -

Analia-Tu-Bari era hija del príncipe de Wagana, el orgulloso señor de muchas aldeas. En cierta ocasión, el príncipe de Wagana hubo de combatir con un terrible enemigo, que le derrotó y le arrebató una de sus lindas aldeas. La humillación de la derrota llevó a la tumba al altivo caudillo. Su hija, Analia Tu-Bari, heredó los ímpetus guerreros de su padre. Muchos jefes y guerreros la solicitaron en matrimonio; pero ella opuso fría indiferencia. Al fin, anunció que entregaría su corazón a quien recobrase la aldea perdida y conquistara otras ochenta ciudades. Ante empresa tan descabellada, todos los caballeros se retiraron. Pasó el tiempo: Analia languidecía en la soledad y la tristeza.
No muy lejos de Wagana se alzaba un país fuerte y feliz. El príncipe que lo gobernaba tenía un hijo que era la esperanza de su ancianidad: Samba­Gana. Samba-Gana siempre estaba contento; era valiente, fuerte y animoso. Cuando fue mayor, salió del país seguido de dos escuderos y un cantor. Llegó ante una ciudad y desafió a su señor, y venció Samba-Gana. El vencido pidió clemencia y ofreció su ciudad al vencedor; pero Samba­Gana, riendo, le dijo: «Quédate con tu ciudad.» Y siguió adelante. Y en cada ciudad que encontraba al paso repetía su gloriosa hazaña, y no admitía tributo alguno de sus derrotados rivales. De este modo llegó a vencer a todos los príncipes del país, y de su victoria no extraía otro provecho que una íntima alegría de vivir. Cierto día se sentó a descansar a orillas del Níger caudaloso, y el cantor que le acompañaba en sus correrías comenzó a entonar una canción melancólica: era la canción de Analia Tu-Bari. Samba-Gana la escuchaba complacidamente. Cantó el poeta:
- El que conquiste ochenta ciudades, ése poseerá a Analia, ése conseguirá verla reír.
Se levantó Samba-Gana y gritó:
- ¡Vayamos al país de Analia Tu­Bari!
Tras un largo viaje, llegaron a Wagana. Y Samba contempló la delicada belleza de Analia y se conmovió ante la desolada tristeza de la joven reina.
Y con rápida decisión tomó su caballo y sus tropas y salió a renovar sus hazañas, y dejó al poeta en la corte de Wagana para que entretuviera la melancolía de Analia Tu-Bari. El grito de guerra estremeció las ciudades. El invencible Samba-Gana recorrió victorioso el país: ochenta ciudades se plegaron bajo su ataque y acometividad. Ochenta príncipes, rodeados de su corte de guerreros, acudieron a la corte de Wagana y le rindieron vasallaje y le entregaron sus ciudades. Y se presentó también Samba-Gana, el triunfador. Analia le recibió y le dijo:
- Seré tu esposa.
Mas en su rostro aún se mostraba profunda tristeza.
- ¿Por qué estás triste? - preguntó Samba-Gana -. ¿Por qué no ríes?
Analia murmuró:
- Ya cesó en mí el dolor de la derrota no vengada. Mas un secreto pesar me consume y nadie satisface mi deseo.
- Manda y obedeceré - le respondió el héroe.
- Es la serpiente del río, que un año trae abundancia y al siguiente nos arruina en escaseces. Mátala, Samba, y seré feliz.
No desfalleció el príncipe ante empresa tan temeraria. Se encaminó por la ribera del río, en busca del monstruo; atravesó ciudades y campos. La encontró. El combate fue terrible y de suerte alterna. El río lanzaba sus aguas corriente arriba y corriente abajo, y la tierra, asombrada, se abría con espanto. Después de ocho años de incesante pugna, Samba­Gana venció a la serpiente. Entregó al poeta, que le acompañaba, su lanza ensangrentada y le envió a la corte de Wagana para que se la presentara a Analia, como prenda de victoria. La soberana recibió al cantor; celebró la victoria de Samba y dijo:
- Ve a tu señor y dile que me traiga la Serpiente y la haga mi esclava, y la serpiente traerá la corriente benéfica del río a Wagana. Entonces reiré.
Cuando Samba-Gana conoció esta nueva y peregrina exigencia, tomó su espada, aún tinta en la sangre del monstruo, y murmuró:
- Esto es ya demasiado.
Y hundió el arma en su pecho, mientras reía, una vez más, a la muerte.
El poeta recogió la espada y regresó a Wagana, y dijo a Analia:
- Samba-Gana ha reído por última vez. Aquí te traigo su espada, en la que brilla, rojiza, su sangre, mezclada con la de la serpiente.
Analia Tu-Bari montó a caballo. La siguió un brillante cortejo de caballeros y guerreros. Llegaron al sitio en que reposaba el cadáver de Samba­Gana y lo recogieron. Y ordenó que se alzara en honor del más grande héroe una tumba de descomunales proporciones. Ocho veces ochocientos hombres se ocuparon en los trabajos. Y una pirámide de gran altura se elevó sobre el suelo. Subió Analia Tu-Bari a la cima. El poeta y los guerreros la seguían. El cantor entonó su poema en honor a Samba­Gana, el héroe. Analia ordenó que continuaran elevando la pirámide, hasta que desde ella pudiera contemplarse la refulgente Wagana. Y así transcurrieron ocho años más, en los que a diario entonaba Analia las alabanzas de Samba. Y la pirámide crecía sin cesar. Al fin, un día, desde la cima del gigantesco sepulcro, el poeta dio un grito de alegría:
- ¡Mirad allá, hacia el Oeste! ¡Es Wagana!
Volvió sus ojos la Reina y contempló su ciudad.
- Ya está satisfecho el espíritu de Samba-Gana - dijo, y a continuación se rió -. Marchad, guerreros - dijo -, e imitad la gloria de Samba, el héroe.
Rió de nuevo, y cayó muerta. En la muerte, se unió a Samba, que la esperaba.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


ir al Índice de los Mitos y Leyendas ir al Índice General de Hadaluna

Fondo y botones de estrella: *Dreamy's Backgrounds*
Botones índice y de navegación: El Taller de Marga

<bgsound src="../xtras/DeBoer.mid" loop="infinite" volume="100">
Midi usado con permiso del autor
es copyright © 2000 Bruce DeBoer

HadaLuna se imaginó sobre la obra BlueMoon de ©Amy Brown
usada y modificada aquí con permiso expreso de la artista


Escribe a HadaLuna tus sugerencias, críticas u opiniones
o firma en su Libro de Visitas que encontrarás en la Página Índice