Goroba-Dike
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- Leyenda de Nigeria -

Goroba-Dike era un noble príncipe fulbe. Pertenecía a la familia de los Ardo, la que durante mucho tiempo gobernó sobre las hermosas tierras próximas al Níger. Pero Goroba-Dike era el menor de los príncipes. Y así, se vio sin tierras que regir, ni riquezas que disfrutar. Su espíritu altanero y arrogante sufría por esta causa. Salió del país de los fulbes, y hostigaba sin compasión a los bammanas. Junto al guerrero caminaba Alal, el escudero, el único hombre que distraía sus ocios y que conocía la ternura de su corazón. Un día los bammanas se quejaron a Alal:
- Por favor, llévate a tu señor de nuestras tierras. Aleja de nuestros hogares la desolación.
Así lo hizo Alal. Consiguió convencer al fiero Goroba-Dike de que su furor debía dirigirse contra los fulbes, que le habían negado el poder y la gloria:
- Vayamos contra Sariam. Allí gobierna el duro Hamadi Ardo; allí probarás el vigor de tu brazo.
Caminaron largo tiempo, y llegaron a un poblado. Descendieron de sus monturas y entraron en una humilde choza. Goroba-Dike dejó allí a su escudero su caballo y sus armas. Pidió al humilde labrador que habitaba la casucha un traje y marchó a la ciudad. Algún tiempo deambuló, perezoso, por las calles. De repente se paró ante la puerta de una herrería.
- ¿No tendrías nada que ofrecer a este desgraciado fulbe? - dijo al herrero.
- Si quieres trabajar, tira del fuelle - gruñó el interrogado.
Y así comenzó para Goroba-Dike una nueva y extraña vida. Trabó, en poco tiempo, amistad con su dueño. En sus largas conversaciones, se enteró de la vida de la ciudad y de las costumbres del soberano Hamadi Ardo. Y supo que éste tenía tres hijas: las dos mayores, casadas con dos valientes guerreros. ¿Y la pequeña, la lindísima Kode Ardo? ¡Ah! Aquélla era muy orgullosa. En su dedo meñique brillaba un precioso anillo de plata y sólo consentiría en casarse con el fulbe que fuese capaz de ponerse con delicadeza el anillo en el mismo dedo meñique. ¡Difícil empresa para las ásperas manazas de los bravos guerreros!
Y todas las mañanas, en la plaza de la ciudad, celebrábase la prueba. También aquella mañana se reunió la brillante corte. El Rey, acompañado de su hija Kode Ardo y de sus guerreros, apareció a la vista de sus súbditos. Los nobles fulbes se iban acercando sucesivamente al estrado; tomaban de manos de la princesa el anillo e intentaban vanamente colocarlo en sus dedos. Forcejeaban, se esforzaban; el anillo no podía penetrar más allá de la segunda falange de aquellos dedos poderosos hechos a las armas y a la guerra.
El herrero, en aquel momento, dijo en voz alta:
- En mi fragua trabaja un fulbe.
Oyólo el Rey y ordenó:
- Que venga acá ese hombre.
Se presentó Goroba-Dike, envuelto en sucios harapos, y pasando entre el brillante concurso, llegó a la tribuna real y saludó al Monarca. Tendióle Kore Ardo su sortijita, con una mueca de desdén. La cogió Goroba-Dike y sin el menor esfuerzo la colocó en su dedo. El anillo le venía pintiparado. Palideció la princesita. Mas su padre, que estaba ya cansado de su arrogancia y altanería, felicitó a Goroba-Dike y le dijo:
- Tuya es mi hija.
Y al momento se casaron.
Pasó algún tiempo. Un día los tuaregs realizaron una incursión. Los fulbes salieron con sus armas a defender los caminos y el ganado. Y Goroba-Dike no se movía. Ofrecióle Hamadi un caballo; pero él dijo:
- No sé montar. Si me das un asno, acaso consiga subir en él.
Le dieron un asno; montó sobre él y marchó con un trotecillo ligero... en dirección contraria al campo de batalla. Y todos, y Kode Ardo la primera, le despidieron con injurias.
Llegó a la casa del labrador en que Alal esperaba su regreso; comunicó a su escudero su casamiento, y requirió su caballo y sus armas. Y partió solo. Muy pronto alcanzó al ejército de los fulbes, que se batía difícilmente. Nadie le reconoció. Y muchos murmuraban:
- ¿Quién será ese jinete? Debe de ser Chinar, el demonio. Vayamos a él y pidamos su ayuda.
Y se llegaron a Goroba-Dike y le preguntaron:
-¿Eres Chinar?
- Sí - repuso él, tranquilamente.
- Ayúdanos.
- Me tenéis que entregar una oreja de cada uno de los yernos del Rey, que están en la batalla.
Cabizbajos y temerosos, los guerreros se dirigieron a los yernos de Hamadi, que marchaban al frente de las tropas, y les comunicaron la exigencia de Chinar. En un principio, tal propuesta no fue aceptada, como es lógico; pero al fin accedieron, conviniendo todos en que se diría que las habían perdido heroicamente en el combate. Llevaron, pues, a Goroba-Dike las dos orejas. Lanzóse el héroe contra los tuaregs y en un momento el campo de batalla, se pobló de cuerpos derrumbados bajo el golpe invencible del héroe. Los fulbes prorrumpieron en gritos de victoria, mientras recuperaban sus ganados y recogían cuantioso botín. Goroba­Dike galopó, incansable, sobre su caballo, hasta la casa del labrador; vistió de nuevo su harapiento traje y montó sobre su asno. Cuando llegaba a la ciudad, vio a Kode Ardo que sollozaba inconsolable y reprochaba a su padre el haberla entregado a un hombre tan cobarde e indigno. Y todos le recibían entre insultos y rechiflas. En tanto, los otros dos yernos del Rey referían a todo el que lo quería oír el modo heroico cómo perdieron sus apéndices auriculares en lucha con los tuaregs.
A la mañana siguiente, una nube de tuaregs avanzaba por el camino. Repuestos de la dolorosa sorpresa del día anterior y ansiosos de venganza, los hijos del desierto se aproximaban a Sariam. De nuevo los fulbes se aprestaron a la defensa. Y Goroba­Dike cogió otra vez su asnillo y escapó hacia la casa del labrador. Y las gentes se reían de él, y Kode Ardo lloraba junto a su padre su vergüenza. Llegó el héroe junto a su escudero y nuevamente vistió su poderosa armadura, montó sobre su caballo y galopó hacia el teatro de la lucha. Los tuaregs avanzaban inconteniblemente hacia el palacio de Hamadi Ardo. Unos cuantos habían llegado hasta la pequeña Kode e intentaban raptarla. En aquel momento llegó Goroba­Dike y echó por tierra a los tuaregs; luchó denodadamente con varios enemigos y los venció. Mas él también recibió una profunda herida en un muslo. Y Kode, al ver ensangrentado a su salvador, lloró lágrimas de dolor y gratitud, y le curó con sus propias manos, y vendó el muslo del guerrero con un jirón de su vestido. Montó otra vez a caballo Goroba y se lanzó al combate. En un abrir y cerrar de ojos, los invasores, aterrados, huyeron, dejando el campo libre. Volvió Goroba-Dike a la casita del labrador; se desprendió de su armadura, y a poco regresó a la ciudad sobre el infeliz y traqueteado borriquillo. Los fulbes le infamaban, los guerreros le miraban con desprecio, y Kode lloraba más y más, recordando a su desconocido salvador. Llegó la noche. Kode no podía conciliar el sueño. Una de las veces volvióse hacia el lecho de su marido y vio con sorpresa que un hilo de sangre corría hacia el suelo. Se levantó y vio el muslo herido y mal vendado con un trozo de su propio vestido. Sin acertar a comprender, Kode miraba a su marido, que se agitaba febrilmente. Le llamó y le preguntó dónde se había herido y quién le había curado. Sonriendo, Goroba-Dike murmuraba:
- Piénsalo...
- ¿Y quién eres, esposo mío? ­ murmuró dulcemente Kode Ardo.
- Hijo de rey; mas no digas nada todavía.
Salió Kode y buscó manteca y una venda nueva, y curó la herida del héroe. Y luego marchó en busca de su madre y recomendándola el secreto, le refirió la hazaña de Goroba­Dike. Al día siguiente salió el héroe del palacio y fue en busca de su escudero; tomó sus armas y su caballo, y entró arrogantemente en Sariam. Llegó a la plaza, llamó a Kode Ardo y se dio a conocer a las gentes como el vencedor de los tuaregs. Los guerreros le aclamaban, al reconocerle por su armadura. Pero los yernos del Rey, viendo en peligro su reputación, gritaban que mentía. Sacó Goroba­Dike de su bolsillo las orejas y se las enseñó. Ellos humillaron su cabeza y se retiraron en silencio. Hamadi Ardo saludó a su joven yerno y le ofreció el reino. Pero Goroba-Dike saludó a su señor, sintiéndose feliz con el bien ganado amor de Kode Ardo.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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