La Calle de La Quemada
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- Leyenda de México -

Después de haber demostrado su valor y arrojo en las campañas de Flandes, llegó a Nueva España un joven noble y rico. Apenas llegado a la ciudad de Méjico, se enamoró apasionadamente de una bellísima dama, llamada Marina. Vivía ésta con sus padres en una espaciosa casa, donde con frecuencia se celebraban fiestas y saraos, ya que sus relaciones eran distinguidas. Marina tenía numerosos admiradores que la cortejaban y aspiraban a su mano, pero ella no había sentido preferencia por ninguno hasta el momento en que comenzó a pasear su calle el nuevo enamorado, recién llegado de España. El galán rondaba a su dama, caballero en bravo potro, dando al viento las plumas de su sombrero. Ella, desde sus ventanas, protegidas por bellas rejas vizcaínas, lo veía pasar, conmovido por primera vez su corazón por un puro y fiel amor.
El galán, rendido a su hermosura, ciego de amor por ella, cayó al poco tiempo en las redes engañadoras de los celos. Sabía que muchos estaban prendados, como él, de la hermosísima Marina, y dio en pensar que su amor era indigno de ella y en creer que otros podrían arrebatársela. Sus relaciones, tiernas y sosegadas al principio, se fueron convirtiendo en un verdadero infierno, a pesar de los juramentos de ella, viviendo los dos amantes en un constante martirio.
Marina, desesperada, tomó una trágica decisión. Ya que era su excepcional belleza la causa del tormento en que vivía su amado, ella la sacrificaría y así pondría a prueba la profundidad de su amor. Escribió una carta en la que le daba cuenta de su propósito y esperó la hora en que solía pasear el galán debajo de sus rejas para arrojarla a sus pies. Así fue, y al recogerla del suelo la leyó con el espanto retratado en sus facciones. Echó a correr, ciego, al interior de la casa, pero aun así llegó tarde. Su amada había deshecho su maravilloso rostro, hundiéndolo en un braserillo de plata, lleno de ascuas encendidas. Y él la encontró tendida en su rico lecho, perdidos los sentidos por el intenso dolor.
Al cabo de un año, los fieles que acudieron a la misa del alba en la iglesia más próxima a la casa en que vivía Marina, fueron testigos de una extraña ceremonia nupcial. Una dama cubierta por largos velos que ocultaban su rostro, contraía matrimonio con el hidalgo español.
Se amaron con idolatría el resto de su vida, nada turbó la serenidad ni el sosiego de aquellos enamorados. Ella conservó, como vestigios de su portentosa belleza, el brillo de sus ojos, el color encendido de sus labios y el timbre cristalino de su voz. Desde entonces, como recuerdo de la mujer enamorada, capaz de tan enorme sacrificio, la calle en que vivió se llamó la Calle de La Quemada.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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