La leyenda del chom
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- Leyenda de México -

El chom es un ave que sólo se alimenta de inmundicias. Tiene la cabeza pelada, oscuro y áspero el plumaje, y puede dejar calvo al hombre a quien ensucie en el cabello. Hasta los árboles que escoge para cobijarse se marchitan y mueren pronto. Todo esto se debe a un castigo que antaño le impusieron los dioses por su glotonería. La leyenda cuenta el suceso de la manera siguiente:
Hace muchos años, en el palacio real de Uxmal se celebraba una fiesta en honor del dios bueno que da la vida. El Rey quería que todo se hiciese con la mayor magnificencia; invitó a los más poderosos príncipes a un espléndido banquete en la terraza de su palacio y encargó los más exquisitos platos.
Cuando los servidores estaban ocupados en los preparativos, un chom que volaba por encima del palacio divisó los excelentes manjares. Su gula se despertó al momento; pero, no atreviéndose a acometerlos él solo, fue a avisar a algunos de sus compañeros. Se dice que desde entonces el chom nunca vuela solo, por si vuelve a presentarse ocasión semejante. Acecharon desde la altura, buscando un momento propicio, y, cuando los servidores se marcharon en busca de nuevos manjares, se abalanzaron sobre los que ya estaban preparados, devorándolos ansiosamente. El Rey y su séquito los sorprendieron en el festín, y aunque los arqueros reales quisieron alcanzarlos con sus flechas, consiguieron huir, perdiendo solamente algunas de sus plumas.
El cólerico Rey exigía una venganza y mandó a los sacerdotes que consultasen con los dioses la manera de castigar a los sacrílegos. Al cabo de tres días, los sacerdotes habían obtenido las indicaciones necesarias. Quemaron las plumas que las aves habían dejado y mezclaron su ceniza con agua estancada, obteniendo un líquido negruzco. Cuando éstas pasaron volando, fueron salpicadas con este líquido, que, al alcanzarlas, volvió su pelaje áspero y negro. Asustadas, remontaron las aves el vuelo con tanto azoramiento, que se acercaron al Sol, quemándose con sus rayos las plumas de sus cabezas, que desde entonces quedaron calvas. Y, como castigo por su gula, fueron condenadas por los dioses a alimentarse de inmundicias. Desde entonces son tan sucias que dejan pelados los árboles en que se posan, y calvas, como las suyas, las cabezas humanas que ensucian con sus excrementos.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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