San Lorenzo y Santa Inés
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- Leyenda de Italia -

Vivían en la noble ciudad de Roma, sede del cristianismo, dos ilustres caballeros poderosos e influyentes. Eran hermanos. El mayor se llamaba Pedro, y por sus bellas cualidades de sabiduría y virtud, era muy querido del Papa, que le nombró cardenal, y constantemente le tenía a su lado, tratándole con gran familiaridad. Pero tenía un único defecto: ser muy codicioso. Las riquezas constituían su mayor afán.
El otro hermano, llamado Esteban, era magistrado; contaba con gran autoridad y prestigio entre los ciudadanos romanos y había llegado a ser conocido como el más ilustre de los senadores. Pero también era avaro y ambicioso; cometía en el ejercicio de su profesión grandes desafueros; administraba la justicia con criterio torcido e inmoral, y se dejaba sobornar a cambio de dones y dinero, con lo que fue enriqueciéndose, hasta llegar a reunir una respetable fortuna.
Tuvo que fallar un juicio de la basílica de San Lorenzo de Extramuros, y falseando la verdad, dictó un fallo injusto a cambio de la posesión de tres casas que pertenecían a aquella iglesia y que pasaron a ser propiedad suya, en pago de la tremenda injusticia por él cometida.
Pasó poco tiempo, y se le presentó otro pleito de la iglesia de Santa Inés de Roma, y con él la oferta de un hermoso y fértil huerto de gran extensión y abundantes árboles frutales, que era propiedad de la iglesia y que pasaría a la suya si se avenía a dar un fallo falso. El magistrado, con su inmensa codicia, estudió el medio de poder beneficiarse de nuevo, y, ocultando la verdad, y con testigos falsos, sentenció injustamente, perdiendo por ello la iglesia extensos terrenos de su patrimonio, pero quedándose él con el huerto, que satisfacía toda su ambición.
Murió repentinamente el cardenal don Pedro, después de una piadosa vida. Pero no pudiendo entrar en el cielo por los pecados de codicia, Nuestro Señor, con inmensa justicia, le mandó al purgatorio, para que allí pagara la pena debida a sus culpas.
Al poco tiempo, el otro hermano, el magistrado, se vio acometido de una rápida enfermedad, que le llevó al sepulcro sin tiempo para prepararse cristianamente a morir.
Se presentó ante el juicio de Dios, donde, con justicia, el Juez supremo hizo el balance de sus obras. Mientras, lo vio San Lorenzo, y, acercándose a él, le apretó el brazo fuertemente tres veces, en recuerdo de las tres casas usurpadas, quedando Esteban dolorido, como atenazado por hierros. Lo reconoció Santa Inés, y airada contra él, le volvió la espalda con desprecio, por el hurto del huerto.
Terminado el juicio, ante las escasas buenas obras y la abundancia de malas, Dios Nuestro Señor, con suprema justicia, le mandó a los infiernos a hacer compañía a Judas Iscariote, el traidor.
Allí le aprisionaron los antiguos guerreros que formaban las legiones infernales, y cubierto de heridas y respirando humo y bebiendo vinagre, vio a los condenados que yacían en aquel lugar de martirio, entre gritos y lamentos de las almas en pena. Y en medio de las mayores tinieblas, donde no llegaba la luz del Sol ni de la Luna; allí, entre varios pecadores, reconoció a su hermano Pedro, preguntándole, extrañado, por qué padecía aquellos tormentos si en vida había sido bueno, y ofreciéndose a socorrerle en lo que él pudiera. Pedro le contestó que había sido muy avaricioso en la tierra, y que en justicia padecía aquellos sufrimientos; pero que si el Papa, con todos los cardenales, decía por él sólo una misa cantada, se vería libre de aquellos tormentos y podría entrar en la gloria.
Esteban había cometido en su vida grandes maldades; pero tenía en el mundo una devoción profunda a San Proyecto, mártir. Siempre guardaba su fiesta, honrándole solemnemente con misas de varios clérigos y numerosos cantores, haciendo que se llenara la iglesia de fieles para venerar la fiesta de su santo predilecto y socorriendo ese día a los pobres.
San Lorenzo y Santa Inés, compadecidos ante los sufrimientos de Esteban, mirando más la misericordia de Dios que los pecados del siervo, fueron a buscar a San Proyecto por el cielo y le dijeron. «¿Por qué no socorres a tu siervo Esteban, que tanto te ha honrado en el mundo, y ahora padece horribles tormentos?» El santo fue en busca de la Virgen, que en su trono resplandecía como una estrella, y con sus ruegos la movió a interceder en favor de Esteban. Y los dos fueron ante el Altísimo, pidiéndole que no juzgase a aquella alma por sus culpas, sino que atendiese a los ruegos de su Madre. Dios les dijo: «En atención vuestra, haré que vuelva el alma a habitar en su cuerpo durante treinta días, para que pueda expiar sus pecados y hacer méritos para alcanzar la gloria. Terminado el plazo, le daré su merecido.»
Y después de dar gracias al Señor por su inmensa piedad, fue San Proyecto al infierno a buscar el alma de Esteban, que la tenían aprisionada los demonios, y luchando con ellos, consiguió llevársela y juntarla con su cuerpo.
La Virgen intercesora le dijo que agradeciese al Señor su inmensa merced y volviera al mundo a hacer méritos para ganar el cielo. Le dio un consejo: rezar a diario el salmo Beati immaculati, con el que se vería libre de todas las tentaciones y triunfaría siempre sobre el demonio.
Esteban resucitó de nuevo, por la gracia de Dios, y se presentó al Papa, refiriéndole cuanto había visto y pidiéndole en nombre de su hermano Pedro una misa cantada, para poder entrar en el cielo.
Esteban tenía en el brazo tres grandes manchas negras, como si San Lorenzo se las hubiera hecho estando vivo, y le duraron los treinta días de su nueva vida, que dedicó a una rigurosa penitencia, en expiación de sus pecados pasados, cultivando muchas virtudes, con las que pudo entrar en el paraíso para gozar en él por toda la eternidad.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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