La leyenda de Rosmunda
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- Leyenda de Italia -

Rosmunda, reina de los lombardos, era esposa de Alboíno. Mas no era el amor lo que los unía, sino el derecho del vencedor, ya que Alboíno había matado al padre de Rosmunda. Tristes fueron los esponsales, pues el cruel Alboíno, sin respetar el dolor de Rosmunda, obligó a ésta a que bebiera en el cráneo de su propio padre. Y desde este momento, en el alma de la hija del asesinado no hubo lugar sino para un inmenso odio y para el propósito de lograr la venganza.
Había en la corte de Alboíno un apuesto escudero llamado Helmichis, amado, por sus bellas cualidades, por todas las damas. Un día, paseando por un jardín del palacio, vio caer a sus pies un billete. Lo abrió y leyó unas líneas sin firmar, en las que le pedía una dama que aquella noche esperase antes de las doce en aquel mismo sitio. Helmichis, intrigado, acudió a la cita y encontró a una desconocida, que lo condujo a una cámara del palacio, en donde se le entregó. Enorme sorpresa fue la del escudero cuando ella se dio a conocer, revelándole, además, su propósito de matar a Alboíno y exigiéndole su ayuda. Horrorizado, el doncel se negó rotundamente a ello, invocando la fidelidad que debía a su señor. Mas Rosmunda, riendo, le dijo: «¿Y qué pensará vuestro señor de esa fidelidad que invocáis cuando sepa que habéis tomado a su esposa?» Y Helmichis comprendió qué había caído en un lazo; pero, decidido por la amenaza de la Reina, y además por la belleza de la misma, aceptó.
Pocos días después Helmichis compró a unos asesinos, y éstos, guiados por él, penetraron de improviso en la cámara de Alboíno, y, hallándole indefenso, le mataron sin piedad. Inmediatamente, Helmichis avisó a Rosmunda y ambos huyeron, tras haber robado el tesoro real. Y, cabalgando sin descanso, llegaron a Ravena, en donde su Exarca les concedió hospitalidad.
Longino, que así se llamaba el Exarca, se enamoró de Rosmunda, e, impulsado por su pasión, le propuso que fuese su esposa. La malvada Reina, llena de ambición, aceptó. Después de que lo hubo hecho, meditaba cómo podría deshacerse del antiguo escudero, hasta que al fin determinó envenenarlo. Un día, cuando su cómplice estaba en el baño, Rosmunda preparó un brebaje en una copa, y al salir Helmichis y tenderse a descansar, se la ofreció sonriente, diciendo: «Bebe para reparar tus fuerzas.» Él, complacido, tomó el vaso y, brindando a su amante, injirió la bebida. Pero pronto el veneno comenzó a obrar y el joven, en medio de los dolores que le atenazaban, comprendió que había sido envenenado, y pidió a ella que bebiera también. Ella rehusó y quiso huir; pero él, obligándola con la espada, hizo que bebiera. Y así murieron los dos.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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