El Papa León
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- Leyenda de Italia -

Vivía en la noble ciudad de Roma un joven de costumbres disolutas y de temperamento sensual, entregado a una vida de placeres y devaneos y rodeado siempre de amigos disolutos. No era cristiano; pero empezó a sentir cierta inquietud y una gran devoción por Santa María, postrándose constantemente delante de una imagen suya, pidiéndole ayuda para enderezar su vida y refrenar sus pasiones.
Pasó cierto tiempo, sin que dejara de acudir un solo día en su visita a la Virgen, que acogía propicia aquellas fervorosas plegarias, recompensándole con la gracia divina. En una ocasión en que, como de costumbre, se hallaba postrado ante sus plantas, en adoración ferviente, escuchó una dulce y melodiosa voz de la celestial Señora, que le decía: «Vete, hijo mío, ante el Papa, para que te instruya y bautice, pues te esperan altos designios.»
El joven se levantó radiante de gozo y fue a comparecer ante la presencia del Pontífice, refiriéndole la milagrosa intervención de la Reina del cielo. El Papa le instruyó y bautizó, imponiéndole el nombre de León, que él llevaba.
Desde ese momento cambió su vida radicalmente, renunció al mundo y a todos sus placeres y se consagró a una vida de austera penitencia y gran piedad, aumentando aún más su devoción a la Virgen, a la que dedicaba casi todas sus horas.
Murió al poco tiempo el Papa reinante, y fue elegido para sucederle, por la gran santidad de su vida. Solemnísimamente se celebró el día de su consagración, celebrando con la más intensa emoción su primera misa de Pontífice. Terminada ésta, los fieles se agolpaban por acercarse a besar su mano, desfilando ante él una procesión interminable. Llegó entre ellos una amiga de su borrascosa juventud, y al sentir sobre su mano los labios de ella, recordó su antigua pasión, y sintió que su mano había quedado impura. Al momento, lleno de escrúpulos de conciencia, pensó en las palabras de Cristo: «Si tu mano te escandaliza, debes cortarla.» Y en su espíritu se entabló una cruenta lucha. Al terminar la ceremonia, entró en sus habitaciones, y tomando decidido un afilado cuchillo, se cortó aquella mano.
Durante varios días no pudo acudir a celebrar la santa misa, por la gran herida de la mano, que goteaba sangre. Extrañados los cardenales de su actitud, le amenazaron con deponerle del papado. El Pontífice, entonces, se alarmó; acudió a la Virgen, en demanda de su ayuda divina, y se postró de hinojos ante su adorada imagen, donde permaneció largo rato en profunda abstracción. La excelsa Madre de Dios, compadecida de su siervo, le restituyó la mano, poniéndole una nueva, pura y blanquísima, que resplandecía como el Sol.
Pronto pudo acudir a desempeñar su sagrada misión, y al elevar los brazos para celebrar la misa o repartir su bendición entre los fieles, producía gran admiración a las gentes la luz que irradiaba de aquella mano celestial. Los cardenales también se extrañaron, y muy intrigados, fueron a preguntarle la causa de aquel halo de luz que lo circundaba. El Papa León les explicó cómo la Virgen se la había entregado, en sustitución de la mano pecadora, que él, siguiendo la doctrina evangélica, se había cortado.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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