San Patricio, patrón de Irlanda
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- Leyenda de Irlanda -

En la costa del Canal de la Mancha se alzaba, en tiempos de los romanos, un lugar fortificado y guarnecido por centurias imperiales, que tenía el nombre de Tabernia, o «Campo de los Pabellones». Se llamaba así por las tiendas de campaña de los soldados romanos, alzadas no muy lejos de la playa. Era un paraje de notables recuerdos, pues no estaba muy distante del sitio donde César se embarcó para combatir a los habitantes de las Islas Británicas. Estos soldados protegían a una ciudad que existía desde tiempos remotos, pero que con la llegada de colonos romanos había tomado gran importancia, extensión y riqueza. Los galos llamaron a esta ciudad Gesoriac; más tarde, Bonauem Arimorik; los galorromanos transformaron este nombre en Bononia Oceanensis, y después llegó a ser Boulogne-sur-Mer.
La costa veíase amenazada de continuo por las incursiones de piratas, que, llegando súbitamente, asaltaban las casas de los colonos, robaban lo que podían y vejaban o raptaban a las mujeres. Y para prevenir estos peligros, se alzó un faro o nemter como se le llamaba en lengua céltica. Estaba encargado de mantener el fuego un oficial romano llamado Calpurnius, al que se creía procedente de las legiones reclutadas por Máximo en la isla de Bretaña. Este Calpurnius vivía en una casa lujosa, en compañía de su mujer, una dulce y bella muchacha gala. De su matrimonio tuvieron dos hijos y cinco hijas. Uno de los hijos - nacido hacia el año 387 de nuestra era - recibió con el bautizo cristiano el nombre de Patricio. Se cuenta que algunos prodigios marcaron el destino del niño recién nacido. Una gran piedra sobre la cual había sido depositado cuando vio la luz, se levantó por sí sola, formando una columna o monumento en honor de Patricio, y también la tierra, queriéndose sumar a este homenaje, dejó manar una fuente para lavar al tierno niño. Y las aguas de esta fuente recibieron desde entonces el poder de curar todas las enfermedades.
Creció este niño, así, acogido en el culto del Señor. Pero cuando llegó a la edad juvenil, el mal ejemplo de la colonia, entregada a todos los vicios, mancilló su alma y cayó en el pecado. Dios, para castigar la maldad de aquellos hombres, lanzó contra ellos la maldición de la discordia. Y entre los soldados estallaron disensiones y disturbios, y de ello se aprovecharon los piratas, que entrando a saco en la ciudad, casi la destruyeron, matando a muchos de los habitantes y llevando prisioneros a los supervivientes. Entre los cautivos iba Patricio, cuyos padres habían perecido. Tenía el muchacho diecisiete años, y cuando llegaron los piratas a Irlanda, fue vendido como esclavo a un jefe del Ulster que se llamaba Milhu.
Éste lo sometió a una esclavitud terrible. Le dio una piara de cerdos y fue llamado por todos por un mote céltico que quería decir «el porquero». Mucho hubo de sufrir Patricio, y de tal manera, que su espíritu se embruteció hasta olvidar la lengua aprendida en su infancia. Mas en medio de tanto dolor Dios no lo abandonó. Una noche soñó que estaba a la orilla del mar y que un barco se aproximaba a buscarlo. Se despertó de pronto y se puso en camino hacia el mar. Aunque no sabía la dirección de la costa ni los senderos que habría de seguir, Dios se lo indicó. Al fin llegó a una playa y divisó un barco que con las velas hinchadas se dirigía hacia la costa. Cuando estuvo ya cerca, Patricio pidió a grandes voces que lo acogieran. Pero el capitán negóse con frases duras a admitirlo. Y Patricio, volviendo las espaldas, tomó la dirección de su cabaña. Mientras caminaba con el ánimo destrozado, entonó una ferviente plegaria. Y cuando hubo acabado su rezo, oyó que uno de los marineros le decía:
- ¡Ven con nosotros! ¡El capitán quiere verte!
Y le añadieron:
- Sube a bordo, puesto que te hemos encontrado y tú has tenido fe en nosotros.
Y Patricio subió al barco y halló hospitalidad en aquellos hombres. Mas estos rudos marineros eran paganos, y solían burlarse de la fe cristiana de Patricio. A los tres días de navegación, desembarcaron en Bretaña y caminaron durante cuatro semanas, y en todo ese tiempo no encontraban por parte alguna ni una gota de agua para beber ni nada para calmar el hambre. Y el jefe de los marineros, dirigiéndose a Patricio, le dijo:
- Tú, cristiano, presumes de que tu Dios nunca deja sin ayuda a los que creen en él. ¿Por qué no le pides ahora que nos dé algo de comer, pues de lo contrario hemos de perecer miserablemente?
Y Patricio le contestó:
- Volved los ojos a mi Señor y a mi Dios. Nada hay que se resista a su poder. Su poder es infinito, como su bondad y su justicia. Si Él quiere hacernos morir de hambre, nada podremos contra su voluntad. Mas si Él quiere que vivamos y nos manda alimentos, viviremos, pues Él tiene de todo y todo está en su mano.
Y así sucedió.
De pronto vieron venir por un camino una piara de cerdos, y los compañeros de Patricio mataron los que quisieron y, asándolos, calmaron su hambre. Luego prepararon la carne que sobró, ahumándola. Y después de esto miraban a Patricio con gran respeto. Aquella noche - contaba muchos años más tarde San Patricio - tuvo una gran tentación y sólo el Sol al levantarse, la ahuyentó.

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Después de esto pasaron algunos años en que Patricio vivió muchas aventuras. En primer lugar, fue cautivo nuevamente de los piratas que infestaban aquellos mares; rescatado por los habitantes de la isla de Bretaña, obtuvo la libertad y dedicó su vida al estudio y a la predicación. Él se sentía feliz en su tierra; mas una voz interior parecía decirle, en nombre de los irlandeses: «Ven y sálvanos.» Y siempre deseaba volver a Irlanda.
Germano, jefe de la iglesia de Auxerre, lo llevó consigo a Bretaña, y allí se dedicó a convertir a los cristianos herejes que habían sido bautizados por Pelagio. Pero, sobre todo, hubo de combatir la tiranía de un rey opresor que martirizaba a los cristianos. Éste era Koretik, rey de los koretes, que habitaban la región llamada hoy Cardigan. Sus secuaces y él mismo pasaban a cuchillo a los fieles a Cristo de manera feroz.
Patricio, un día, se dirigió al palacio, y una vez que se encontró delante del tirano, le increpó, echándole en cara sus crímenes.
- Libre, según la naturaleza - dijo Patricio -, pues mi padre era decurión, yo he vendido mi nobleza y no me avergüenzo por ello; la he vendido por el bien de los demás, y me he entregado, en el nombre de Jesús, a las naciones extranjeras, con la esperanza de una gloria eterna.
Después le hizo ver cómo era él, el Rey, más culpable que los paganos.
- Y así - continuó -, como una nube arrastrada por el viento, los malos y los traidores pasarán delante de la faz del Señor, y los buenos se sentarán en el banquete eterno con Cristo. Él juzgará las naciones, y los justos reinarán sobre los reyes perversos por los siglos de los siglos.
El Rey se burló de las palabras de Patricio; pero pocos días después, en medio de una orgía escandalosa, cuando se preparaban a escuchar al bardo de la corte, la voz de éste, tomando un tono terrible, muy distinto del adulatorio que solía tener, anunció que la maldad del Rey iba a tener un castigo merecido y que no viviría el tirano mucho tiempo. Y, en efecto, apenas hubo terminado el cantor su terrible apóstrofe, una mano invisible hirió al Rey, que cayó muerto.

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Patricio continuó en la isla de Bretaña; pero no por mucho tiempo. De nuevo las voces internas le llamaban a la conquista espiritual de Irlanda. Y el buen ángel de Patricio, el ángel Víctor, le dijo una noche:
«Es llegado el tiempo de partir. Levántate y dirígete a Roma, y póstrate al pie del Padre de la Iglesia.»
Y Patricio, con los pies desnudos, sin cayado ni provisiones, tomó el camino de Roma. Iba pidiendo limosna a todas las personas de buena voluntad, y conversando con los ermitaños y hombres de vida ejemplar, para aprender de ellos el camino de la suma perfección.
En Roma fue recibido por el papa Celestino con gran benevolencia, pues ya desde hacía tiempo los gemidos de los infelices irlandeses habían llegado al Padre Santo y éste deseaba vivamente poner en la corona de Cristo la «esmeralda irlandesa»; pero todos los que habían intentado tan gloriosa misión habían fracasado o perecido. En lo alto de la Ciudad Santa estaba el monte Hemon. Y cuando el Papa dio su bendición a Patricio para que fuera a enseñar las verdades del Evangelio a los irlandeses, el ángel Víctor dijo al nuevo apóstol: «Sube a lo alto del monte Hemon, y allí verás al Señor.» Y Patricio ascendió al monte Hemon. Allí se vio cara a cara con el Señor. Y el Señor le dijo:
«Siéntate a mi derecha.» Patricio se sentó, y el Señor le ordenó que fuera a Irlanda a anunciar el Verbo de eterna salvación. Y Patricio partió. Y llevó el báculo del Buen Pastor. Este báculo lo recibió de la manera siguiente:
Habiendo partido de Roma para dirigirse a Irlanda, encontró en una isla a una familia de solitarios. De éstos, unos estaban en la flor de la juventud y otros mostraban las duras señales de una vejez avanzada. Patricio se quedó muy sorprendido cuando uno de los jóvenes le dijo que eran los padres de los más ancianos. Y le contaron la causa de tal prodigio. Le dijeron que ellos habían dedicado su vida a ejercer la caridad y a realizar obras de misericordia. Un día llegó a la puerta de su casa un pobre mendigo, que fue recibido por ellos con toda bondad y atendido en todas sus necesidades con generosidad suma. Durmió por la noche en el lecho mejor que le habían cedido, y por la mañana, ya en la puerta, sus hábitos desgarrados se cambiaron en vestiduras resplandecientes; su rostro envejecido, en una faz de belleza suprema, y con voz dulcísima dijo «Soy Jesucristo y quiero premiaros. Tomad mi báculo y conservadlo siempre, hasta que uno que ha de nacer dentro de mucho tiempo llegue a vuestra puerta a pedíroslo.»
- Y así - terminó el solitario -, hemos conservado nuestra juventud, de suerte que estos viejos, que eran nuestros hijos, niños entonces, han envejecido y nosotros conservamos la juventud.
Y Patricio tomó el báculo y partió a Irlanda.

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Patricio, después de haber recogido cálices, ornamentos y otras cosas en Auxerre, se disponía a embarcar a orillas del mar que separa la Galia de la isla de Bretaña. En la ribera peleaban dos hombres. Patricio se aproximó a ellos y quiso separarlos. Mas uno de los contendientes dijo:
«Es tan difícil poner paz entre nosotros como formar una pirámide de granito con los granos de arena de esta playa.»
Entonces Patricio rogó a Dios, y tomando el báculo de Jesucristo trazó un círculo en la arena. De pronto, los granos menudos se fueron uniendo firmemente y subiendo, subiendo hasta formar una pirámide de duro granito. Y la pirámide, levantándose en el aire, siguió al Santo hasta Irlanda.

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Por fin, la nave de Patricio tocó la tierra verde de Irlanda. Fue el Santo el primero en desembarcar. Los habitantes de la costa se alarmaron y fueron a avisar a Milhu, su jefe, de que hombres extraños acababan de desembarcar. Los compañeros de Patricio, en tanto, habían puesto en seco el barco y lo ocultaron en la roca; después se pusieron a buscar moluscos para calmar su hambre, pues se habían dirigido a los ribereños y éstos se habían negado a darles de comer. De pronto, la tierra se estremeció, las hojas se movieron y apareció un gigante de talla inmensa, de cuerpo colosal, fuerte, de cabellos ásperos y mirada feroz. Detrás de él venía otro hombre sujetando a duras penas a un enorme mastín que quería lanzarse contra Patricio. Éste, sin mostrar miedo, se incorporó, y, levantándose, miró fijamente al gigante y le dijo en el idioma de Ulster:
- Apuesto a que acechas algún buen pescado en este bosque.
Y el gigante, ante el saludo familiar, se sonrió, pues era de buen natural, y el perro se amansó. El fiero irlandés ofreció a Patricio y a sus compañeros su morada, que desde entonces fue el sitio de residencia habitual del Santo hasta que éste partió a su primera misión.
Pasados unos días, Patricio quiso ir adonde vivía su antiguo dueño. Embarcó en su nave y se dirigió a la comarca de Milhu. Llegó a la costa de esa región, y subiendo a una montaña, trató de encontrar el camino de la casa donde tanto había padecido como esclavo. Lo encontró, y cuando bajaba hacia ella, se vio sorprendido al ver que la casa de Milhu ardía. El jefe, temiendo ser criado de su antiguo criado, se había encerrado en su casa con sus riquezas y había puesto fuego a todo. Y Patricio se entristeció mucho de ver que aquel a quien había venido a salvar se precipitaba en la eterna condenación. Y volvió a embarcar, lleno de dolor.
Cuando de nuevo se encontró entre sus compañeros, éstos le dijeron que había muchos irlandeses que no creían en la verdad de la religión de Cristo. Había un viejo jefe que yacía enfermo en su lecho, y que mientras su clan se había convertido, él persistía en su paganismo. Patricio le visitó, y viendo cuán enfermo estaba, le habló así:
- Ya veis que estáis enfermo de gravedad. Vuestros sentidos están débiles, como los de un recién nacido. Vuestros oídos ya no oyen apenas y vuestra vista es tan débil casi como la de un ciego. Vuestras piernas no pueden sosteneros y vuestras manos apenas si pueden coger el vaso en que bebéis. Bien: si alguien os devolviera la fuerza y la juventud, ¿creeríais en su poder?
El viejo respondió afirmativamente.
- Creed, pues, en mi Dios - dijo Patricio con voz solemne -, pues ha escrito: «Vuestra juventud se renovará, como la del águila.»
Y aprovechando los últimos suspiros del viejo, lo bautizó, dejando a Aquel que es fiel en sus promesas el cuidado de su servidor.
La fama de San Patricio se extendió por todo el país. Y un joven noble que tenía por nombre Eugen fue adonde predicaba el Santo y le dijo:
- Ya ves que soy feo y de ridícula talla. Si me vuelves bello y de buena estatura, yo me haré cristiano
Y Patricio lo volvió como deseaba. Y se dice que tal es el origen de la belleza y altura de los irlandeses.
Otro de los milagros del Santo fue el siguiente: Él sentía el dolor de no haber vivido en tiempo de los grandes héroes, para haberlos convertido al cristianismo. Un día, volviendo de una de sus predicaciones, encontró en su camino un gran monumento de piedra que ostentaba el nombre de la Tumba de los Héroes. Tenía más de treinta pies de largo, y los discípulos de Patricio mostraron su asombro, unos, y su incredulidad los más, de que hubiesen existido alguna vez hombres de tal estatura.
- Yo creo que existieron - contestó Patricio -, y voy a verlo, con el permiso de Dios.
Y trazó una cruz sobre el monumento. La lápida que lo cubría se levantó despacio y descubrió la tumba. Un hombre de treinta pies salió de ella, diciendo: «Bendito seas, hombre santo, que me has librado de los suplicios que me atormentaban.» Y, arrodillándose, empezó a sollozar. Después preguntó a Patricio si podía seguir con él; pero el Santo le dijo que la vista de un resucitado aterrorizaría a la gente. «Pero confía en Dios, que te sacará del lugar en donde sufrías.» Y sumergiendo tres veces al guerrero en agua, lo bautizó. El guerrero murió en el acto y Patricio volvió a colocar su cuerpo en la tumba, mientras el alma del héroe resucitado volaba al cielo. Y así Patricio rendía su amor a los irlandeses, hasta el extremo de resucitar a sus héroes para salvarlos por el bautismo

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La región del Ulster estaba atemorizada por los atropellos cometidos por un bandido de osadía inaudita.
Se honraba en llevar el nombre de Makfil, o hijo de los bardos. Habitaba con su partida un lugar fortificado en una montaña altísima, verdadero nido de águilas, al que nadie podía llegar. Y desde allí, como feroces halcones, caían sobre los caminos, robando y matando a los infelices caminantes. Makfil, no sólo poseía valor y señorío sobre sus secuaces, sino que también era ducho en artes mágicas. Un día, uno de los caminantes le refirió el poder de San Patricio, y Makfil habló en tono burlón del santo: «Todo eso que cuentan de ese cristiano son simples farsas. Vamos a ver si es verdad tal historia.» Y ordenó a uno de los bandidos que se echase en medio del camino, cubierto con su manto, esperando a que pasase Patricio. Debía fingir que estaba enfermo e impetrar la protección del Santo.
En efecto, bajó la partida al camino; el bandido al que se le había ordenado fingirse enfermo se echó en el polvo y los demás lo rodearon. San Patricio llegaba y se detuvo cuando vio el grupo. Makfil le dijo que uno de sus hombres estaba atacado de una extraña dolencia y que le pedía que lo curase, si era verdad que podía hacerlo. San Patricio contestó: «En verdad que está gravemente enfermo.» Y levantando el manto del caído, vieron todos con asombro que el rostro del bandido estaba rojo y que éste sufría una terrible apoplejía. Y el Santo, volviéndose a Makfil, le dijo: «¡Ah maldito pagano, me has querido probar! ¡Ahí tienes la prueba de la verdad de lo que predico!»
Makfil, tocado de arrepentimiento, se echó a los pies del Santo, pidiéndole perdón por su descreimiento y osadía y le rogó que le impusiera una penitencia para purgar sus crímenes y pecados.
San Patricio lo acogió bondadosamente, lo bautizó y después le dijo:
«Ahora has de cumplir la penitencia que te imponga. Has de dejar todo lo que tienes y abandonar tu vida salvaje y criminal y los lugares en los que has vivido. Deja a tus compañeros tu alta fortaleza; desprecia tus riquezas; despójate de tus vestidos y viste tan sólo un sayal. Toma un báculo y ponte en camino hacia el mar. Tus labios no probarán el vino de la tierra ni tu boca los frutos. Cuando llegues a la costa, desata una barquilla de mimbre guarnecida de cuero, sin remos ni timón, que encontrarás allí; monta en ella, ata tus pies con unas cadenas que habrá en el fondo, cierra el candado de las cadenas, hazte a la mar y entrégate a la voluntad de la Providencia.»
Y el bandido, despojándose de sus vestiduras y tirando sus armas, se puso en camino. Llegó a la orilla del mar y encontró la barquilla, tal como le había advertido San Patricio. Y se lanzó al mar en esa ligera embarcación. La Providencia no lo abandonó y lo guió hasta las costas de la isla de Mona. Allí, dos ermitaños que hacían una vida de oración, le recogieron, le cuidaron y le educaron. Y de tal manera penetró en la religión el antiguo bandido, que con el tiempo llegó a sacerdote y después a obispo, y en la Iglesia de Irlanda se le venera con el nombre de San Makfil.

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Mas la gloria de San Patricio en sus milagrosas conversiones no estaba solamente en reducir los fieros hombres al cristianismo. También ligeras muchachas cuya belleza era alabada por bardos, reverenciadas por los druidas, fueron atraídas a la santa religión.
Una mañana de primavera marchaba San Patricio en su carro, arrastrado por dos bueyes blancos; iba bordeando las orillas del Shanon. Las ondas del lago brillaban bajo los rayos del Sol naciente. Una bandada de pájaros salió del bosque y voló piando, por encima del Santo, como para darle un saludo. Llegó al territorio del Connaught y vio que en una fuente había dos muchachas bellísimas lavando y tendiendo ropa El sol las cubría de esplendor. A una de ellas la llamaban la Blanca, por su albura resplandeciente; a la otra, la Rosa, por el frescor inmarcesible de su rostro. Ya se aproximaba Patricio a ellas, cuando divisó también mas lejos, en lo alto de un cerro, rodeado de piedras sagradas, a dos viejos druidas con sus vestiduras solemnes que alzaban sus brazos al Sol, pidiéndole protección contra el enemigo que se acercaba.
Sus mágicos rezos hicieron su efecto. De pronto el cielo perdió el azul y se veló con tristeza. Llegaban cabalgando, unas sobre otras, masas enormes de nubes, oscuras, grises, negras. Como el humo de grandes hogueras, iban cubriendo todo el cielo. Un trueno conmovió la tierra. Los bueyes que arrastraban el carro de Patricio, resoplando por las narices, empezaron a mugir, y de pronto, como si se hubieran vuelto locos, se desbocaron y, arrastrando el carro, lo volcaron y rompieron las ruedas. El Santo quiso sujetarlos; pero no pudo. Cortó por tres veces madera del bosque para reparar las roturas; pero las ruedas volvieron a partirse. El bosque sagrado se oponía a ayudar al que los druidas habían maldecido. El bosque tomó un denso color verde, el cielo se oscureció y a lo lejos las aguas del mar parecían de cobalto. El Sol se ocultó y unas profundas tinieblas lo confundieron todo. Esas tinieblas, cuando han sido creadas por las maldiciones de los druidas, cubren el cielo y la tierra durante tres días y tres noches. Pero nada podían los magos contra Patricio. Éste hizo la señal de la cruz en el aire y el vendaval cesó, los bueyes se tranquilizaron, callaron los truenos y el Sol volvió a lucir. De nuevo los pájaros alzaron el vuelo, cantando alegremente, y el Santo se dirigió adonde lavaban las hijas del rey de Irlanda, hacia la fuente llamada de Klebah. Llegó a ellas y las muchachas se quedaron asombradas al ver el aspecto del santo varón. Y la más joven le hizo una serie de preguntas sobre el Dios que adoraba. Cuando el Santo les hubo hablado, los corazones de las dos princesas se conmovieron y pidieron ser bautizadas. Y así Patricio triunfó sobre los druidas.

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Ya hemos contado cómo San Patricio convirtió al cristianismo a las dos jóvenes princesas hijas del rey Laégair. Éste empleaba todos los medios, desde las súplicas hasta las amenazas, para hacer volver a sus hijas al culto de sus antepasados. Y aun llegó a hacer poner en prisión a los jóvenes cristianos del clan de Dhilu. Mas había de llegar un momento en que el cristianismo triunfara en forma soberana sobre el culto pagano que mantenían los druidas con sus artes mágicas.
Llegó el tiempo del equinoccio de primavera. Esta fecha marcaba la celebración de la fiesta religiosa importante entre los irlandeses. Era la fiesta de Tara, celebrada cada tres años, al lado del palacio del rey
Erín, en la inmensa planicie de Breg. Allí habían venido los cinco reyes de Irlanda y los veinticinco reyes tributarios de todas las regiones del Ulster del Connaught, del Munster y del Leinster. Llegaban con gran pompa, acompañados de sus súbditos y de sus druidas. Cuando vino el rey del Ulster formó un círculo a la derecha del palacio con sus guerreros vestidos de pieles y coronados de plumas, sus tiendas, sus caballos, sus bueyes y sus carros. Otro círculo brillante y hermoso lo formó el rey del Cornaught, situado enfrente del palacio. A su izquierda pusieron el suyo los dos reyes de Munster. Y así fueron formando círculos todos los monarcas y tributarios de la verde Irlanda.
En la terraza del palacio se había alzado una enorme pira de leña seca y olorosa. Era de noche y se esperaba el momento en que se encendiese el fuego sagrado sobre esa pira, en el que cada clan debía tomar la llama para sus altares. Era una noche solemne, última del año céltico. Todo estaba en tinieblas; sólo las estrellas alumbraban. Pero de pronto toda la multitud fue presa del mayor asombro. A lo lejos, sobre una parte del terreno del castillo del rey de Erín, donde se solía enterrar a los esclavos, se vio una luz que brillaba en las sombras como una blanca estrella. El rey de Erín montó en cólera. En esa noche nadie debía encender luz alguna antes de que el fuego sagrado hubiese prendido en la gran pira alzada ante el palacio. Y el jefe de los druidas, que sabía qué significaba ese fuego, exclamó: «¡Oh Rey! Si ese fuego que brilla a lo lejos no lo extingues ahora mismo, no se apagara jamás, y el hombre que lo ha encendido destruirá tu reino, os dominara y reinará sobre Irlanda.»
Quiso el Rey ir en persona a apagar el fuego sacrílego; pero los druidas le aconsejaron que hiciese traer al hombre que había alumbrado esa hoguera, para, una vez en su presencia, vencerlo con las artes mágicas. El Rey accedió a ello y los druidas, en sus carros, se pusieron en camino, escoltados por los mejores guerreros. Al fin llegaron adonde estaba encendida la hoguera y vieron que era un altar ante el cual estaba Patricio revestido y celebrando las vísperas de la Pascua de Resurrección. Los enviados no se atrevieron a entrar, y a grandes voces dijeron a Patricio que el rey de Erín le ordenaba presentarse a él. Y Patricio obedeció; descendió del altar y montando en su carro arrastrado por los bueyes blancos, se puso en camino.
Llego adonde estaba el Rey, y éste le interpeló duramente, recordándole el castigo que merecía por haber encendido una luz antes de que se prendiera la pira sagrada. Pero Patricio le contestó con himnos sagrados: «Es la noche de la Resurrección de Cristo, el Salvador. Hay que encender el cirio de la Pascua. Un cirio de hermosa cera blanca, de suave olor, de luz maravillosa que no exhala mal olor, que no echa humo negro. La cera es una criatura llena de encanto y de misterio, que se transforma y queda blanca como la nieve.» El Rey preguntó a Patricio por qué había venido a Irlanda, y el Santo le recordó que no había sido para gozar de paz y tranquilidad, sino a pasar grandes fatigas y peligros por amor a los irlandeses. Y le contó su historia.
Los Reyes que le oían meditaban. Había algunos inclinados al cristianismo; otros, rebeldes. Y empezaron a disputar y aun llegaron a las manos, trabándose dura batalla. El amanecer del nuevo día mostró el campo, antes tan ordenado y glorioso, en una espantosa confusión; lo cual dio gran dolor al rey de Erín. Puso la paz y ordenó que todos los reyes se reunieran en torno a una mesa. Y allí, rodeado de sus druidas y sus bardos, que elogiaban en sus cantos la gloria de Irlanda y la verdad de su religión, mandó que trajesen a Patricio, para que los druidas, con sus prodigios, lo confundiesen.
Llegó Patricio y los druidas se empezaron a burlar de él. «Veamos - le decían - si puedes con nosotros y si el Poder de tu Dios es mayor que el nuestro.»
Patricio sonrió, así como su discípulo, el joven Bénen, que no había querido dejar marchar solo ante el Rey a su padre espiritual.
Uno de los druidas se adelantó y dijo a Patricio: «Ves cómo estamos en la más hermosa de las estaciones del año. ¿Quieres ver cómo hago un prodigio? Haz, si no, tú, uno antes.»
Pero Patricio contestó que Dios había creado el mundo y que él no podía modificar el orden establecido. Y el druida, riendo, exclamó: «Sobre estos campos alegres por el verde de las plantas que han brotado voy a hacer que caiga espesa la nieve.» Trazó un signo en el aire y en el acto el cielo se cubrió y empezó a caer una nieve densa y helada que cubrió los prados y los bosques. Y los pájaros caían muertos y los hombres tiritaban de frío.
Patricio dijo al druida: «He visto tu poder. Quiero ver aún si es absoluto. Prueba de hacer que se deshaga la nieve.»
El druida prosiguió: «He podido hacer que caiga la nieve y que sople un viento helado; mas hasta mañana no puedo hacer que se disipe la blanca sábana que cubre los campos y que el calor reanime a hombres y animales.
Y Patricio continuó: «Tú has podido usar tus artes mágicas para hacer mal; pero no puedes hacer el bien. Yo obro al contrario.»
Y trazando una cruz en el aire hizo que la nieve se fundiera, que el frío se viera reemplazado por un agradable calor y que los pájaros alzaran de nuevo su vuelo. El druida quedó vencido y avergonzado. El Rey llamó a otro.
El llamado se plantó frente a Patricio y le dijo: «¿Ves cómo el cielo está azul, cómo brilla el Sol y la luz alegra todas las cosas del mundo? Pues ¡mira!» Y trazando un signo mágico, hizo que surgieran unas espesas tinieblas que cubrieron el mundo, llenándolo de tristeza. Patricio pidió al druida que disipara esas tinieblas, y aquél le contestó que no le era permitido ni tenía poder para ello antes de los tres días. Y el Santo contestó riendo: «Tu poder es para el mal; el mío, para el bien.» Y trazando una cruz en el aire, disipó las tinieblas, el Sol volvió a lucir y el azul del cielo tomó a formar un espléndido dosel sobre los campos.
Los irlandeses lanzaron exclamaciones en honor de Patricio, y el Rey, temiendo que sus sacerdotes perdieran toda autoridad ante los súbditos, ordenó al jefe de los druidas y a Patricio que echasen los libros sagrados de cada uno a un lago. «Aquel libro cuyas letras desaparezcan contendrá una doctrina falsa», repuso.
Patricio aceptó. Pero el druida, que había oído hablar del bautismo, rehusó, diciendo que su enemigo tenía un poder mágico sobre las aguas. Entonces el Rey ordenó que los libros fueran echados al fuego. Y el druida rehusó también. Y Patricio, lleno de dignidad, exclamó:
«Has rehusado la prueba del agua y la del fuego para nuestros libros. Pero es necesario que una prueba definitiva nos juzgue. Entra en el fuego y contigo entrará mi discípulo Bénen. Aquel de vosotros dos que sobreviva se llevará el triunfo para su doctrina.» Y el druida ya no pudo rehusar esta prueba. Pero empezó a gritar: «Tu discípulo llevará tu capa mágica que preserva del fuego. Y la virtud no está en él, sino en la capa.» Entonces Patricio le respondió:
«Bien: da tu capa a mi discípulo, y viste tú la mía.» Y el druida aceptó.
Se formaron dos grandes piras: una de hojas secas y otra de ramas verdes y húmedas. Así lo ordenó Patricio. En la de ramas secas entró el discípulo del Santo; en la otra el druida, con la capa de Patricio. Entonces pegó fuego a ambas. Y ante la estupefacción de la gente, el montón de ramas húmedas y verdes ardió rápidamente. Cuando se extinguió su humo, se vio que la capa de Patricio estaba intacta y que del druida no habían quedado ni las cenizas. Por el contrario, la hoguera de ramas secas no ardió y el joven discípulo salió intacto; pero la capa del druida había ardido sola.
Todo el pueblo cayó de rodillas, y al fin el Rey y todos los príncipes tributarios se convirtieron. Y así, el cristianismo reinó definitivamente sobre Irlanda.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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