El Sombrerón
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- Leyenda de Guatemala -

En un lugar se levantaba un templo magnífico, en donde los fieles, que llegaban de todas partes, tributaban culto a Dios.
Los religiosos a su servicio habían ido poco a poco olvidando aquella dulce llamada que los había alejado del mundo, e, impulsados por un viento profano, se habían entregado al cultivo de las Bellas Artes, al estudio de las Ciencias o a la discusión sobre temas filosóficos, y con ello descuidaban notablemente sus deberes.
Ahora bien, entre todos aquellos, sabios siervos del Señor, había uno que no poseía las inquietudes de sus hermanos ni participaba de sus coloquios; tal vez por eso sólo le llamaban el Monje, a secas. Abrasado en el más puro amor de Dios, pasaba el día en tiernos soliloquios, deseando cada vez más unirse a Él.
Un día en que se hallaba meditando sobre la Anunciación de Nuestra Señora, vio entrar, por la única ventana que había en la estrecha celda, un cuerpecillo extraño que, rebotando repetidas veces, vino a caer sumiso a sus pies. El monje, en su ingenuidad sincera, pensó que era algo sobrenatural y, con el corazón sobrecogido de temor, decidió devolverlo a la calle. Pero no bien hubo tomado en sus manos aquella linda pelotita, se sintió inexplicablemente distinto: un gozo inmenso invadía su espíritu, junto con un afán loco de correr tras de ella.
De esa manera se vio en aquel convento un monje sencillo jugando por los claustros con la pelota. Mas cierto día en que la campana de la iglesia repicaba cantarina llamando a Misa, mientras esperaba la llegada de los fieles, que, iban apareciendo endomingados con sus mejores galas, nuestro Monje se entretenía con su juguete, prometiéndose conservarlo siempre con él. De pronto, una voz de mujer lo sacó de su abstracción diciéndole:
- Señor, desde que hace unos días perdió mi hijo una pelota, que según nuestras vecinas era la imagen del mismísimo demonio, no cesa de llorar; por eso he pensado traerlo aquí, para que le echen los Evangelios.
El frailecito, presa de una fuerte congoja, volvió la espalda y se perdió en el convento... Ya no quiso saber más. De un certero golpe había descendido desde las nubes de la ilusión a la realidad sombría. Lanzóla por la ventana a la calle, y entonces ocurrió un hecho inusitado: la pelota se abrió en forma de un gran sombrero negro sobre la cabeza del niño, que corría detrás de ella.
Y así fue como surgió el Sombrerón.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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