El cadejo
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- Leyenda de Guatemala -

La priora del convento de la Concepción era la Madre Elvira de San Francisco, pero antes de serlo, había pasado muchos años siendo la novicia que en la paz de su celda recortaba las hostias.
Ella, día tras día en aquel retiro silencioso, sentía cómo iba aproximándose un poquito más a Dios... Desde el amplio ventanal por el que entraba a raudales la luz y el calor, la brisa tibia y el parpadear de las estrellas, la dulce monjita veía, según las estaciones, florecer los árboles y vestirse con sus mejores galas, en primavera; abrasarse sus hojas, en el estío, y aparecer en toda su desnudez, durante el invierno. Y así un año y otro año... Y veía revolotear las mariposas, mientras que sus alas se cubrían de polvo de seda, y crecer la enredadera, abrazando al vetusto murallón... Con Dios por toda compañía, la monjita se entregaba a la tarea de preparar el lugar, a donde el Señor descendería, fiel a la llamada del sacerdote en cada Misa.
Sin embargo, Elvira de San Francisco, de cuando en cuando, pensaba en la casa donde transcurriera su infancia y ante su imaginación surgían las pesadas argollas de sus puertas, el pequeño jardín de sencillas rosas y aquellas pilas que reflejaban en sus tranquilas aguas el cielo azul... Y junto a este pensamiento, venía la evocación de la ciudad, que turbaba un poco la serenidad de su espíritu. De esa manera, poco a poco, el día se iba apagando y las tinieblas, lentamente, envolviéndolo todo en un apretado abrazo. El viento traía hasta la novicia sones de campanas crepusculares y movía blandamente los árboles; ello - ¿por qué? - hacía a la monja pensar en besos.
Un día le sobrecogieron ruidos de pasos, en el corredor. ¿Quién podría ser? ¿Sería aquel señor que todos los viernes llegaba al convento al atardecer, para recoger las hostias que había de llevar al Valle de la Virgen, a una sencilla ermita, edificada en lo alto de una colina?
Le llamaban el hombre-adormidera, porque su andar parecía impulsado por el viento, apenas si movía los pies; esperaba siempre respetuoso en el umbral, con el sombrero en la mano. En efecto, era él. Pero hoy no se detenía en la puerta, como era su costumbre, sino que entraba dentro, presa de gran agitación, diciendo:
- Le cortarán la trenza, niña, le cortarán la trenza.
La novicia se puso en pie para huir de la habitación, pero no pudo moverse: sus pies, que llevaba calzados con los zapatos que en vida había usado una monja paralítica, no le respondieron. Las lágrimas se acumulaban en sus ojos y rodaban, en silencio, por sus mejillas, mientras sentía que una congoja atenazaba su garganta. Y ya se vio muerta, metida en un ataúd y cubierta de tierra. Y a sus hermanas las monjitas, cortando rosas para su tumba. Pero este pensamiento sólo le duró un instante. Pronto advirtió que el misterio que la tenía atada, ante aquel hombre, era su trenza. Una hermosa trenza que colgaba por su espalda. ¡Qué minutos de angustia resbalaron por su alma! Sentía que la noche se le ofrecía espléndida en promesas magníficas, toda azúcar, toda miel...
El hombre volvió a hablar:
- Niña, Dios sabe a sus manos cuando comulgo.
Entonces la novicia, al conjuro de estas palabras blasfemas, separó las manos de las hostias. ¡No era una fantasía, no era un sueño!, sino un hombre el que estaba ante ella, detallándola como mujer y sintiendo su mirada por todo su cuerpo... ¿Iba a dejarse enajenar por una ilusión, renunciando a los goces suaves del claustro, en aras del mundo pecaminoso, al que había dejado libremente?
¡No y cien veces no! Bajó los ojos hacia el suelo y entonces se sintió liberada y pudo moverse. Corrió, como loca, en busca de las tijeras, regando, a su paso, el camino de hostias desparramadas, y se cortó la trenza. Después huyó en busca de la Madre Superiora, refugio seguro.
La trenza, al caer en el suelo, adquirió vida, se movía como un reptil sinuoso entre la blancura de las hostias. Y el hombre-adormidera, como electrizado, seguía sus movimientos. Quiso aproximársele, pero la trenza, de pronto, en un salto tremendo, llegó a la candela que iluminaba con trágicas sombras la habitación, y la consumió. De esta forma, el hombre-adormidera llegó a la eternidad.
Se cuenta que, a la media noche, convertido en un extraño animal largo, con orejas de conejo, cara de murciélago y patas de cabra, este hombre - de quien nace el Cadejo ­ transportó al infierno la trenza de la que después sería la Madre Elvira de San Francisco, que en su celda soñaba con sus desposorios con Cristo.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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