Laoconte
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- Leyenda de Grecia -

Troya sufría su interminable asedio de diez años. Los griegos estaban cansados de la guerra, y los troyanos no veían la hora de que llegase la paz; pero su ciudad continuaba inexpugnable.
Los griegos concibieron, después de mucho cavilar, el ingenioso proyecto de construir un inmenso caballo de madera con cabida suficiente para trescientos guerreros, y lo dejaron al lado mismo de las murallas. Fingieron una completa retirada del ejército, y los troyanos no divisaron un solo enemigo en derredor de Troya.
Sorprendidos por aquel inesperado proceder, consultaban oráculos y adivinos. Los sacerdotes estudiaban el caso, y uno de ellos, Laoconte, percatándose de la estratagema preparada por Ulises, se desgañitaba haciendo comprender a los troyanos que los griegos no se habían retirado, que el caballo que permanecía a sus puertas estaba repleto de hombres y que no se podía confiar en el astuto Ulises. Para demostrarles sus sospechas, disparó una flecha contra el vientre del animal, y se oyeron gritos extraños y rechinar de lanzas. Pero aquello no fue bastante para abrirles los ojos.
En aquellos momentos críticos apareció entre los troyanos un muchacho ciego, procedente del enemigo, que, lejos de oponer resistencia a sus opresores, manifestó su deseo de presentarse al rey de Troya. Este joven, encargado de cumplir la misión que Ulises le confió, gozaba de una elocuencia arrolladora, y persuadió a los troyanos de sus equivocadas sospechas con estas palabras: «Los griegos han abandonado sus posiciones, comprendiendo que Troya nunca caerá en su poder. El caballo que tenéis a las puertas es una ofrenda que ofrecen a Minerva para que guíe sus pasos en el retorno a su patria. Mirad el tamaño del caballo y comprenderéis que no tienen intención de adentrarlo en la ciudad, pues no pasaría por la puerta. No dudéis, y podréis vosotros asistir al sitio de Atenas.»
Cuando aún estaba hablando, unas serpientes de tamaño descomunal, atravesando el trozo de mar que separaba la isla de Tenedos, se precipitaron sobre los cuerpos de Laoconte y sus hijos y, enroscándose en ellos, les hicieron terribles mordeduras, hasta que murieron estrangulados. Esta era la prueba máxima para tomar una resolución. Troya entera se envolvió en una desbordante alegría. La guerra, pues, había terminado. Recorrieron, confiados, las murallas y no divisaron enemigo alguno. El único que se oponía a los designios de Troya había sucumbido. Príamo, el rey de Troya, ordenó la rotura de la muralla, para que la ofrenda de los griegos fuera conducida al templo de Minerva. Los troyanos se disputaron el honor de acercarla a la diosa, y ya en el corazón de la plaza, el ciego que había levantado los ánimos de los troyanos fue el encargado de abrir el vientre del caballo. Los guerreros salieron con sus cascos y lanzas, inundando la ciudad, mientras la flota helena, desembarcando al mismo tiempo, la asaltaba con antorchas encendidas. Unos momentos angustiosos de desconcierto y terror, y después Troya quedó completamente saqueada y ardiendo como un inmenso montón de ramas secas encendido por los griegos, que se alejaban, alumbrado su camino por la inmensa hoguera que dejaban tras de sí.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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