Sabino de Langres
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- Leyenda de Francia -

El feroz Nerón acababa de darse muerte para escapar del suplicio a que el Senado lo había condenado. El Imperio, entonces, fue presa de los generales elegidos por los soldados. Galba, Otón y Vitelio se sucedieron en pocos meses. Al fin triunfó de todos Vespasiano, y los persiguió con crueldad inaudita. De los perseguidos, unos se refugiaron en los sombríos bosques de la Germania, mientras otros fueron hechos prisioneros por las tribus aliadas y entregados a Roma.
Entre los galos que habían osado levantar el estandarte de la rebelión, la Historia cita, sobre todo, a uno, natural de Langres, llamado Julio Sabino. Este noble galo, que pretendía ser descendiente del conquistador de las Galias, esperaba fundar un nuevo imperio, sin duda para continuar la dinastía de los Césares, interrumpida por la muerte de Nerón. Arrojó al fuego las estatuas de los emperadores militares y organizó un ejército que, por desgracia, carecía de organización y disciplina. Atacó temerariamente a los secuaces que habían permanecido fieles a Roma, y pronto fue vencido. Tuvo que huir, temeroso del suplicio que le esperaba, mientras los pueblos que se preparaban a la guerra, espantados por el fracaso inicial, se apresuraron a rendir las armas.
Unido desde hacía tiempo a una joven gala llamada Eponina, no pudo decidirse Sabino a huir lejos de la Galia y a separarse de la mujer amada. En una de sus quintas había construido vastos subterráneos para las exigencias de la guerra, que podrían servir ahora para ocultar todo lo necesario para la vida de varias personas. Su entrada era sólo conocida por dos libertos fieles a Sabino, de los cuales uno se llamaba Martalio. El noble galo resolvió esconderse en esos subterráneos. Reunió a sus esclavos, les anunció que iba a darse muerte, y los libertó. Después prendió fuego a su casa y, sin que nadie lo advirtiera, se refugió en el subterráneo en unión de sus dos fieles libertos.
Los habitantes de la comarca no dudaron de la muerte de su jefe, sobre todo cuando supieron que Martalio había llegado a anunciar a Eponina la triste noticia. Eponina se entregó a las manifestaciones más extremas de dolor. Llorando sin cesar, llamaba a la muerte, y durante tres días y tres noches rehusó todo alimento, todo descanso, todo consuelo.
Cuando Sabino supo la desesperación de su esposa, tuvo piedad de ella y envió de nuevo a Martalio, para que revelara a aquélla su secreto. Gran emoción tuvo Eponina al saber que su esposo vivía, aunque en tan peligrosas circunstancias, y no dudó un momento en acompañar al liberto.
Sin embargo, disimuló con gran cuidado su alegría para no dar lugar a sospechas que pusieran en peligro a su esposo. Durante algún tiempo hizo visitas a Sabino, disimulando su ausencia del sitio en donde vivía ante amigos y parientes. Al mismo tiempo, trabajaba por todos los medios para alcanzar el perdón del Emperador a través de sus generales. Un día, por uno de sus buenos amigos de Roma, supo que la presencia de Sabino era necesaria en la capital y que podían pasar allí los días sin ser descubiertos. Aunque en la empresa corrían grave peligro, ¿qué no hubieran intentado para salir de la horrible situación a que la mala fortuna los había conducido?
Sabino y Eponina se encaminaron, pues, con la cabeza rapada, cubiertos con ropaje de esclavos, hacia el palacio del dueño del mundo. Pero Vespasiano se mantenía inflexible contra sus antiguos rivales. Los dos infortunados se apresuraron a regresar a su sombrío escondite, felices todavía de haber escapado de las manos de sus enemigos. Eponina no quiso dejar a su esposo, y se enterró con él en los subterráneos. Allí, rodeados de peligros, forzados a recurrir a nuevas astucias, ella hizo varios viajes. Durante este tiempo los infortunados esposos dieron la vida a dos hijos.
Pasaron siete años, y Sabino juzgó que podía salir ya. Pero apenas hubieron pasado unos días, fue denunciado y hecho prisionero y conducido a Roma con Eponina y sus hijos. Cuando Vespasiano supo la nueva de la captura, corrió al tribunal. La singularidad de las aventuras de los galos y, sobre todo, la heroica devoción de Eponina, redoblaban la curiosidad. Sabino apareció abatido y consternado, despertando la piedad que no se puede negar a los desgraciados, mientras el tranquilo aspecto de Eponina suscitaba el respeto y la admiración.
Pero Vespasiano fue inflexible, ya que Sabino se había llamado César. Y Eponina pidió morir con su esposo. La muerte de esta mujer heroica conmovió a todos. Italia se estremeció de horror cuando supo la muerte de Sabino y Eponina. Plutarco dice que el cielo, irritado, castigó a Vespasiano con la ruina de su familia.
Los dos hijos de los galos no fueron condenados. Uno de ellos murió en una guerra en Egipto. El otro vivió en Delfos, en donde Plutarco supo de él los principales pormenores del noble proceder de su madre.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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