La tumba de las tres vírgenes
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- Leyenda de Dinamarca -

Había un rey en Fionia que tenía tres hijas. Eran las tres de gran belleza y dulzura, y desde que llegaron a la edad de tomar esposo, eran solicitadas por numerosos nobles y guerreros. Cuando asistían a los banquetes, los invitados apenas comían ni bebían, contemplándolas, hermosísimas y resplandecientes en sus vestiduras de gala. Pero ellas permanecían indiferentes, no correspondiendo ni a miradas ni a halagos. Pero en un gran festín que se celebró con ocasión de una victoria alcanzada por su padre, asistieron tres jóvenes príncipes que se habían distinguido en la batalla por su valor y su destreza. Sus naves habían abordado a otras enemigas, mejor armadas, y las habían hundido. Sus venablos y sus espadas habían procurado alimento a los cuervos cuando la lucha había sido en tierra firme. Sus vestidos habían quedado teñidos en sangre, pero esta sangre era de sus enemigos. Las tres princesas fueron atraídas por la gallardía y la belleza de estos jóvenes guerreros. A los postres, mientras los bardos entonaban cánticos en honor de los héroes, las damiselas no apartaban su vista del sitio en que se sentaban los tres príncipes, y éstos sentían temblar su alma ante la dulce mirada de las doncellas.
Al día siguiente los tres príncipes se presentaron ante el Rey y le dijeron:
- ¡Oh Rey! Leales hemos sido a tus mandatos y nuestras naves han volado, impelidas por los remos de nuestros hombres, a encontrar a las enemigas. Nosotros íbamos en la proa empujando nuestros venablos, que después cruzaban el aire para ir a destrozar las corazas de los guerreros enemigos. Gran alimento han tenido después los cuervos. Ahora te pedimos el premio. Anoche, en el banquete, tus hijas se sentaban en el sitio de honor y nos parecían bellas como las walkirias que vuelan encima de nosotros para elegir a los que han de caer. Te pedimos, ¡oh Rey!, que nos concedas la mano de cada una de tus hijas a cada uno de nosotros. Partimos hoy para una nueva expedición. Deseamos que para cuando volvamos se celebren las bodas.
El Rey contestó:
- ¡Oh guerreros valerosos, desdeñosos de la huida: vuestra petición alegra mi alma! Ahora llamaré a las princesas, y, si ellas os aceptan, serán vuestras esposas.
Mandó llamar a las princesas, y cuando éstas supieron la solicitud de los tres príncipes, tuvieron gran alegría y aceptaron.
En el acto se celebró un banquete de esponsales. Los príncipes partieron a la expedición, llenos de alegría y de esperanza en su retorno.
Poco tiempo después, tres héroes se presentaron ante el Rey, diciéndole:
- Hasta nuestras tierras ha llegado la fama de la belleza de tus hijas. Fuerte es nuestro corazón y nuestras arcas están henchidas de joyas batidas con oro rojo. Honradas se verán tus hijas si quieres dárnoslas. Te ofrecemos grandes tesoros si tu voluntad confirma nuestros deseos.
El Rey contestó que sus hijas estaban prometidas a tres príncipes que en aquellos días luchaban en una expedición guerrera, pero que de todas maneras las llamaría y les preguntaría si aceptaban a los tres héroes como esposos. Las princesas vinieron, y al escuchar a su padre, contestaron:
- Nuestro corazón y nuestra vida han sido dados a aquellos que ahora surcan el mar, orgullosos de la proa de sus navíos, apoyados en sus venablos y buscando a sus enemigos. No podemos hacerles traición entregándonos a otros hombres.
Los héroes, al oír que eran rechazados, se ofendieron y se retiraron enfurecidos, jurando que volverían para apoderarse a la fuerza de las tres doncellas.
El rey de Fionia tuvo miedo de que cumpliesen su amenaza. Llamó a sus hijas y les habló de nuevo:
- Hijas mías, nuestros guerreros están en sus naves, en medio del Océano. No pueden ayudarnos si esos héroes cumplen sus amenazas. He de ocultaros de alguna manera.
Entonces mandó hacer una cueva en una colina. Allí encerró agua y víveres en cantidad, lechos bien dispuestos y tapices que cubrieran las paredes. Llevó allí a las princesas y después ocultó lo mejor que pudo la entrada y lo cubrió todo con ramas y plantas.
Cuando llegaron los héroes desdeñados, al frente de sus guerreros, no pudieron encontrar a las princesas. Tal fue su cólera, que atormentaron al Rey para arrancarle el secreto del escondite de sus hijas. Y como no pudieran conseguir nada, le quitaron la vida. Después comenzaron a recorrer el país en busca de las tres doncellas, pero en ningún sitio las encontraron. Pasaron sobre la colina en que estaban ocultas y no advirtieron nada. Pero cuando ya descendían, oyeron los ladridos de un perro, y estos ladridos los condujeron hasta la cueva. El perro había sido llevado por las princesas con ellas y las traicionó con sus ladridos. Cuando las doncellas se vieron perdidas, determinaron morir. Una tras otra se hundieron los puñales en el corazón.
Desde entonces, en las noches huracanadas de invierno, se oye galopar a los tres vengativos héroes, dando gritos terribles. Y a sus gritos se mezclan los ladridos de un perro que los sigue en su infernal cabalgata.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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