Leyenda de la vida de San-Syeng
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- Leyenda de Corea -

San-Syeng había nacido en circunstancias muy especiales. Su padre, un gran sabio de la corte del rey de Corea fue desterrado a raíz de una intriga fracasada, en la que se vio envuelto sin él mismo saber por qué. Su mujer, Tjeng-Si, había querido acompañarle al destierro, porque esperaban un hijo. Embarcaron, pues, juntos hacia la isla de Ko-Koum-To.
En aquella época, el Estado no disponía de embarcaciones de transporte, y era costumbre dirigirse a mercaderes o a particulares que admitían pasajeros en sus barcos a cambio de una cierta cantidad. San-Houni y su mujer habían escogido el barco de dos marineros hermanos: Su-Yeng y Su-Roung; con tan mala fortuna, que uno de ellos, Su-Roung, hombre totalmente falto de escrúpulos, se enamoró de la dama y decidió deshacerse de San-Houni. En cuanto el barco llegó a alta mar, Su-Roung mandó a sus hombres que lo asesinaran y lo tiraran al agua. Ella, desesperada, quiso morir también y se tiró al mar; pero los hombres de Su-Roung la recogieron, dieron vuelta al timón y volvieron a la costa.
Tjeng-Si, medio muerta, fue entregada a los cuidados de una vieja mujer, cautiva también de aquel hombre diabólico. A Su-Yeng le repugnaban los crímenes de su hermano; pero carecía de valor para evitarlos. Aquella noche, mientras Su­Roung y sus marineros festejaban la hazaña, medio borrachos, él bajó al puerto y dio dinero a las dos mujeres para que pudieran huir.
Las dos infelices se pusieron en camino; anduvieron sin parar, hasta agotarse, y al fin se sentaron a descansar junto a un lago. La vieja cautiva convenció a Tjeng-Si de que era mejor separarse. Si Su-Roung las alcanzaba, podría al menos salvarse una de las dos. Luego pidió a Tjeng-Si que cambiara con ella sus zapatos. Tjeng accedió, aunque no comprendía, y siguió sola adelante.
A los pocos pasos oyó llorar y rezar cerca del lago; creyó reconocer la voz, y volvió corriendo. Al llegar, encontró sus zapatos ostensiblemente colocados en la orilla y el cadáver de la pobre mujer flotando sobre el agua. Tjeng-Si, llorando, se arrodilló, para agradecer en rezos aquel sacrificio. Ya no pudo levantarse. Una sacerdotisa del templo de Ro-Ja que había junto al lago, oyó sus quejas, bajó a la orilla y encontró a Tjeng-Si acunando a su hijo, que acababa de nacer.
En el templo podían dar asilo a la madre, pero no al niño. Tjeng-Si estaba agotada y se dejó convencer. Con una aguja grabó en el brazo de su hijo un nombre: «San-Syeng». Luego rellenó los trazos con tinta china y la dejó secar. Envolvió al niño en pañales hechos con sus propias ropas, cosió en ellos el único anillo que le quedaba y depositó al pequeño San-Syeng a la entrada de la aldea.
Entretanto, Su-Roung, rojo de ira al comprobar la evasion de las dos mujeres, se había lanzado a su persecución. Cuando llego al lago y vio los zapatos de Tjeng-si en la orilla y el cuerpo de la desgraciada, creyó que las dos habían corrido igual suerte. Aquello le calmóy siguió hasta el pueblo, pensando en beber algo y refrescarse. El azar quiso que viera al niño y que lo recogiese.
San-Syeng creció como hijo de Su­Roung, creyendo ingenuamente que su madre había muerto. Hasta que un día supo casualmente por sus compañeros de colegio quien era Su-Roung y la verdadera historia de su adopción. Una tristeza profunda invadió a San-Syeng. Tenía diecisiete años y decidió recorrer el mundo, si hacía falta, en busca de sus verdaderos padres. Empezaba su vida de aventuras. A los pocos días de viaje llegó a la ciudad de Tjen-Jou. Buscando algún sitio donde hospedarse, se encontró frente a una casa cuadrada y grande, rodeada por un jardín maravilloso. San-Syeng se asomó al jardín y quedó extasiado: nunca hubiera soñado que pudiera existir una muchacha como aquella; era ligera y graciosa como un pajarillo y parecía mirarle, asombrada. «Sus crenchascada una de las dos partes en que se divide el pelo al hacerse la raya - N de HadaLuna caen sobre su espalda como nubes que desaparecen tras una montaña», pensó. Y la estuvo contemplando hasta que se hizo de noche y ella entró en la casa. San-Syeng corrió a la posada para averiguar quién era. Le dijeron que era la hija del noble Yeng-Yen-Sa, muerto hacía varios años; ahora vivía sola, con su madre, en la casa.
San-Syeng volvió al jardín, compuso unos versos y los recitó, alternando con las notas de su flauta:
«En un jardín hay una flor deslumbrante; pero las ramas en que florece están demasiado altas y no las puedo alcanzar; quisiera morir, convertirme en mariposa y poder acercarme volando a la flor.» Al poco rato, otra voz le contestó desde la casa, cantando: «Las arañas tejen su tela de un árbol a otro sobre la flor; la mariposa no puede llegar a ella. Planté en el jardín un árbol para atraer al ruiseñor, y vinieron todos los pájaros; pero él no. Sin embargo, hoy he creído oír su voz.»
Aquella noche la muchacha tuvo sueño: soñó que su padre le ordenaba casarse con el hijo de su gran amigo San-Houni, y que Yeng-Yen­Sa, al ver entristecerse a su hija, le aclaraba el misterio del nacimiento de San-Syeng y el motivo de su viaje.
La joven se llamaba Tjyang-So­Tyjei. Cuando al día siguiente salió al jardín y vio a San-Syeng que la estaba esperando, levantó dos veces su mano derecha, con la palma extendida, y luego señaló la Luna con el dedo índice, y se retiró. San-Syeng pasó todo el día preguntándose qué podía haberle querido decir con aquellos gestos. Al fin comprendió: la Luna significaba la noche, y el gesto de su mano la hora de la cita: las diez. Pero le atenazaba la duda. ¿Era posible que aquella muchacha se hubiera enamorado de él? Decidió valerse de una estratagema para averiguarlo, y cuando a la noche siguiente Tjyang-So-Tyjei apareció en el jardín, él se dejó caer, como si se hubiera desmayado. La muchacha, sin vacilar, se acercó corriendo y le ayudó a levantarse, llena de solicitud y de ternura. Entonces San-Syeng le declaró su amor, y ella, recordando el sueño de su padre, le propuso casarse aquella misma noche. Pasaron varios días. San-Syeng acudía todas las noches a reunirse con su esposa, sin que nadie en la casa lo supiera. Hasta que una noche la madre de la doncella oyó voces en el cuarto, y, alarmada, mandó llamar a uno de sus servidores; dio orden de que montara la guardia a la puerta del cuarto de su hija y de que matase a todo el que saliera de él antes del amanecer. Tjyang-So-Tyjei tuvo otro sueño: su padre le advertía el peligro que corrían y le indicaba la forma de librarse de él. La muchacha se levantó y siguió sus consejos punto por punto. Abrió la puerta, fingió asombrarse al ver el arma del criado, y le aseguró que no eran más que imaginaciones de su madre; le pidió que le trajera unas hojas de papel para escribir una carta y se ofreció a montar ella misma la guardia mientras tanto. En cuanto se fue el criado Tjyang-So-Tyjei hizo salir a su marido, le dio el mejor caballo de su padre y un sable, y le pidió que huyera. San-Syeng le dejó en prenda lo único que poseía: el anillo con que madre le abandonó.
San-Syeng pensó dirigirse hacia la capital. Pero un día tuvo un sueño extraño. Se le apareció un anciano que decía ser de su familia y llamarse San-Houni. Aquel personaje le contó cuál era la situación real del pueblo y le dijo que su misión consistía en salvar al Rey. San-Syeng no comprendió. En Corea reinaba una paz aparente, y él creía que el legítimo Rey había muerto hacia ya muchos años. No obstante, mandó llamar al hostelero y le contó su sueño. El buen hombre, muy afligido, le dijo la verdad: el pueblo vivía oprimido y hambriento, teniendo que soportar las crueldades de un usurpador, mientras el príncipe vivía cautivo en la isla de Tchyo-To.
San-Syeng, decidido a intentarlo todo, se hizo con víveres y una embarcación. Antes de zarpar soñó nuevamente con San-Houni, y esta vez el desconocido le dijo que en la costa sur de la isla, junto a una gruta, encontraría al Rey. El Rey y la Reina, en efecto, habían descubierto un subterráneo que llevaba desde el jardín del palacio que les servía de cárcel al mar. Pero lo que hacía imposible la huída era precisamente eso: el mar. Nunca hubieran conseguido salvar aquel obstáculo, de no ser por San-Syeng. Cuando salieron del subterráneo, éste, advertido por su sueño, les estaba esperando y los trasladó a Corea.
Sin embargo, el príncipe no se daba a conocer y San-Syeng temía haberse equivocado. Un día llamó a su amigo el hostelero y ambos empezaron a discutir y comentar, en presencia de su huésped, la situación del reino. La emoción del príncipe al oírle fue demasiado fuerte, y se desmayó. Entonces la Reina acudió en auxilio de su marido, y mientras éste se recobraba, confesó a aquellos dos hombres la verdad. Ellos, sin perder tiempo, proclamaron la noticia, y el pueblo entero acudió a ponerse a las órdenes del Rey. San-Syeng fue nombrado general en jefe de las tropas y en una breve campaña se hizo dueño de todo el país. Terminada la guerra, fue nombrado intendente general del reino y se le cubrió de riquezas y honores.
Sin embargo, San-Syeng no había olvidado ni a sus padres ni a su esposa, y en cuanto le fue posible, salió de nuevo en su busca. En Tjen-Jou nadie pudo darle noticias de ella; sólo se sabía que su madre había muerto y que la casa había sido incendiada durante una escaramuza de la pasada guerra. San-Syeng siguió buscando. Desesperaba ya de encontrarla, cuando San-Houni se le apareció en sueños por última vez. Esta vez le dijo quiénes habían sido sus padres, y cómo había muerto él mismo a manos de Su-Roung; luego le indicó dónde podría encontrar juntas a su mujer y a su madre. En efecto, Tjyang-So­Tyjei, al ver incendiada su casa, había huido, disfrazada de muchacho. En su huída, encontró a una mujer que le ofreció darle asilo en el templo de Ro-Ja. Aquella mujer era Tjeng-Si, que, al ver su anillo sobre aquel muchacho, le acosó a preguntas hasta saber la verdad. Desde entonces las dos mujeres viajaban juntas en busca de San-Syeng. Durante el viaje, un gobernador, enamorado de Tjyang­So-Tyjei, había intentado obligarla a casarse con él, escondiendo en el cuarto de la muchacha unas joyas, que declaró luego haberle sido robadas. Por aquel supuesto robo, las dos mujeres habían ido a parar a la cárcel. San-Syeng, en su impaciencia por reunirse con ellas, se dirigió al mercado de aquel pueblo; fingió robar unas frutas, y a los pocos minutos entraba él también en la cárcel. Allí la oscuridad era tan profunda, y había tantas personas reunidas, que San-Syeng hubo de recurrir a otra estratagema para darse a conocer. Empezó a discutir violentamente con su vecino, y cuando el guardián apareció con su farolillo en la mano, para poner fin a aquel alboroto, San­Syeng se colocó a su lado, junto a la luz. Las dos mujeres le reconocieron, corrieron hacia él y todo fueron abrazos y lágrimas, hasta que el gobernador mismo, enterado de lo sucedido, bajó a disculparse y a ponerse a las órdenes de San-Syeng.
Tras unos días de felicidad y de descanso, el joven general se dirigió hacia el Norte; se apoderó primero de Su-Roung y lo mandó a la capital, para que fuera juzgado. Luego reunió todos los bienes de aquel hombre y con ellos hizo dos partes: una fue entregada a las sacerdotisas del templo de Ro-Ja, y con la otra San­Syeng mandó levantar junto al lago un monumento a aquella mujer que había salvado la vida de su madre. Era una pagoda, y durante cientos de años pudo leerse sobre su puerta la siguiente inscripción: «Eterno agradecimiento. San-Syeng.»
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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