El minero y el diablo
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- Leyenda de Chile -

El minero Maula llevaba más de treinta años rodando por todo el país. Sus manos estaban ya endurecidas por toda clase de faenas, y sus labios, cansados de besar labios y vasos, se contraían con frecuencia en una mueca de hastío. No había conocido el miedo, pero tampoco el amor.
En este estado de cansancio y quiebra de la juventud se encontraba cuando llenó rodando por tierras de Colchagua. No sospechaba él que allí iba a cambiar completamente de vida. Pero el hombre propone, y Dios... y la mujer disponen.
Conoció a Juanita Miranda, una joven que había pasado ya de los primeros verdores a una llena y sosegada belleza, y empezó a pensar en una vida más descansada. Hasta entonces no había tenido nada propio, porque lo poco que había tenido enseguida lo había tirado. Nunca había sentido el menor aprecio al dinero. Entonces, en cambio, deseaba tener casa, mujer, hijos y hacienda propios.
Unas tardes de charla en el verde y ancho potrero, bastaron para que la vida suelta del minero quedase atada a la fuerte y ágil cintura de Juanita. Ya había conquistado a la mujer; los hijos, cuando se casase, ya vendrían; sólo tenía ya que pensar en la hacienda.
Se acordó entonces de que un viejo minero al morir le había revelado un derrotero, el lugar de un importante filón, precisamente en las montañas de Colchagua. Y recordarlo y ponerse en camino para comprobarlo fue todo una misma cosa.
Estuvo ausente varios días. Y cuando, al cabo de ellos, regresó satisfecho de su viaje y del buen resultado de su exploración, se encontró con que mientras había estado buscando la base económica de su soñada felicidad, había perdido el otro fundamento de ésta: la mujer.
Apenas le vieron aparecer, le dieron la mala noticia. Durante su ausencia, montado en una hermosa mula negra un caballero mucho mejor portado que todos los ricos de la comarca, y lo habían visto varias veces del brazo de Juanita.
El minero sintió como si le echaran un chorro de agua helada sobre su alegría. Por un momento pensó hacer caso a quienes le aconsejaban no seguir adelante con su china; pero cambió de idea enseguida y se dirigió a verla.
En la casa no encontró a nadie; se entretuvo un rato mirando por todas partes a ver si encontraba pruebas de la traición de que acababan de informarle, y no halló nada que la confirmase. Ya se disponía a salir en busca de Juanita, cuando ésta llegó, acompañada del misterioso caballero.
- ¡Pablito, qué sorpresa! - exclamó la mujer, dejando al forastero y corriendo hacia el que esperaba.
Éste, en lugar de recibirla con los brazos abiertos, le pidió explicaciones con una mirada.
- Mira - le dijo casi al oído ­ yo no sé qué tiene ese hombre. No me ha dicho nada ¿sabes?; nada. Pero le tengo miedo. Me trae y me lleva como una paja. Y no puedo librarme de él. Le tengo miedo.
El extraño forastero, que había oído todo, soltó una burlona carcajada, y ordenó:
- Juanita, venga inmediatamente a mi lado; venga y abráceme. No disimule, que usted, que está loca por mí, no quiere sino abrazarme.
La muchacha, con más temor cada vez, se abrazó más estrechamente al minero. Mas una fuerza extraña le aflojó los brazos, y la arrastró hacia el desconocido.
Éste, con una nueva carcajada, se burló del Maula:
- Ya la ves en mis brazos; está llorando de amor. Si eres valiente, ven y quítamela.
El Maula contestó:
- Casi me has privado del habla, y me tienes paralizado en esta silla. Tú tienes que ser el diablo. Suéltame y verás cómo te destripo.
- Te voy a soltar, para que me destripes, matón. Me das risa. Pero mejor será que aceptes lo que te voy a proponer: nos la jugaremos a las cartas.
Y ¿qué iba a hacer el minero? No tuvo mas remedio que aceptar. Se acercaron a una mesa y empezó la partida.
Pero el desconocido, que era el mismo diablo, ganaba siempre. Cambiaba las figuras de las cartas a su capricho. Y contra esto nada valía la experiencia y la picardía del minero.
Juanita, viendo que éste perdía uno y otro lance, estaba cada vez más angustiada.
- Mátame, Pablito - dijo a éste - ; prefiero morir en tus manos que verme abrazada por ese hombre.
El diablo volvió a reír, y el minero ya no pudo más. Aprovechó la libertad que el diablo le había dado para jugar, y echó mano al puñal.
- Suelta eso enseguida - gritó el diablo - Coge si quieres un sable, un cañón; pero eso no.
- ¿Por qué he de dejarlo, si es mi arma favorita? Quítamela tú si te atreves. Mira, si quieres, hasta te la regalo. Tómala.
Y cogió el minero su puñal por la hoja y se lo ofreció fina y mal intencionadamente por la cruz de la empuñadura. El diablo no pudo más. Escapó como una exhalación y montó rápidamente en su mula. Al llegar a un cerro próximo, se convirtió en un horrible chivato. Chivato y mula subieron a saltos hasta la cumbre del cerro y desde allí brincaron a una nube y desaparecieron.
Todavía hoy pueden verse en el cerro, que por esta historia se llamó Cerro del Diablo, las huellas del chivato y la mula marcadas en las duras rocas.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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