Rairu y la estrellita
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- Leyenda de Brasil -

Lo que más le gustaba a Rairu era pasarse la vida en el bosque. Estaba largas horas tumbado bajo un árbol, curioseando las flores de su alrededor o escuchando el canto de los pájaros.
El padre regañaba constantemente al muchacho, porque no le agradaba este género de vida para su hijo. Sin embargo, Rairu seguía en sus escapatorias al bosque.
Cuando fue ya un hombre, salía casi todas las noches de paseo. Vagando bajo el cielo estrellado, se sentía completamente feliz. Noche tras noche, solía sentarse junto a una pequeña catarata, y desde allí contemplaba el cielo y las primeras estrellas que iban apareciendo. Le gustaba el ruido del agua, que se mezclaba a veces con el canto de pájaros nocturnos.
Una noche, cuando Rairu estaba tumbado bajo un árbol, oyó un maravilloso canto de un pájaro, que le conmovió profundamente. Nunca había oído tan extraño gorjeo, y trato de buscar al ave; pero no la pudo encontrar, aunque seguía cantando muy cerca de él. Le escuchó ensimismado y pensó que aquel pájaro cantaría para alguna estrella, como, a su vez, éstas, probablemente, también cantarían para él. Mientras tanto, contemplaba el cielo, viendo como poco a poco iban apareciendo en él las estrellas. Ya estaba totalmente cubierto y todas parecían, con su tímido centelleo, como emocionadas por el canto del pájaro. Una estrellita, la más brillante de todas, parecía moverse lentamente hacia el Este, y centelleaba casi imperceptiblemente, escuchando el canto del pájaro nocturno. Rairu la miraba entusiasmado y toda la noche estuvo espiándola. Al amanecer, cuando la estrellita desapareció, el pájaro dejó de cantar y Rairu se sintió tan solo y tan triste como en un destierro.
Las noches siguientes, tormentosas y llenas de nubes, no le permitieron ver a su estrellita. Estaba pensando en ella, cuando se encontró con un viejo que le llamó por su nombre y le preguntó qué era lo que más deseaba en el mundo.
- La estrellita - contestó Rairu - si pudiera poseerla, la adoraría de noche y de día, y sería el hombre más feliz del mundo.
El viejo le aseguró que si dormía aquella noche sobre lo más alto del monte, la conseguiría.
Rairu, loco de alegría, echó a andar hacia el monte y subió y subió hasta llegar a la cima.
Se echó bajo un árbol y trató de hacer un verso a su estrellita mientras anochecía.
Las primeras estrellas comenzaron a aparecer en el cielo y Rairu esperaba impaciente la aparición de la estrellita, la más brillante de todas; pero el tiempo pasaba, el cielo se cubrió de estrellas y ésta no aparecía. Pensó que quizá algún árbol la ocultaba, y cambió de sitio; subió a los lugares más altos y desde ninguno de ellos logró verla. Cansado de vagar de un lado para otro, se tumbó sobre la hierba y, sin darse cuenta, se quedó dormido. Mientras dormía, soñó que todo el mundo se había transformado en una luz blanquecina y que no había más que luz y música, mucha música. A través del inmenso espacio volaban las estrellas. Rairu buscaba a su estrellita; pero no la podía encontrar.
Una fuerza invisible le subió hasta lo más alto del cielo, y allí trató de buscar a su estrella. Pronto notó que él mismo se había convertido en música.
Entonces Rairu se despertó y vio junto a él una muchacha muy bella, vestida de blanco, que le miraba con amor y le decía: «Soy la estrellita; llévame contigo». Y se hacía cada vez más pequeña; tan pequeña, que podía caber en la mano de Rairu. Pero cada vez era más bella. Éste, loco de alegría, buscó algo para acomodar a su estrellita; pero las cáscaras de frutos eran muy duras e incómodas. Entonces se acordó de una calabaza que él tenía. La limpió, la llenó de césped y la colocó en ella. La estrellita se paseó por su nueva mansión y sonreía cariñosamente a Rairu desde allí.
Todo el día vagó por el bosque con su estrellita. Cuando la miraba, le parecía escuchar una música celestial.
Durante la noche y el día, la estrellita contaba a Rairu extrañas historias y éste no se cansaba de adorarla. Pero a veces se entristecía cuando le decía que llegaría el día en que habrían de separarse, pues él, sin duda, apartaría de ella su atención para fijarse en otras cosas del mundo, y entonces ella desaparecería y sólo podría conservar de él un triste recuerdo. Pero Rairu se indignaba al oír estas cosas y aseguraba que nada ni nadie les habría de separar.
Un día que estaban subidos en un árbol, la estrellita le propuso visitar el cielo; ella deseaba pasar allí una temporada.
Rairu aceptó, y entonces ésta, tocando el árbol con una varita mágica, le hizo crecer tanto, que enseguida se encontraron en el cielo. La estrellita le pidió que la esperara allí y echó a volar.
No había pasado mucho rato, cuando apareció ante él una ciudad maravillosa, resplandeciente de luces. Por, las calles, hombres y mujeres bailaban y tocaban instrumentos. Le hacían guiños para que les siguiera, y Rairu así lo hizo. Penetraron en un gran salón y comenzó un baile animadísimo, cada vez más vivo y más violento, hasta que se convirtió en algo salvaje.
De repente de todas partes comenzaron a salir cerdos, murciélagos, serpientes y toda clase de sapos, que bailaban frenéticamente. Rairu, atronado por la música y horrorizado de aquel extraño espectáculo, se fue y trató de buscar a la estrellita.
La encontró en el mismo lugar donde la había dejado; pero en sus ojos ahora no brillaba el amor, las lágrimas los inundaban. Amablemente le reprendió por su desobediencia y se despidió de él, pues ya no podían seguir más juntos. Rairu, entristecido, comprendió que tenía razón.
Se separaron tristemente, y la estrella le dijo:
- Trabaja, pórtate bien y tal vez me encontrarás de nuevo.
Rairu volvió a la tierra y a su bosque, y el recuerdo de la estrellita lo mantuvo siempre vivo en su corazón.
Contó a los hombres lo que había visto y que quizá algún día podría encontrar a su estrella de nuevo. Trabajó y luchó, y encontró la clara luz de la estrellita, que no dejó de iluminarle, hasta su muerte.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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