La protección del demonio
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- Leyenda de Brasil -

Una vez, hace ya mucho tiempo, vivió un príncipe muy bello. Tenía dieciocho años y su madre quiso conocer su porvenir. Acudió al mejor brujo del reino, el cual le anunció que aquel muchacho habría de morir de muerte violenta. La mujer, desde entonces, lloraba sin cesar y nadie podía consolarla. El príncipe, por su parte, no se apenó demasiado, pues pensaba que todo el mundo debe morir: unos, de muerte natural, y otros, de muerte violenta. Pero al fin y al cabo nadie se escapa de la muerte.
El mancebo decidió conocer mundo y preparó un viaje a países lejanos. Pidió la bendición a sus padres, diciéndoles que si realmente había de morir como había dicho el adivino prefería hacerlo lejos de ellos, pues sin duda habrían de sufrir menos.
El Rey y la Reina, llenos de pena, consintieron y le dieron su bendición. El príncipe visitó muchos países, y al fin llegó a una ciudad donde había una hermosa iglesia dedicada a San Miguel, toda ella en ruinas. Enseguida decidió restaurarla.
Organizó las obras de reparación y se gastó mucho dinero en ellas; pero logró ver la iglesia completamente restaurada.
Entre las imágenes que adornaban la capilla había una que representaba al demonio. Todas fueron restauradas, menos ésta. El príncipe, indignado, llamó al maestro de obras y le dijo:
- ¿Cómo es posible esto? Habéis dejado la imagen del demonio sin restaurar; restauradla ahora mismo, igual que habéis hecho con las demás.
La orden del príncipe fue cumplida y la imagen del demonio, decorada y repintada, volvió a ocupar el mismo lugar que en su primitivo estado ocupara.
El príncipe abandonó aquella ciudad y visitó otros países.
Una vez llegó a una ciudad y se hospedó en casa de una vieja. Luego que ésta le hubo enseñado su habitación, el joven se encerró en ella y empezó a contar su dinero. La vieja, que le espiaba por el ojo de la cerradura, se maravilló de ver tanto dinero y tramó un plan para apoderarse de él.
Inmediatamente fue a la Justicia, a quejarse de que un huésped le acababa de robar todo su dinero.
El príncipe fue arrestado y condenado a la horca por ladrón. Se le había encontrado gran cantidad de dinero.
Por entonces San Miguel preguntó al demonio:
- ¿Quién os ha pintado y restaurado tan maravillosamente? Casi tenéis mejor aspecto que nosotros, los ángeles y los santos de esta iglesia.
- Un príncipe que pasó por esta ciudad - contestó el demonio, agradecido.
- ¡Verdaderamente que este joven príncipe se portó bien con nosotros! Ahora el pobre está condenado a muerte injustamente por culpa de una malvada vieja.
El demonio, al oír esto, sin dudar un momento, se puso en camino para salvar al príncipe. Enseguida llegó a la casa de la vieja y, cogiéndola por los pelos, la llevó ante el tribunal y la obligó a decir toda la verdad. El príncipe fue absuelto y la vieja murió en su lugar. Cuando quiso buscar a su bienhechor, no lo pudo encontrar por ninguna parte.
Poco después, el príncipe pasó de nuevo por la ciudad en la que había restaurado la iglesia de San Miguel. Visitó la iglesia y a la entrada se encontró un monje. Habló largamente con él y le contó la historia de toda su vida. Entonces el monje, al saber cómo aquel joven acababa de escapar de la horrible muerte de la horca, le preguntó:
- ¿Y quién fue vuestro salvador?
El príncipe le contestó que no sabía; pero que lo sentía muchísimo, pues desearía darle las gracias.
Entonces el monje echó atrás su capucha y le enseñó su rostro.
- Yo soy quien os ha salvado: el demonio. Vos restaurasteis mi imagen en esta iglesia y he deseado corresponder a aquel favor. Vuestra suerte ha cambiado. La vieja encontró una muerte violenta, en vez de vos, y ahora ya estáis libre de vuestro triste destino. Volved a vuestro reino y vivid feliz, porque no moriréis de muerte violenta.
Como se puede ver por esta historia, a veces el diablo tiene un corazón bondadoso.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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