Sajra-tica, la flor de la maldad
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- Leyenda de Bolivia -

Aún no habían llegado a las costas americanas los bajeles de la audacia española. En el Perú dorado, la tierra sagrada de los Incas, gobernaba la descendencia solar de Manco-Capaj, el hijo del Sol.
En el Tahuantinsuyo tenía Huaina-Capaj su residencia. Y allí vio nacer, de su primera esposa, Colla Rava Ocllo, a su sucesor, Huáscar. Más tarde, su tercera esposa, la hija del rey de Quito, le dio otro hijo, Atahualpa. Descendientes ambos de la estirpe divina, en sus corazones no alentaban, sin embargo, los mismos sentimientos. Huáscar, generoso y noble, ofrecía al Sol sus más devotos homenajes. Atahualpa rendía míseros dones al Padre de los Incas.
Murió Huaina-Capaj y su espíritu fue a vivir en la morada feliz y divina de sus antepasados. Atahualpa salió de Cuzco y marchó a Quito, al país materno. Y Huáscar regía, como legítimo heredero, las tierras de los Incas. Ambos, pues, vinieron a ser monarcas. Durante algún tiempo vivieron en paz en sus países respectivos. Hasta que un día Atahualpa concibió un proyecto criminal. Envió a su hermano Huáscar una embajada y, en ella, con protestas de fraternal afecto, le ofreció unir ambos reinos y fundar un Imperio poderoso: el Imperio del Sol. Y en él regiría, como único soberano, el Inca. Huáscar aceptó. En la llanura del Cuzco se preparó con magnificencia el lugar en que Atahualpa sería recibido y en donde el rey de Quito haría entrega de su soberanía al Inca. Huáscar se presentó con una reducida escolta.
Pasó un buen rato, y Atahualpa no se presentaba. De pronto apareció, a lo lejos, una masa oscura que avanzaba sobre el llano entre una nube de polvo. Era Atahualpa, que llegaba al frente de un ejército imponente. Un clamor guerrero vibró en los aires. Sorprendido dolorosamente el noble Huáscar por la traición, no intentó siquiera una inútil resistencia. Los «curacas» y capitanes que le acompañaban pretendieron interponerse entre su señor y los atacantes; pero fueron rápidamente reducidos y conducidos a la capital del Cuzco. Todos sufrieron muerte afrentosa: unos en la horca y otros degollados. Y el valle verde y tranquilo de Sacsahuana se tiñó de sangre.
Mientras estos sucesos estremecían la tierra de Cuzco, las naves de los aventureros españoles cortaban ya las aguas que bañan las costas del Perú. Los hombres de la bizarra España, los «viracochas», pisaban ya las regiones del Cuzco en busca de gloria y de oro. El usurpador Atahualpa intentó vanamente cerrar el avance de los hombres de Pizarro. Al fin fue apresado, aunque logró conservar su mal ganada dignidad de Inca. Y aun desde su cautiverio no vaciló en dictar cruel orden contra Huáscar: «Que sea ejecutado a orillas de la laguna Urcus». Durante la noche, Huáscar caminó por la llanura entre sus esbirros. Sobre ellos se desataba, colérica, la tormenta. Llegaron a las orillas de la laguna. Los relámpagos alumbraron los últimos destellos de la vida noble de Huáscar, el digno descendiente de Manco-Capaj.
Cuando el día iluminó de nuevo la naturaleza, vióse, a orillas de la laguna, una flor roja de diminutos pétalos; era tan encendido su color, que hubiérase dicho empapada en sangre. Cuantos la vieron, aseguraban que jamás habían conocido flor alguna que a ella se pareciera. En recuerdo del crimen que allí se consumó, bajo la orden injusta y la desaforada ira de Atahualpa, se dio a la flor el nombre de sajra-tica; esto es, «flor de la maldad». Y se la vio crecer desde entonces abundantemente en la tierra del Perú, siempre, hasta aquel momento, fuerte y feliz.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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