Pedro de Candía, dios de los indios
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- Leyenda de Bolivia -

Corrían los primeros años del siglo XVI, cuando el valiente y decidido Francisco de Pizarro extendía el imperio español hasta límites insospechados, por tierras de América. Su reputación como guerrero había llegado a oídos de los españoles; pero nadie podía sospechar, desde la Península, cuantos sacrificios y vigilias costaba la conquista.
En la isla de Gorgona, Pizarro y los trece inseparables caballeros que le acompañaban, conocidos por «los trece de la fama», habían pasado los terribles sufrimientos de la sed y el hambre. Cuando abandonaron la isla, pudieron remediar momentáneamente tan trágica situación, pero no evitar nuevas penalidades.
Se dirigieron hacia la playa próxima al valle de Tumbez, donde pretendían desembarcar; pero allí tuvieron que afrontar el problema de los indios, que, pertrechados y armados, formando un todo único, les esperaban dispuestos a la lucha. Pizarro y sus compañeros no se atrevieron a bajar a la playa, por no exponer tontamente la vida. Pasó todo un día, en el cual el desaliento que invadía sus ánimos les impidió tomar una determinación. Llegó la noche y se retiraron para descansar y meditar la solución necesaria. Los «trece caballeros de la fama» estuvieron comentando entre sí, cuando ya Pizarro se había retirado a descansar, la trágica situación en que se encontraban y lo inútil que sería cualquier determinación. En el silencio de la noche, las voces desesperanzadas de los caballeros llegaban a oídos de Pizarro, que no podía conciliar el sueño.
Con los primeros albores de la mañana, el gran conquistador y sus acompañantes se pusieron en pie. Pizarro tenía en su rostro las huellas de la honda preocupación que le había mantenido en vela toda la noche; pero, sin embargo, existía en sus ojos una expresión nueva, que hacía confiar y temer a un mismo tiempo: estaba decidido a afrontar la situación con toda energía. Con expresión decidida, habló a los trece caballeros, haciéndoles ver que si desembarcaban, morirían en la lucha contra los indios; pero si regresaban a la fatídica isla de Gorgona, les esperaba igual suerte. Había, pues, que intentar desembarcar, como valientes castellanos, desafiando todos los peligros.
Así habló Pizarro a sus hombres, esperando que sus palabras les animaran a desembarcar; pero cuando terminó obtuvo la respuesta del silencio más profundo. La idea de morir les torturaba a todos. Sólo uno de los caballeros, Pedro de Candía, parecía pensativo, pero no temeroso. Tras unos instantes de silencio, dirigió la palabra a todos para decirles, que había decidido vencer a los indios por el único medio que existía: atemorizándolos mediante un ingenioso engaño. Si no lo conseguía y perdía la vida en la arriesgada empresa, les rogaba que rezasen unas oraciones por su alma. Así se lo prometieron todos, entre admirados e incrédulos. Pedro de Candía les estaba dando una lección de valor, y esto, no les avergonzaba en aquellos momentos, porque suponía para ellos retrasar un poco el momento de la muerte.
Pizarro, igualmente admirado por la audacia del caballero, le dio las gracias por su valiente y generoso gesto. Acto seguido, Pedro de Candía se pertrechó con la cota de malla y con la espada al cinto se dispuso a bajar a la playa, llevando en la mano derecha una cruz de madera y en la izquierda la rodela. Con gesto arrogante avanzó sobre la blanda arena de la playa. Su espesa barba negra y su gran estatura le daban un aspecto impresionante. Los indios, aterrados ante tan extraña aparición, huyeron de allí entre una algarabía de alaridos de espanto.
Pedro, envalentonado y creyéndose dominador de la situación, se dirigió entonces hacia el poblado con su mismo paso lento y majestuoso. Los indios siguieron huyendo hasta el fuerte, refugiándose en él. Pedro de Candía llegó hasta allí, y detuvo su marcha, en espera de la decisión de los indios. Mientras, el «curaca» y sus hombres hacían cábalas, llenos de terror, sobre si aquel ser sería humano o divino. Unos decían que probablemente sería mensajero del Sol, por los reflejos que despedía su armadura. Otros querían identificarle con el «viracocha» que se había aparecido tiempo atrás al hijo de Yahuar-Huacaj.
El «curaca», tras oír las opiniones de todos, creyó que lo más conveniente sería no acercarse a él y echarle los leopardos, para que ellos, por sí solos, comprobaran si su naturaleza era divina o humana. Huaina-Capaj, entonces, cedió sus fieras, y éstas fueron soltadas delante de Pedro. Éste, al verlas acercarse rugiendo estruendosamente, creyó morir de terror. Pero he aquí que cuando uno de los leopardos iba a poner la zarpa sobre él, un rayo de sol, reflejándose en la superficie brillante de la rodela, la hizo brillar con tal intensidad que los rayos, reflejados, hirieron la retina del leopardo. Las fieras, deslumbradas, miraron entonces a Pedro con cierta prevención, sin atreverse a acercarse demasiado, y los indios pudieron comprobar que también aquella cruz de madera brillaba con resplandores desconocidos. Momentos después, los leopardos, dominados por los fenómenos luminosos, se agachaban mansamente a los pies de Pedro y le lamían las manos, mientras los indios, que creyeron ver en esta actitud de las fieras la prueba más evidente de su naturaleza divina, se acercaron a él humildemente y se arrodillaron a su alrededor, en actitud de adoración.
Así fue como Francisco de Candía salvó la vida, según cuenta la leyenda, a Francisco de Pizarro y a sus doce acompañantes.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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