El Arroyo de las Tres Hermanas
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- Leyenda de Argentina -

Era una madre, viuda, con tres hijas muy hermosas. Desde que quedaron huérfanas de padre, la madre cuidó de las tres niñas con mucho afán y desvelo. Cuando fueron ya mujercitas, tuvieron muchos enamorados que les rondaban el caserón y los corrales. Las tres escogieron como novios a los tres gauchos mejor plantados de la comarca, soñando con ser sus esposas, en cuanto la madre pudiera darles lo necesario para preparar las bodas.
Inesperadamente, la madre cayó enferma de mucha gravedad. Las hijas, consternadas, llamaron a la curandera más famosa de los contornos, que ensayó con la enferma todos los recursos conocidos para vencer el mal, alternando brebajes con amuletos y votos fervorosos. El mal persistía, sin mejoría alguna. Entonces, las hijas, desesperadas, hicieron una solemne promesa, si su madre lograba recuperar la salud. Prometieron al santo de su devoción vivir consagradas a su madre, mientras viviera, y el resto de sus años permanecer en castidad, fieles a su memoria.
Pareció que el cielo las había oído, pues a partir de aquel día, en que sacrificaron sus mayores ilusiones, la madre comenzó a mejorar hasta recobrar completamente la salud. Para cumplir el voto, las tres hermanas devolvieron la palabra de casamiento empeñada por los tres mozos. Los tres gauchos rogaron y suplicaron, pero todo fue inútil ante el carácter firme y el espíritu de sacrificio de las tres hermosas hermanas. Desde entonces consagraron sus días al cuidado de la madre y del hogar. En esto último las ayudaba una vieja negra que había sido esclava de sus abuelos y que seguía en la casa como si su suerte, al ser libre, no hubiera cambiado para nada.
La más pequeña de las tres hermanas estuvo a punto de faltar al voto expresado en momentos de angustia. Su corazón seguía amando en silencio al novio despedido; se valió de la negrita para comunicarse con él, y poco faltaba para el momento de la fuga, en la grupa del caballo, cuando fue descubierta por sus dos hermanas, que la obligaron a cumplir lo ofrecido al santo.
Al cabo de muchos años, murió la madre, viejecita. La enterraron cerca de la casa, cubriendo la tumba con piedras, hasta formar un túmulo. Allí iban las tres hermanas cada día, a rezar y a llorar. Llegaban siempre a la misma hora y regresaban a la casa ya de noche. Poco a poco, empezaron a brotar yerbecitas entre las piedras de la tumba, luego unas flores silvestres. Pasados algunos años, de entre las piedras de la tumba principió a manar un agua clara que corría en hilos para unirse allá abajo, en una cañada, formando un arroyuelo. Al comienzo era casi imperceptible, y con el tiempo, todo el que pasaba por allí se daba cuenta de que existía una fuente y un arroyuelo.
Los viajeros y los vecinos se paraban a contemplar tan extraña fuente, que había surgido, según decían, de las lágrimas que derramaron las tres hermanas durante tantos años.
El arroyo siguió creciendo, pero ellas seguían visitando la tumba, donde no dejaban un sólo día de arrodillarse para rezar por la madre muerta.
Un día se desencadenó una gran tormenta y las aguas fueron desbordándose hasta dejarlas aisladas sobre el túmulo, donde siguieron inmutables, sin dejar sus rezos y su llanto. Un jinete que pasó por allí, condolido de su suerte, les ofreció echarles un lazo y salvarlas; pero ellas lo miraron dulcemente, sin darle respuesta, y continuaron sus oraciones. El jinete gritaba en medio de la tormenta, procurando convencerlas, pero todo fue inútil. Entonces, asustado, se alejó a galope. Le pareció que aquellas mujeres no eran reales, sino apariciones del otro mundo. Volvió la cabeza para convencerse, y pudo ver como las aguas subían y subían y ellas seguían rezando con las manos juntas puestas en alto. Cuando el agua les llegó al cuello, las tres se abrazaron y cayeron desde la pequeña altura del túmulo y desaparecieron para siempre en el remolino de la corriente. Desde entonces aquel arroyo se llama el Arroyo de las Tres Hermanas.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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