El sacristán de Santo Tomé
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- Leyenda de Argentina -

No hacía mucho tiempo que la ciudad de Santo Tomé había sido fundada a orillas, casi, del Uruguay. Su iglesia no estaba todavía acabada, pero ya había sido abierta al culto. Al sacristán le encantaba subir al campanario y fisgonear desde allí cuanto ocurría en los alrededores. Cierto día, hallábase, como de costumbre, entregado a sus menudas observaciones, cuando de pronto advirtió que las aguas de una laguna próxima hervían a borbotones, como si una inmensa caldera subterránea las calentase.
Movido por su curiosidad, bajó de su observatorio y se dirigió hacia la laguna, para presenciar mejor el raro fenómeno. En su vida había visto cosa semejante. Pero cuando ya se iba acercando a la laguna y distinguía perfectamente los detalles del singular espectáculo, subió de punto su extrañeza al ver que de pronto las aguas cesaron de hervir y que de ellas salía una especie de lagartija, cuya cabeza parecía de fuego y despedía una luz tan intensa, que molestaba la vista.
La cogió, no sin ciertos temores, y, metiéndola en un vaso de cuerno, de los que en la región reciben el nombre de guampas, se la llevó a su casa. Pensó que como la lagartija había salido del agua, necesitaba el agua para vivir.
Por aquel tiempo corría como cierta la creencia de que en las Indias existía un animalejo que tenía en la cabeza una piedra preciosa semejante a una brasa vivísima del color del rubí. Y creyendo el sacristán que éste y no otro era el animal que había encontrado, marchó muy contento a buscarle alimento.
No tardó en hallar entre unas matas varios panales de una abeja silvestre llamada lechiguana y con ellos se volvió inmediatamente a su casa.
Los proyectos más fantásticos habían ido llenando mientras tanto la cabeza del entusiasmado sacristán, y hervían ya en ella, como antes las aguas de la laguna. ¿Con esta joya que poseo qué riquezas no alcanzaré? ¡Qué trapiches en Tucumán, qué magníficos yerbales en Loreto, qué espléndidas estancias en el Uruguay, y hasta, ¿por qué no?, qué criaderos de diamantes en Matogrosso!
Enfrascado en estos estupendos planes, llegó el sacristán a su casa, y se fue derecho a dar la golosina que traía a su preciada lagartija. ¡Con qué ilusión se dirigía él hacia su tesoro! Mas aquel día parecía que no iban a cesar los maravillosos sucesos. En lugar del luminoso reptil, el sacristán encontró una mujer bellísima. Se hubiese quedado pasmado, si ella con afectuosas e inteligentes palabras, no hubiese acudido a hacerlo salir de su asombro.
- Si ambicionas - añadió - el oro y la plata, los rubíes y diamantes, sígueme; yo volveré a entrar en la guampa donde tú me pusiste y me llevarás en tu mano adonde yo te encamine; encontrarás riquísimos tesoros como no los has podido soñar.
A pesar de estas tentadoras indicaciones, el sacristán tardaba en resolverse: o no tuvo suficiente ánimo para irse enseguida o le faltaron la ocasión y los medios.
Resultó de esta tardanza que los padres de la Compañía, que tenían a su cargo la misión de Santo Tomé, notando tibieza en la fe del sacristán y un sospechoso abandono de sus deberes, resolvieron observar sus pasos. No tardaron en descubrir todo lo que pasaba. La lagartija, que varias veces se habla transformado en impúdica y hechicera mujer desapareció.
Y el sacristán, que, otras tantas veces había pecado fue preso.
Pensando estaba éste un día en lo que habían venido a parar sus soñados tesoros, cuando se descorrieron los cerrojos del calabozo y entraron a comunicarle que había sido condenado. Recibió la noticia con paciencia y esperó resignado el castigo. Pero, en el momento en que la sentencia iba a cumplirse, un gran sacudimiento, acompañado de atronadores ruidos, rajó la tierra y estremeció toda la ciudad. Se temió que si castigaban al sacristán, todo se hundiría. Gritos extraños y terribles salidos como de un antro infernal aterrorizaron a los habitantes. Y resultaron inútiles los exorcismos que los padres lanzaron contra el espíritu maligno que producía aquel terrible trastorno. Fue preciso poner en libertad al condenado.
Todavía hoy puede verse desde los arrabales de Santo Tomé hasta la orilla del Uruguay la zanja que se abrió para que la lagartija o teyuyaguá, especie de encarnación demoníaca, acudiese en auxilio del sacristán.
Éste, según la tradición, vive todavía, a pesar de los siglos transcurridos, en los cerros de Yarao; habita unos palacios maravillosos en el interior de las rocas, donde se han acumulado las más asombrosas riquezas; pero él ya las mira con indiferencia, y triste y arrepentido, quisiera volver a Santo Tomé a vivir modestamente encendiendo y apagando cirios.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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