La oreja del indio
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- Leyenda de Argentina -

La hija única - después de muchos varones - del cacique indio era hermosa, y todos la admiraban. Su belleza era conocida en todos los poblados vecinos, y cuando paseaba por los bosques, los jóvenes de los contornos la contemplaban ocultos entre las anchas hojas de las plantas trepadoras o entre las raíces colgantes de las grandes parásitas de los viejos árboles. Yendo de cacería el hijo del cacique más próximo, persiguiendo a un venado, llegó hasta el lugar en que la joven india solía descansar, a la sombra de un burucuyá. El amor surgió súbito entre los dos jóvenes y cada día volvieron a encontrarse en los senderos del bosque.
Sabían que sus padres jamás consentirían su casamiento. Las tradiciones de sus tribus impedían que su pasión fuera sellada por el matrimonio. Decidieron romper con todo antes que renunciar a compartir la vida juntos. Y un día desaparecieron del bosque.
El dolor del viejo cacique al quedarse sin su hija, su única flor, casi le hizo perder la razón. Su pensamiento inmediato fue buscarla en las otras tribus, seguro de que alguno de los jóvenes vecinos se la habría arrebatado. En su cólera, amenazó con la guerra a la tribu en que ella se encontrara.
Sus emisarios regresaron sin encontrar ningún rastro de la hija del jefe y con la noticia de haber desaparecido también el joven hijo del cacique más próximo. Todos supusieron que ambos jóvenes se habrían marchado juntos a lugares remotos y desconocidos.
El cacique decidió salir a buscarla por sí mismo, en compañía de sus hijos y de hombres de confianza. Sin tomarse ningún descanso, atravesaron bosques, ríos, llanuras, cerros y poblados, durante varios días. El viejo cacique seguía la costumbre india de apoyar su cabeza contra la tierra, tratando de orientar sus pasos hacia donde su hija, feliz o desgraciada, viva o muerta, se encontrara.
Comenzaba la nueva estación del frío, cuando sus acompañantes le rogaron que abandonase su inútil empeño, pero el cacique no quiso regresar a su región. Dejó que los demás se marcharan y prosiguió, solitario, en su afán desesperado de encontrar a su hija.
Vagando por los parajes menos transitados por los hombres, perdida la razón, a cada instante se echaba en el suelo, boca abajo, apoyando su oído contra la tierra, creyendo escuchar los pasos de su hija desaparecida.
Hasta que, al fin, hambriento y agotado, con los miembros destrozados de tanto caminar por terrenos abruptos, cayó para siempre, sin dejar de apoyar su oído contra las piedras.
Al año siguiente, sus gentes salieron a buscarlo. Más de una luna había pasado antes de encontrar, en un bajo lleno de humedad, su cuerpo inerte. Parecía dormido y atento a escuchar algo. Sus hijos y sus hombres trataron de levantarlo, para llevarlo en unas angarillas hasta el poblado. Pero no les fue fácil la tarea: su oreja, que estaba junto a la tierra, había echado raíces como una planta.
Tuvieron que cortar la oreja y dejarla allí para siempre. Más tarde nació de ella un arbusto que, poco a poco, llegó a ser un árbol fuerte y corpulento, que en primavera echa unas vainas oscuras en forma de oreja humana. Este árbol se llama Timbó.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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