La Cruz del Paso de los Toros
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- Leyenda de Argentina -

En el río Negro había un paso llamado el Paso de los Toros, porque era el paso más conveniente para vadear el río en una gran zona de campos de ganado. El sitio, no obstante, era peligroso; la corriente era impetuosa y honda y no era raro que las reses se ahogaran al atravesarla. Los mismos troperos fueron arrastrados más de una vez en ella, nunca más volvieron a aparecer.
Por eso, todos los troperos rezaban fervorosamente, antes de llegar al río, al pasar junto a una piedra extraña que recordaba la forma de una cruz, a cuyo pie manaba una fuente de agua límpida. En las noches de luna, se veía la sombra de esta cruz de piedra, prolongada en una larga extensión, milagrosamente. Los reseros, al llegar a este sitio, descabalgaban y tomando agua de la fuente se santiguaban arrodillados al pie de la cruz, pidiendo protección al cielo para pasar el río.
Una vez, un capataz de una copiosa tropa de novillos se enamoró de una extraña mujer, que sometió su amor a una terrible prueba. Le hizo prometer que atravesaría el río Negro sin suplicar a Dios la protección necesaria para pasarlo «con bien» él y los suyos con la tropilla de toros, al pasar por la cruz de la fuente. Ella aseguraba que aquellos que así lo hacían eran poco hombres y unos cobardes, y que si él volvía a repetir los rezos ante la cruz, no le correspondería en su amor.
El tropero estaba enredado en los encantos de aquella impía mujer y cayó en la herejía.
Tuvo que llevar su ganado más allá del río y había que vadearlo. Al llegar cerca de la cruz y la fuente, todos los troperos descabalgaron y rezaron sus preces hincados de rodillas. El capataz, sin descubrirse siquiera, pasó ante la cruz espoleando el caballo y lanzando una sonora carcajada.
Después de hacer los preparativos necesarios, se lanzaron al paso del río. Delante, la tropilla de novillos, después los peones a caballo, dando órdenes a gritos y animando a las bestias. La corriente hacía remolinos, allá en el centro del cauce. Hacia ella se encaminó el ganado. Y al fin vadearon el río Negro.
El capataz, al pisar la orilla opuesta, respiró con orgullosa actitud. Volvió a reír ruidosamente, asegurando estar curado de creencias absurdas. Pero apenas lo había dicho, cuando todos se dieron cuenta de algo extraño y sobrenatural estaba ocurriendo. Ante ellos volvía a presentarse el río, como si estuvieran otra vez en la primera orilla y tuvieran que volver a pasar de nuevo la corriente. Así lo hicieron por segunda vez y volvieron a llegar a la orilla de enfrente. Pero el fenómeno tornó a repetirse tantas veces mientras fue de día, hasta que, al fin, al llegar la noche, pudieron abandonar el río.
Al año siguiente, en el mismo día, repitió la misma aventura el capataz enamorado de aquella diabólica mujer. Y como si fuera un alma en pena, se pasó el día entero - desde el amanecer hasta la noche ­ cruzando el río, arreando a imaginarios ganados por el agua removida, oyéndose los gritos y silbidos de los troperos, los resoplidos de las bestias, ayes de dolor y largas carcajadas que resonaban en los cerros vecinos, hasta que la luz del nuevo día hacía esfumar las sombras y los clamores de todos los fantasmas.
El capataz perdió la paz de su corazón.
Andaba por los pagos vecinos al río, sin sentido ni voluntad, atado a la fecha y al lugar de su herejía. Se consultó a un indio algo hechicero para saber cómo podía librársele de aquel castigo. Y el hechicero aconsejó que el tropero hiciera el viaje en sentido contrario a como lo había realizado cuando cometió la falta. Y así lo hizo, cruzando el río a caballo, descabalgando al llegar cerca de la cruz, arrodillándose ante ella y santiguándose con el agua de la fuente milagrosa. Luego, en vez de reírse, lloró arrepentido.
El hechizo quedó deshecho y el alma del tropero quedó libre del poder maléfico de aquella mujer.
Pero, en ciertas noches, aunque no se ve nada, aún se oye el paso de una tropilla por el río, con los mugidos de las bestias, el griterío y los silbidos de los peones, llevados por la voz dominante del capataz hasta la otra orilla.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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