Los chingalitos
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- Leyenda de Argentina -

Era una familia de troperos. De padres a hijos heredaban el amor a aquel trabajo tan gaucho y tan valiente. Sólo quedaban como representantes de esta familia un viejo y su único hijo, que iba a ser el final de una estirpe de gentes honradas y valerosas.
El padre trabajaba sin descanso. A pesar de sus muchos años, se pasaba los días arreando tropas de ganado por ríos y llanuras. El hijo no quería trabajar, no quería ser tropero, como lo habían sido todos los suyos. Su padre ponía mucho empeño en convencerlo de que aquél era el camino de su vida, para el que había nacido. El muchacho, a pesar de los consejos de su padre y del vivir constante en aquel trabajo, no quería aceptarlo como único destino. Iba de peón con su padre, de muy mala gana siempre, sin poner atención en las maniobras que eran necesarias para llevar el ganado de un lado para otro.
Un día tuvieron que vadear un río por un paso hondo y peligroso. Los novillos se desbandaban y era necesario impedirlo. El tropero ordenó a su hijo que lo ayudara, pero lo hizo tan mal, que el viejo no tuvo otro remedio que intentarlo él solo. Se metió en el agua con su caballo hasta el centro del río, donde la corriente era impetuosa y honda. Luchó con ella, pero el remolino lo arrebató del caballo y se lo llevó, a pesar de sus esfuerzos por dominarlo a nado.
El hijo no se dio cuenta en el momento de lo que aquella muerte significaba para él. Al principio, la muerte de su padre le pareció la liberación de aquel destino duro que quería imponerle. Más tarde, empezó a comprender la responsabilidad que él tenía, por su mala voluntad, en la desaparición de su padre en la corriente del río.
Entonces, acongojado y arrepentido, trató de liberar su conciencia de aquel dolor profundo que no lo dejaba vivir. Decidió volver a ser tropero, como su padre había querido. Le encontró gusto al trabajo, lo halló hermoso y varonil. Se desesperaba de no haber descubierto hasta entonces lo que pudo haber sido la felicidad del tropero; lo que hubiera evitado el desgraciado momento en que dejó solo a su padre en la peligrosa maniobra, en medio de la corriente. La vida entre los troperos y el ganado no era suficiente para dejar tranquila su conciencia, pues su vida era un infierno constante que no podía soportar.
Viendo cercana su muerte, único refugio de su alma atormentada, le pidió a un amigo leal que oyera la confesión de su pena, suplicándole que cumpliera su última voluntad.
El joven tropero rogó a su amigo que una vez que su carne hubiera desaparecido, recogiera sus huesos y los fuera echando, uno a uno, por todos aquellos pasos de arroyos y ríos que su padre atravesara tantas veces con riesgo de su vida, y por los que él le había acompañado de tan mala gana y con tan funesto desprecio. Con esto quería bendecir, desde el más allá, los lugares por donde el viejo tropero trabajó honradamente toda su vida.
El amigo cumplió la voluntad expresada, y algún tiempo después de morir el joven, regó sus huesos por los lugares que le había indicado.
Aquellos huesos depositados en el seno de las aguas, fueron reduciéndose a trocitos y, pulidos por las corrientes durante muchos años, fueron tomando formas redondeadas, como huevecitos. De estos huevecitos amarillentos nacieron unos pajarillos, los chingalitos, que representaban los anhelos jamás cumplidos del joven tropero: cantan con un silbido que parece el silbido de los troperos a sus novillos y andan dando unos saltos por los caminos y pasos de ganado, como queriendo guiar a las tropillas cuando cruzan los ríos y los arroyos.
 

Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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