Gudrun
Continuación
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De cómo murió Hetel en Wuelpensande

Cuando la terrible noticia del rapto de Gudrun llegó a Zelandia, Hetel y Herwig hicieron la paz con Sigfrido y se dispusieron a alcanzar a los raptores en el mar libre, antes de que pudieran aquéllos llegar a las costas de Normandía. Sigfrido se unió a ellos y entre todos reunieron una flota considerable. En tanto, los normandos no habían salido apenas del Sund, pues una tempestad les había obligado a refugiarse en Wuelpensande, un islote llano rodeado de batiente mar. Allí fueron alcanzados por los perseguidores y se trabó una batalla terrible. Los normandos eran menos en número, pero no estaban fatigados por larga lucha, como sus enemigos, y eran conocidos como valerosos guerreros. Estaban descansando cuando vieron llegar las naves enemigas. El primero que saltó a tierra fue el viejo Wate, el cual se lanzó contra el rey Ludwig. Después saltó a tierra Herwig; por fin, Hetel, Ortwin y los demás. La lucha fue terrible. Hetel derribaba a sus enemigos abriéndose camino, pero nuevos muros humanos se alzaban ante él. Al fin se encontró frente a Ludwig y empezaron a pelear. Hetel cayó muerto bajo la espada del normando.
La lucha siguió encarnizadamente hasta la noche. Esta era oscura y tormentosa, y los guerreros, que seguían peleando, herían a sus mismos compañeros, pues no veían nada. Herwig gritó proponiendo una tregua, y así se hizo. Mientras los daneses y hegelingos descansaban, los normandos no dejaban de cantar y armar alboroto. Esto era porque Hartmut les había dicho que no cesasen de hacer ruido para preparar la huída. Y como tantos habían muerto, les bastó un barco para abandonar la isla.
Al alborear, los daneses vieron, sorprendidos, que el enemigo había huido. En todo el horizonte no se veía más que el mar en calma. Wate y el frisio Sigfrido querían perseguir a los normandos, pero los demás les dijeron que era mejor volver a Hegelingia, a rehacer el ejército. Así lo hicieron.

De la miseria de Gudrun

Cuando, después de la expedición, los normandos llegaron a las costas de su país, Hartmut tomó de la mano a su hermosa presa, la llevó a la cubierta del barco y, mostrándole a los reflejos del sol, los rojizos acantilados, las playas y los muros y las torres del castillo, le dijo:
- He ahí, señora mía, el país de los normandos. Es una hermosa comarca, de la cual vais a ser reina. Desembarcaremos y recibiréis la corona si me concedéis vuestra mano.
Gudrun, pálida y con lagrimas en los ojos, contestó:
- El país de los normandos no puede ser sino una cárcel para la prometida de Herwig. La corona no sería más que una cadena.
Al oír estas orgullosas palabras, el viejo Ludwig se estremeció de ira, y perdiendo el dominio sobre sí mismo, se lanzó contra la muchacha, la tomó en alto en sus fuertes brazos y la lanzó por la borda al mar. Hartmut, inmediatamente, saltó al agua y pudo salvar a su amada, subiéndola de nuevo al barco. Allí, el viejo dijo:
- Lo que hice no fue justo. El padre, dentro de mí, se irritó demasiado. Pero con su amor, hija mía, ha reparado la falta mi hijo, tu salvador.
Al fin desembarcaron y entraron en el castillo. Y allí, la hermanita de Hartmut, llamada Ortrun, se precipitó sobre Gudrun y la besó, sonriendo y llamándola «querida hermana». La bella joven, emocionada, lloró amargamente, abrazada a la niña. Gerlind, la severa madre, las separó, exclamando:
- A mí, la Reina, me pertenece el beso de bienvenida.
Pero Gudrun retrocedió vivamente y dijo:
- La madre de Hartmut no me ha de besar. Estoy segura de que es ella sola la que ha inducido a su hijo a este rapto.
Y desde entonces Gerlind odió a la orgullosa joven y en su pecho bullía la ira.
Inútilmente pretendió Hartmut el cariño de Gudrun. Pasaban los días, las semanas y los meses, y todo era inútil. La doncella no quería hablar con nadie, permanecía sola y abstraída, con su semblante rígido, expresando un gran dolor. Sólo admitía la compañía de Ortrun, la hermanita de Hartmut. Éste, al ver que no conseguía nada, pensó que era mejor estar durante algún tiempo separado de la joven raptada. Se lo dijo así a su madre, añadiendo que iba a embarcar para una expedición que se hacía entonces.
- Te suplico, oh madre - dijo -, que trates con cariño a Gudrun y que le enseñes las costumbres de nuestro pueblo, pues ahora se siente extraña. Prepárala para que pueda ser mi esposa y reinar.
Y después de esto, partió.
Gerlind trató de enseñar los usos y costumbres de los normandos a Gudrun. Pero no podía conseguir la madre más de lo que había conseguido el hijo. Gudrun se negaba a aprender y rechazaba todo. Al fin, la Reina, indignada, dijo:
- Si no aceptas las bondades, tendrás severidad. Desde hoy en adelante vas a trabajar a nuestro servicio.
Y le mandó diversos trabajos penosos.
Gudrun dijo:
- Jamás he hecho estos trabajos; en mi castillo eran las criadas las que los hacían.
Y Gerlind le contestó:
- Por eso te separé de las criadas, y los harás tú sola.
Y aunque la sirvienta que había venido con Gudrun quiso ayudarla, Gerlind hizo que la joven trabajase sin auxilio, trayendo leña para el fuego y otros trabajos de esta índole.
Cuando Hartmut volvió después de algún tiempo, vio que Gudrun tenía un aspecto cansado. Le preguntó:
- ¡Oh hermosa Gudrun!, ¿por qué tienes un semblante tan fatigado?
Y ella contestó:
- Vivo sufriendo, para deshonra vuestra.
Hartmut corrió a su madre y le dijo:
- ¡Oh madre!, te rogué que tratases con bondad a Gudrun, y me la he encontrado con un semblante que muestra que ha realizado penosos esfuerzos.
Gerlind contó lo sucedido y Hartmut le pidió que la tratase, de todas maneras, bien, ya que la muchacha había sufrido mucho. Después fue otra vez a Gudrun y le dijo:
- Deseo que no sufras más. ¿Cómo podré hacerte perdonar lo que mi madre te ha hecho?
Gudrun, enérgicamente, contestó:
- No hay nada que tenga que ser perdonado. Sólo deseo ganarme la vida en el país de los normandos con mi trabajo.
Hartmut insistió:
- Te ofrezco la corona de mi país. Yo podría hacerte, no mi esposa, sino mi concubina.
Gudrun exclamó:
- ¡Qué dirían los demás reyes cuando supieran que la nieta de Hagen ha sido deshonrada por la violencia de Hartmut!
Él contestó:
- Nada me importa la opinión de los demás. De nuevo te pregunto: ¿Quieres la corona de los normandos?
- No quiero nada, sino el sueldo de una sirvienta. ¡Has matado a mi padre!, ¿por qué no me, matas a mí también?
Ortrun rogó a Gudrun que escuchara a su hermano. Pero como la doncella no variara de actitud, Hartmut salió de nuevo en una expedición marítima.
Pero en cuanto el príncipe faltó, Gerlind obligó nuevamente a Gudrun a trabajar. Como era invierno, para hacerle más daño, le mandó lavar la ropa del palacio. Y sólo a ruegos de Hildburg, la criada de Gudrun, consintió en que ésta la acompañase en tan penosa tarea.
 


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Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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