Gudrun
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- Leyenda de Alemania -

De cómo Gudrun tuvo tres pretendientes

Del matrimonio de Hetel y Hilde nació una pareja de niños. Un niño, que recibió el nombre de Ortwin, que fue entregado, para su educación, al viejo guerrero Wate de Stormarn, y una niña, Gudrun, que fue enviada por sus padres a la alegre corte de Horand, el danés, en la que reinaba siempre el júbilo. Allí Gudrun creció, siendo querida por todos, y llegó a ser una deliciosa doncella. Pronto la fama de su belleza pasó por los estrechos, más allá del mar. La gente decía: «Bella es Hilde, la reina, pero Gudrun es aún más hermosa.» Y, naturalmente, esta fama atrajo el interés de jóvenes guerreros, que desearon obtener en matrimonio a Gudrun. El primero que llegó a la corte fue Sigfrido, valiente guerrero de los pantanos de Frisia. Estaba acostumbrado a conquistar fortalezas y a vencer ejércitos, y pensó que al lado de los trabajos bélicos, la conquista del corazón de Gudrun y el obtener de sus padres el consentimiento no tenía nada de difícil. Se presentó ante Hetel y Hilde, acompañado de un lucido ejército, y solicitó la mano de la doncella. Pero Hetel y Hilde no manifestaron alegría ninguna al oír la petición. El poderío del pretendiente no les impresionó y rechazaron a Sigfrido, el cual se retiró lleno de rencor, enemistado con los Reyes y jurando venganza.
En el país de los normandos, Hartmut, joven príncipe, había oído también contar de la maravillosa belleza de Gudrun y supo cómo el frisio había sido rechazado. Esto incitó aún más al joven príncipe, que dijo a su madre, la orgullosa Gerlind:
- Quiero ir a pedir la mano de Gudrun, la bella princesa de los hegelingos.
A Gerlind le agradó esto, pues, Hetel tenía fama de poderoso monarca. Ludwig, el padre, sin embargo, le aconsejó que no intentara tal cosa, diciendo:
- Gudrun vive en un país lejano. El viaje está lleno de peligros.
Hartmut contestó que cuando un hombre quiere ganar a una mujer, la distancia no importa, y que los peligros no existen para un príncipe normando que quiere ir a Dinamarca.
Ludwig insistió:
- Recuerda lo que sucedió cuando Hetel robó a la hermosa Hilde. Muchos hombres perecieron en aquella expedición, y la sangre corrió abundantemente.
- Pero Hetel consiguió a Hilde - contestó Hartmut -, y yo conseguiré a Gudrun.
La madre, entonces, tomó la palabra y dijo que debían primero enviar mensajeros en son de paz para pedir la mano de Gudrun, y que los mensajeros debían llevar ricos presentes, para el rey Hetel.
Esto lo aceptó el viejo Rey, diciendo:
- Nada regatearé en esos presentes.
Prepararon suntuosamente a los mensajeros, los cuales partieron ricamente vestidos y siendo portadores de preciosos regalos. Primero pasaron por la corte del danés Horand y allí pudieron ver a Gudrun, cuya hermosura no hizo más que confirmar las noticias que tenían. Horand, cuando supo el objeto de la embajada, se ofreció para escoltar a los mensajeros hasta el castillo de los hegelingos. Por fin llegaron y, sin decirles nada de su verdadero objeto, les presentaron los regalos. Hetel se extrañó de esos obsequios, mas pronto supo qué deseaban. Cortés, pero orgullosamente también, pidieron la mano de Gudrun. Hetel tuvo cierta molestia, por lo pretencioso de la embajada, y les contestó que no necesitaba para su hija tan ricos presentes. Igualmente fría se mostró la Reina:
- No necesitamos nada de vuestro rey. A él le regaló mi padre, el terrible Hagen, muchos castillos, cuando era joven. Y Hartmut, sin duda, encontrará mejores suegros.
Los mensajeros volvieron llevando una respuesta tan dura. Hartmut no quiso apenas saber lo que habían contestado los padres de Gudrun, sino que preguntaba incesantemente si habían visto a la muchacha y si era tan hermosa como se decía. Los mensajeros respondieron:
- Es mucho más hermosa de lo que dicen.
Y Hartmut, cuando hubo oído esto, declaró su propósito de ir él mismo a buscar a Gudrun.
Gerlind, al oír las palabras de su hijo, protestó:
- ¡Oh hijo mío!, veo que la desgracia te acechará en ese viaje.
Y como los normandos se preparaban entonces para una expedición, Hartmut, a ruegos de su madre, desistió de su viaje a Dinamarca y se embarcó con sus compañeros.
En tanto, Gudrun tenía un nuevo pretendiente, Herwig, joven señor de la región de Zelandia, que había sido también atraído por la belleza de Gudrun. Y a pesar de no ser de una antigua estirpe, agradó a la muchacha mucho más que los anteriores. A la madre de Gudrun no le gustaba demasiado el nuevo pretendiente, pues encontraba que tenía poco rango y que su estirpe no era muy noble y vetusta. Todos los esfuerzos - mensajeros, regalos - de Herwig eran inútiles, pero el joven guerrero no se desanimó por ello y meditaba un golpe de fuerza. En esto, llegó Hartmut, que había vuelto de su expedición y que venía disfrazado para contemplar a Gudrun. Pudo hablar varias veces con la joven, y cuando creyó que la muchacha no le miraba mal, descubrió su verdadera personalidad y su amor. Gudrun contestó, sin embargo:
- Vuestras palabras me causan gran dolor, pues en la corte de mis padres los pretendientes son mal recibidos, y yo no haré nada en vuestro favor; antes bien, os ruego que os marchéis, pues vuestros esfuerzos son inútiles.
Hartmut se sintió herido, y aunque contestó cortésmente, ardía en deseos de venganza contra Hetel, pero se marchó.
Herwig, en tanto, había terminado sus preparativos para conseguir por la fuerza lo que se le había negado. Un guerrero de los países vecinos a sus tierras avisó a los hegelingos de los propósitos del guerrero zelandés, pero, el aviso llegó demasiado tarde. Con numeroso ejército atacó por la noche el castillo de Hetel. En la fortaleza dormían todos cuando el centinela dio la señal de alarma. Así que los defensores no pudieron impedir que al poco tiempo los asaltantes llegaran a la poterna. Ésta fue derribada, y Herwig, al frente de sus hombres, se precipitó en el patio de armas, entrando en las salas del castillo, donde salió a su encuentro el propio Hetel. Los dos guerreros empezaron, a combatir, y allí el oscuro guerrero zelandés dio claras muestras de ser de tan buena estirpe como el terrible hegelingo. Éste, que era hasta entonces invencible, se asombraba de la fuerza que tenía el joven enemigo. A medida que los golpes se hacían más fuertes, en vez de sentir odio hacia su adversario, veía con más admiración al que frente a él luchaba con tanta valentía. Cuando de los anillos de la coraza de Herwig brotaba la sangre, su admiración crecía más y más. Las mujeres, aunque llenas de temor, se habían acercado y también se decían: «¡Magnífico guerrero tiene frente a sí el invencible Hetel! ¡Fuerza y valor demuestra el zelandés!»
En esto, Gudrun no pudo contenerse y gritó:
- ¡Alto! ¡Que haya paz! ¡Nobles guerreros, pensad en nosotras! ¡Dejad las armas! ¡Padre, permite al extranjero que hable!
Los combatientes bajaron sus anchas y fuertes espadas. Después refrescaron sus sangrantes y calientes cotas, bebieron y brindaron por la paz. Herwig dijo:
- No vine con intención de haceros daño, por deseo de conquistar bienes, sino por amor a Gudrun a quien deseo tomar por esposa.
Y como había demostrado ser un guerrero valeroso, su petición fue ahora bien acogida. Gudrun también aceptó y se prometieron. ¡Ojalá se hubiesen casado entonces! Mucha sangre se hubiera ahorrado. Pero Hetel e Hilde creyeron que era mejor y más conveniente esperar un año para la celebración de las bodas, a fin de poder preparar las fiestas con todo cuidado. Herwig no quiso insistir y volvió a sus tierras lleno de alegre esperanza.

De cómo fue raptada Gudrun

La noticia de la batalla y del triunfo de Herwig llegó al frisio Sigfrido. Y éste, al ver que Herwig, oscuro guerrero zelandés, iba a conseguir lo que él, poderoso caudillo, no fuera capaz de obtener, montó en cólera, y al frente de una hueste numerosa y bien armada se dirigió a Zelandia. Desde los primeros encuentros, como el ejército de Sigfrido era superior en número a los pocos hombres de Herwig, éste se vio obligado a irse replegando hasta refugiarse en una fortaleza, en donde fue sitiado por los frisios. Un mensajero pudo atravesar las líneas enemigas y llegar hasta el castillo de los hegelingos llevando la mala nueva. Gran pesar sintieron por las malas noticias tanto Hilde como Gudrun y pidieron a Hetel que ayudara al joven Herwig. Éste dijo que emplearía hasta el último hombre en ayudar a su futuro yerno, y convocó a todos sus vasallos y a los nobles aliados, a Wate y a Horand, y con Wate, a Ortwin, el hermano de Gudrun, el cual iba a recibir su bautizo de sangre y lucha. En naves rápidas como aves se dirigieron a Zelandia. Los remeros batían las aguas del mar con furia incontenible, el viento hinchaba las amplias velas. Por fin llegaron a Zelandia, en donde aún se sostenía Herwig. Sigfrido se vio atacado por los hegelingos, que con terrible impulso se lanzaron contra los frisios. Luchaban ardorosamente Hetel y el viejo Wate, el cual destrozaba a los enemigos como el leñador hace caer los árboles del bosque, y Ortwin el joven dio claras muestras de su noble estirpe. Al cabo de trece días de intensa lucha, Sigfrido no pudo resistir más y sus tropas empezaron a huir. Quisieron reembarcar en las naves, pero no lo consiguieron, y al fin pudieron refugiarse en un castillo, junto a la costa, en donde resistieron durante mucho tiempo. Hetel y Herwig plantaron sus tiendas en torno al castillo, formaron un apretado cerco y esperaron a que el frisio se rindiera por hambre. Después enviaron mensajeros a Mattelane, en donde estaban impacientes Hilde y Gudrun, las cuales se alegraron mucho al oír las buenas noticias. Pero su alegría no iba a durar mucho, pues en tanto, Hartmut, el normando, había tenido noticia de que los hegelingos estaban todos fuera de sus territorios, en la expedición de ayuda a Herwig, y de que las mujeres estaban solas. Entonces dijo a sus padres:
- Llegada es la hora de conseguir lo que se me negó. Voy a partir para apoderarme de la orgullosa Gudrun.
Y Gerlind, la madre, lejos de oponerse, lo animó a vengar el ultraje recibido y le ofreció todo su oro y su plata para pagar a los guerreros. Fue con un fuerte ejército hasta el país de los hegelingos, y cuando llegó cerca del castillo en que se encontraban Hilde y Gudrun, pensó que sería mejor enviar previamente mensajeros que pidieran la mano de la joven. Éstos se presentaron ante Hilde y le comunicaron los deseos de Hartmut, haciéndole constar que el noble príncipe normando no deseaba dote ni dinero, sino solamente a la doncella. Gudrun misma contestó, en pie y pálida como una estatua, que estaba prometida a Herwig y que lo amaba. Los mensajeros volvieron con la negativa a Hartmut. Éste ordenó el asalto. Cuando Hilde vio acercarse al ejército, creyó primero que era Hetel, pero pronto reconoció la enseña normanda. Aterrorizada, fue a refugiarse con Gudrun en el castillo. Los hegelingos salieron a luchar, a pesar de ser inferiores en número. Las puertas del castillo quedaron abiertas. Desde las almenas veían las mujeres cómo el enemigo iba avanzando. Por fin los hegelingos fueron derrotados; se refugiaron en el castillo, tras ellos entraron los reyes Ludwig y Hartmut con sus guerreros. Y antes de que se diesen cuenta los vencidos, la enseña de los normandos flotaba en la torre más alta de Mattelane. Hartmut se acercó a Gudrun y le dijo:
- Orgullosa princesa: tú me has desdeñado insultantemente. Ahora debiera yo insultarte a ti y deshonrar este castillo; ahora debía yo matar a todos los hegelingos y no hacer ni un prisionero, no tomar nada, sino incendiar el castillo.
Gudrun se lamentó, diciendo:
- ¡Si mi padre estuviera aquí, no serían deshonradas estas piedras!
Pero Hartmut gritó:
- ¡Nada de deshonra! ¡Atrás, normandos! En nuestra patria seréis recompensados. Así llevaré yo con más rapidez el más hermoso premio.
Con gran dolor de madre e hija, y entre lágrimas de todos, Gudrun fue obligada a ir con Hartmut. Una fiel criada, compañera de juegos de infancia de la doncella, se ofreció para acompañarla y no encontró la oposición de los raptores. La criada se llamaba Hildburg. Al fin partieron las naves normandas. Hartmut iba gozoso de haber conseguido raptar a Gudrun. Hilde quedó en Hegelingia, casi muerta de dolor.


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Extraída de la Antología de Leyendas de la Literatura Universal
seleccionadas por D. Vicente García de Diego
para Ed. Labor - Barcelona. 1953


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