El labrador y el diablo
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Érase una vez un labradorzuelo tan listo como astuto, de
cuyas tretas podrían contarse no pocas historias, aunque la más
graciosa de todas es la burla y mala pasada que le hizo al
diablo.
Un día en que el campesino había terminado su labor y se disponía
a regresar a su casa a la hora del crepúsculo, vio, en medio del
campo, un montón de carbones encendidos. Acercóse muy extrañado
y vio a un negro diablillo que estaba sentado encima.
- ¿Estás sentado sobre un tesoro? - preguntóle el
labrador.
- Sí - respondió el diablo -. Sobre un tesoro en el
que hay más oro y plata que jamás viste en tu vida.
- El tesoro está en mi campo, y, por tanto, me pertenece
- dijo el labrador.
- Tuyo será - replicó el diablo - si durante dos
años te comprometes a darme la mitad de lo que produzca tu
campo. Dinero me sobra, pero me gustan los frutos de la tierra.
El campesino aceptó el trato, con una objeción:
- Para que no haya peleas a la hora de repartir, tú te
quedarás con lo que haya sobre el suelo, y yo, con lo que haya
debajo.
Parecióle bien al diablo, sin saber que el astuto labrador había
sembrado nabos. Cuando llegó el tiempo de la cosecha presentóse
el diablo para llevarse su parte; pero sólo encontró marchitas
hojas amarillas, mientras el labrador, alegre y satisfecho, se
quedaba con los nabos.
- Esta vez has llevado ventaja - protestó el diablo
-, pero a la próxima no te valdrá. Será tuyo lo que
crezca encima del suelo, y mío lo que haya debajo.
- Conforme - dijo el campesino. Pero a la hora de la
siembra no plantó nabos, como la vez anterior, sino trigo. Ya
maduro el cereal, el hombre se fue al campo y segó los tallos a
ras del suelo, y cuando se presentó el diablo, al no encontrar más
que rastrojos, enfurecido se precipitó por un despeñadero.
- Así se caza a los zorros - dijo el campesino
mientras se llevaba el tesoro.
Sobre la traducción para la
edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1955
