El yesquero
Continuación
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Un día, ya oscurecido, se encontró
con que no podía comprarse ni una vela, y entonces se
acordó de un cacho de yesca que había en la bolsita
sacada del árbol de la bruja. Buscó la bolsa y sacó el
trocito de yesca; y he aquí que al percutirla con el
pedernal y saltar las chispas, se abrió súbitamente la
puerta y se presentó el perro de ojos como tazas de
café que había encontrado en el árbol, diciendo:
- ¿Qué manda mi señor?
- ¿Qué significa esto? - inquirió el soldado -. ¡Vaya
yesquero gracioso, si con él puedo obtener lo que
quiera! Tráeme un poco de dinero - ordenó al perro;
éste se retiró, y estuvo de vuelta en un santiamén con
un gran bolso de dinero en la boca.
Entonces se enteró el soldado de la maravillosa virtud
de su yesquero. Si golpeaba una vez, comparecía el perro
de la caja de las monedas de cobre; si dos veces, se
presentaba el de la plata, y si tres, acudía el del oro.
Nuestro soldado volvió a sus lujosas habitaciones del
primer piso, vistióse de nuevo con ricas prendas, y sus
amigos volvieron a ponerlo por las nubes.
Un día le vino un pensamiento: «¡Es bien extraño que
no haya modo de ver a la princesa!. Debe de ser muy
hermosa, pero ¿de qué le sirve, si se ha de pasar la
vida en el palacio de cobre rodeado de murallas y torres?
¿No habría modo de verla? ¿Dónde está el yesquero?»
y, al encender la yesca, se presentó el perro de ojos
grandes como tazas de café.
- Ya sé que estamos a altas horas de la noche - dijo el
soldado-, pero me gustaría mucho ver a la princesa,
aunque fuera sólo un momento.
El perro se retiró enseguida, y antes de que el soldado
tuviera tiempo de pensarlo, volvió a entrar con la
doncella, la cual venía sentada en su espalda, dormida,
y era tan hermosa, que a la legua se veía que se trataba
de una princesa. El soldado no pudo resistir y la besó;
por algo era un soldado hecho y derecho.
Marchóse entonces el perro con la doncella; pero cuando,
a la mañana, acudieron el Rey y la Reina, su hija les
contó que había tenido un extraño sueño, de un perro
y un soldado. Ella iba montada en un perro, y el soldado
la había besado.
- ¡Pues vaya historia! - exclamó la Reina.
Y dispusieron que a la noche siguiente una vieja dama de
honor se quedase de guardia junto a la cama de la
princesa, para cerciorarse de si se trataba o no de un
sueño.
Al soldado le entraron unos deseos locos de volver a ver
a la hija del Rey, y por la noche llamó al perro, el
cual acudió a toda prisa a su habitación con la
muchacha a cuestas; pero la vieja dama corrió tanto como
él, y al observar que su ama desaparecía en una casa,
pensó: «Ahora ya sé dónde está», y con un pedazo de
tiza trazó una gran cruz en la puerta. Regresó luego a
palacio y se acostó; mas el perro, al darse cuenta de la
cruz marcada en la puerta, trazó otras iguales en todas
las demás de la ciudad. Fue una gran idea, pues la dama
no podría distinguir la puerta, ya que todas tenían una
cruz.
Al amanecer, el Rey, la Reina, la dama de honor y todos
los oficiales salieron para descubrir dónde había
estado la princesa.
- ¡Es aquí! - exclamó el Rey al ver la primera puerta
con una cruz dibujada.
- ¡No, es allí, cariño! - dijo la Reina, viendo una
segunda puerta con el mismo dibujo.
- ¡Pero si las hay en todas partes! -observaron los
demás, pues dondequiera que mirasen veían cruces en las
puertas. Entonces comprendieron que era inútil seguir
buscando.
Pero la Reina era una dama muy ladina, cuya ciencia no se
agotaba en saber pasear en coche. Tomando sus grandes
tijeras de oro, cortó una tela de seda y confeccionó
una linda bolsita. La llenó luego de sémola de
alforfón y la ató a la espalda de la princesa, abriendo
un agujerito en ella, con objeto de que durante el camino
se fuese saliendo la sémola.
Por la noche se presentó de nuevo el perro, montó a la
princesa en su lomo y la condujo a la ventana del
soldado, trepando por la pared hasta su habitación. A la
mañana siguiente el Rey y la Reina descubrieron el lugar
donde habla sido llevada su hija, y, mandando prender al
soldado, lo encerraron en la cárcel.
Sí señor, a la cárcel fue a parar. ¡Qué oscura y fea
era la celda! ¡Y si todo parara en eso! «Mañana serás
ahorcado», le dijeron. La perspectiva no era muy alegre,
que digamos; para colmo, se había dejado el yesquero en
casa. Por la mañana pudo ver, por la estrecha reja de la
prisión, cómo toda la gente llegaba presurosa de la
ciudad para asistir a la ejecución; oyó los tambores y
presenció el desfile de las tropas. Todo el mundo
corría; entre la multitud iba un aprendiz de zapatero,
en mandil y zapatillas, galopando con tanta prisa, que
una de las babuchas le salió disparada y fue a dar
contra la pared en que estaba la reja por donde miraba el
soldado.
- ¡Hola, zapatero, no corras tanto! - le gritó éste -;
no harán nada sin mí. Pero si quieres ir a mi casa y
traerme mí yesquero, te daré cuatro perras gordas.
¡Pero tienes que ir ligero!
El aprendiz, contento ante la perspectiva de ganarse unas
perras, echó a correr hacia la posada y no tardó en
estar de vuelta con la bolsita, que entregó al soldado.
¡Y ahora viene lo bueno!
En las afueras de la ciudad habían levantado una horca,
y a su alrededor formaba la tropa y se apiñaba la
multitud: millares de personas. El Rey y la Reina
ocupaban un trono magnífico, frente al tribunal y al
consejo en pleno.
El soldado estaba ya en lo alto de la escalera, pero
cuando quisieron ajustarle la cuerda al cuello, rogó
que, antes de cumplirse el castigo, se le permitiera,
pobre pecador, satisfacer un inocente deseo: fumarse una
pipa, la última que disfrutaría en este mundo.
El Rey no quiso negarle tan modesta petición, y el
soldado, sacando la yesca y el pedernal, los golpeó una,
dos, tres veces. Inmediatamente se presentaron los tres
perros: el de los ojos como tazas de café, el que los
tenía como ruedas de molino, y el de los del tamaño de
la Torre Redonda.
- Ayudadme a impedir que me ahorquen - dijo el soldado -.
Y los canes se arrojaron sobre los jueces y sobre todo el
consejo, cogiendo a los unos por las piernas y a los
otros por la nariz y lanzándolos al aire, tan alto, que
al caer se hicieron todos pedazos.
- ¡A mí no, a mí no! - gritaba el Rey; pero el mayor
de los perros arremetió contra él y la Reina, y los
arrojó adonde estaban los demás. Al verlo, los soldados
se asustaron, y todo el pueblo gritó:
- ¡Buen soldado, serás nuestro Rey y te casarás con la
bella princesa!
Y a continuación sentaron al soldado en la carroza real,
los tres canes abrieron la marcha, danzando y gritando
«¡hurra!», mientras los muchachos silbaban con los
dedos, y las tropas presentaban armas. La princesa salió
del palacio de cobre y fue Reina. ¡Y bien que le supo!
La boda duró ocho días, y los perros, sentados junto a
la mesa, asistieron a ella con sus ojazos bien abiertos.
Sobre la traducción para la
edición impresa de Ed. Labor
© Francisco Payarols - 1959
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También los Hermanos Grimm tienen
una versión de este cuento cuyo título es
La
Lámpara Azul


